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Mié, Mar

Y no es coña | Carlos Gil

La corrupción, la falta de determinación política, la poca consideración con la que se tratan los asuntos culturales, la dejadez ciudadana para defender sus derechos culturales, el egocentrismo e insolidaridad con la que se manejan algunos agentes culturales, la actitud pasiva y conformista de otros, nos colocan en un vendaval, en un bucle que nos va mareando y llevando por las azoteas o las cloacas de un sistema que está gripado, obsoleto y caduco. Me refiero al marco general, con una crisis política que parece ser superior a la económica, o la madre de todas las crisis, pero que cuando va acercándose a los asuntos culturales y más concretamente a los referidos a las Artes Escénicas, adquiere unas características propias que la distinguen, casi siempre para peor. Vivimos en una especie de montaña rusa sin fin, que nos puede llevar a la desesperación si no somos capaces de saltar en marcha y buscar soluciones inmediatas, que deberían empezar por una confirmación inequívoca de la volunta política de mantener la actividad cultural como un bien común, que debe reflejarse en los presupuestos.

Los tres puntos irrenunciables sobre los que se basa toda sociedad moderna son Educación, Sanidad y Cultura. Los cuerpos sociales, la prensa, la ciudadanía detecta con facilidad que se están haciendo movimientos para destrozar tanto la Educación como la Sanidad, como conceptos universales y gratuitas. Y se están privatizando porque para unos se trata de un negocio más, no de un servicio indispensable, de un derecho constitucional, de algo que caracteriza a las sociedades más estructuradas y de futuro. Al igual que ese otro concepto tan manipulado y esgrimido para agitar conciencias como es la Seguridad. En cuanto hay dos robos de más, se crea lo que llaman alarma social, bien instrumentada por los que tienen empresas de seguridad privadas, que esa es otra cuestión.

En cambio, en lo referente a los recortes culturales casi nadie se entera. En estos años de más o menos normalización post-dictadura no se ha logrado que la Cultura sea reconocida como un derecho inalienable, ni los ciudadanos tienen interiorizada esa necesidad vital. Se considera desde las instituciones, pese a que se hagan declaraciones muy florales, una cuestión menor, decorativa, que no es básica, ni forma parte de las prioridades de la inmensa mayoría de la masa votante.

No hablemos del porcentaje del PIB que aporta la Cultura, ni de los puestos de trabajo, ni de si existen o no industrias culturales, lo que sucede, lo terrible, es que nadie echa a faltar una programación teatral en su ciudad, que no les importa si se han tenido que anular dos o tres exposiciones en los muesos de su zona, si las orquestas reducen sus actuaciones, o si no existe ningún plan de defensa de la danza contemporánea local. No les interesa, desgraciadamente, y el primer paso es explicar a grandes capas de la sociedad qué es la Cultura, lo que se gana cuando hay una vida cultual activa y participativa, y eso, se debe hacer desde todos los frentes, el institucional, el periodístico y, sobre todo, el profesional en todos sus ámbitos y estamentos. Aunque habrá que convenir en que no todos los implicados están por la labor, porque ha anidado el huevo de la serpiente de lo privado, que en ciertos lugares es de facto lo único existente, y eso significa que la Cultura va a volver a ser clasista. O mucho más clasista de lo que es ahora. Reclamar Cultura para todos, no es un grito demagógico, sino una redundancia democrática.

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