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Jue, Feb

Y no es coña | Carlos Gil

Ya estamos en otro año, debemos hacer balance contable, ajustar objetivos, maldecir por los errores porque las erratas ya forman parte de la mismidad de usar y juntar tantas letras al cabo del año, mirar hacia atrás es sorprendente y mirar hacia adelante es sorpresivo. Hemos conseguido otorgar el Premio de 2017 de nuestro modesto Premio Internacional Artez Blai de Investigación en las Artes Escénicas, que ha ganado un meticuloso estudio sobre Alain Platel, realizado por Natalia Monge; hemos reemprendido labores editoriales que se iban acumulando en sus retrasos; ya está en la calle el número 220 de la revista ARTEZ con el que se cumplen veintiún años de vida, y estamos componiendo un nuevo presupuesto que se acomode mejor a las nuevas situaciones societarias, laborales, de salud y de ilusiones, porque también hay un componente detonante en estas actividades que es la ilusión, las ganas, el sobreponerse a la puta realidad administrativa. Y económica.

Entonces andamos es eso, viendo espectáculos, recibiendo amigos, visitando lugares por los que el tiempo infantil se encontraba con los olores que vuelen de manera recurrente. ¿Existe un olor de la infancia? En mi rehabilitación tras el implante del marcapasos se ha incorporado el ir al cine. Hacía muchos años que no lo hacía de manera no obligatoria o profesional. Voy a ver los estrenos con un ciudadano más. Y la otra noche, viendo al última de Woody Allen, en los Golem de Madrid, sentí esa sensación inexplicable al comprobar cómo en la sesión que yo asistía, la media de edad de los que estábamos en la sala era muy alta, excesivamente alta. He escrito aquí muchas veces sobre esta situación en las salas de teatro, en los teatros: el evidente envejecimiento de los públicos, de la falta de incorporación de nuevos aficionados. Y parece ser que en el cine pasa algo parecido. Sí, claro, siempre hay excusas: los jóvenes lo ven en otras pantallas, en la tele, el ordenador, el teléfono inteligente, la tableta. Pero el cine en solitario es onanismo audiovisual.

Me he hecho muchos propósitos, personales, colectivos, profesionales. Y uno de ellos es renunciar de manera expresa en todo aquello que tenga que ver con la zapatilla de Artez, en todas mis actividades profesionales periodísticas propias, fuera de este ámbito a las listas y rechazar y combatir en tiempo y espacio a las mismas. Veo a mis ex colegas y compañeros felices mostrando las 17 del 17, una lista de las obras que les parecen las mejores del año 2017; en otro medio, son diez, en otro las diez pero de autores españoles. Es decir, siento un cierto mareo. Y una vergüenza irreconocible.

Compruebo, y lo pueden hacer ustedes mismos, que tienen todos y todas, una flaca memoria. Un porcentaje demasiado elevado para ser creíble de las obras sancionadas, como “las mejores de…” se han estrenado en Madrid, ojo al dato, única y exclusivamente en Madrid, aunque el medio sea de difusión estatal, en el último trimestre del año. ¿De verdad que no hubo ningún montaje notable en febrero? ¿O en mayo? Las urgencias, las ganas de figurar hacen que se noten estas incongruencias. Quisiera repetir la pregunta, ¿para qué sirven estas listas? ¿Añaden valor en el mercado a las obras citadas? ¿Es algo objetivo, o es un capricho de medios y votantes? ¿Seguirán los críticos y críticas, informadores e informadoras, creyendo que influyen en la taquilla con sus selecciones subjetivas o amistosas? Díganme dónde sale en alguna lista, un musical. Y los hay magníficos. Y están consiguiendo unas taquillas descomunales. ¿No somos un poco cretinos los críticos y críticas creyendo que estamos autorizados a marcar de esta manera a las obras, autores, profesionales de toda índole con nuestros gustos? ¿No estamos desfasados y entregados a los que nos alimentan con las sobras de sus banquetes?

Yo creo que de pequeños nos maltrataron, algunos no pudimos mamar de la teta de nuestra madre, y así acabamos opinando alegremente, sin fundamento, caprichosamente y haciendo listas aleatorias que tiene un tono mesiánico. Y quieren dar el Gran Premio de la Crítica. O los Premios de la Crítica. Los que lo proponen lo hacen con buena voluntad, con buenas intenciones. Pero también con grandes dosis de ganas de figurar, de que los quieran, de que los admitan en el cielo artístico adoquinado. Colaboraré si me convocan, porque tengo antecedentes, creamos con otras ilustres complicidades el Premio de la Crítica de los Max. Y se lo cargaron.

Como habrán comprobado mi primer propósito y más arraigado para este año es NO CALLARME. Mi marcapasos me obliga a ello. Es para relajarme y quitarme carga emocional. Y mantener la tensión arterial en parámetros adecuados. Y mirarme al espejo y reconocerme. Ya digo, cosas del tiempo y del espacio.

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