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Jue, Dic

Velaí! Voici! | Afonso Becerra

Me acabo de sentar en una silla, podría ser la butaca de un teatro. Está caliente. Soy friolero y agradezco sentir ese calor. Mientras siento ese calor, pienso: ¿quién sería el animal racional que estaría sentado en esta silla, justo antes de mí? ¿Quién sería la persona que transmitió su calor a la silla, ese calor que ahora me acoge a mí? ¡Me siento acogido por el calor de un desconocido o de una desconocida! El calor se transmite mediante el contacto directo, pienso.

 

No soy un científico, pero la experiencia prueba mi hipótesis. El calor se transmite entre dos cuerpos a través del contacto directo. Incluso se transmite a un tercer cuerpo: el mío. Si no discriminamos el cuerpo de la silla, el mío sería un tercer cuerpo en esta cadena de transmisión.

El calor es imprescindible para la vida humana, pienso en estos fríos días de invierno. Esta conclusión obvia, para mí está muy presente porque, como he apuntado, soy friolero y siempre busco el calor, como los gatos.

Hace unos años me pidieron, en la escuela en la que trabajo, que escribiese un manifiesto para el Día Mundial del Teatro. Y yo, ni corto ni perezoso, redacté un panfleto en el que intentaba demostrar la necesidad del teatro y la danza (que para mí son, más o menos, la misma cosa). Para ello no me corté un pelo en afirmar que, de todas las artes, la más sublime era el teatro (y la danza).

Mi tesis se basaba precisamente en la cualidad efímera y procesual de las artes escénicas, sobre todo en el contacto directo con la recepción.

El arte de la palabra, la literatura, puede provocar imágenes que susciten asombro y una fuerte emoción, con el consiguiente aprendizaje.

El arte de la música, gracias al ritmo puede cambiar nuestras sensaciones musculares, nuestras pulsaciones y afectar al movimiento, al mismo tiempo que nos hace navegar por emociones e incluso recuerdos. Además, la melodía estimula nuestra memoria, en las diferentes conjugaciones con la previsibilidad derivada de la repetición de frases musicales o del reconocimiento de la tonalidad.

El séptimo arte, el cine, hijo del teatro, también genera identificación y empatía con los personajes y nos engancha a la intriga de la historia. Pero toda la acción está en la pantalla y los personajes y los sucesos no respiran ni modulan la musicalidad de su energía respecto a nosotras/os. En el cine, igual que en la pintura o en la escultura, las espectadoras y los espectadores nos adaptamos a la obra. La obra de arte permanece todo el tiempo inalterable e idéntica a si misma.

La música, si es en directo, sí que puede experimentar una mínima o una gran adaptación al momento presente y al contacto con un público, que proyecta un tipo de energía en diálogo sutil.

Pero es el teatro y la danza, al especular con el tiempo y el espacio, y no solo con el tiempo como hace la música, a través de una dramaturgia (partitura de acciones diversas), los que promueven un contacto más directo y contagioso (como señalaba Antonin Artaud en su metáfora del teatro y la peste).

En la danza y el teatro, las espectadoras y los espectadores compartimos una experiencia artística, estamos incluidas/os dentro de un juego. En ese encuentro no solo participa aquello que de racionales o intelectuales podamos tener, incluso, más acá del lado emocional, participa el animal que somos. Sí, el animal tiene su intuición, tiene su olfato, se acomoda y se adapta a las situaciones según una infinidad de informaciones que procesa de manera inconsciente e inmediata. La bailarina, la actriz, el bailarín, el actor, un objeto animado, un títere, una acción lumínica o sonora… tienen una presencia determinada y, en la danza y en el teatro, más allá de la coreografía y de la dramaturgia fijadas, interactúan según el feedback (la retroalimentación) sutil con el público. (El objeto animado, la acción lumínica o sonora también, porque detrás hay una persona actuando a través de esas acciones)

En el amplio espectro de las teatralidades posdramáticas y de la danza, por lo general, no se suele jugar con la convención ficcional de la cuarta pared, por tanto, el contacto entre las actrices, bailarinas, actores, bailarines y las espectadoras y espectadores resulta más directo. Pensemos en modalidades como el cabaret o el nuevo circo.

No obstante, en el teatro dramático y en el ballet clásico, que juegan con la convención ficcional de los personajes y, en muchas ocasiones, con la cuarta pared, la mediación de la ficción no impide, tampoco, esa retroalimentación producida por el contacto indirecto del directo en un espacio-tiempo compartidos.

Es más, en la danza y en el teatro posdramático, aunque no se juegue con la convención (neo)clásica de la cuarta pared ni con ficciones ostensibles, a veces observamos cómo el escenario está ciego y sordo, como si fuese una caja blindada al contacto. Esto me hace recordar una función de danza contemporánea y teatro en la que un espectador cabreado gritó: “¡Eh! ¡Estamos aquí!”. Al salir le pregunté que le había pasado y me respondió que el problema es que no le había pasado nada porque aquella gente del escenario estaba totalmente cerrada sobre si misma, ignorando al público.

En resumen, con mayor o menor mediación dramatúrgica (ficción ostensible en el drama, con la representación de una historia con unos personajes, o afirmación de la realidad en escena en el posdrama y la danza, que no deja, por ello, de ser otro tipo de ficción, aunque la acción no funcione según las leyes de la narratología) la fuerza animal del directo promueve un contacto que, con el tacto dispuesto por la dramaturgia, produce calor. Un calor que se agradece en invierno e incluso en verano, porque se trata de un calor necesario.

 

P.S. – El manifiesto aludido es el siguiente:

El teatro es el arte sublime”, publicado el 1 de abril de 2016.