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Lun, Nov

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

Debo confesar de manera culposa que, a estas alturas de mi vida, no soy capaz de sostener una conversación con mi madre de ochenta y tantos años, por más de 15 minutos seguidos sin que ese intercambio de palabras que comenzó amoroso, se transforme en una acalorada discusión. Generalmente la discusión comienza cuando me doy cuenta de que guarda chocolates en su mesita de noche.

Acepto todo tipo de acusaciones porque de manera consciente sé perfectamente que todos vamos camino a esa condición en la cual la vuelta a una infancia dependiente nos va a transformar en niños incluso, a veces mal criados. Sé que yo mismo voy a ser insoportable. Me va a ser imposible negar lo heredado. Hijo de tigre tenía que salir rayado.

La relación padres hijos sigue un mismo patrón universal.

1.- Para un bebé, sus padres lo son todo. El nuevo ser sabe instintivamente que son el único medio para sobrevivir.

2.- Cuando comienza a razonar, aunque sea de manera extremadamente básica, sin que necesariamente exista aun el lenguaje verbal, los padres son los súper héroes capaces de lograrlo todo, y por supuesto, “mis” padres, son los mejores.

3.- Acatar sin cuestionar.

4.- En esa época de rebeldía juvenil, el periodo de definición de la propia identidad, el modelo son los pares y los padres pasan a no tener razón en nada. Cuestionar sin acatar.

5.- Los padres son unos estúpidos incapaces de entender a sus hijos. Si dicen blanco, lo más probable es que los hijos hagan negro.

6.- Parece que no son tan malos y algo de razón tienen.

7.- Tenían toda la razón.

8.- Ahora que ya no están, verdaderamente son mis súper héroes.

Desde un punto de vista racional, todos lo sabemos y de una u otra manera lo hemos o estamos viviendo. Es muy duro experimentar la oscilación de afectos de un extremo al otro. Todos somos capaces de dar la vida por nuestros hijos, pero cuando llega el momento en que nuestros padres, vuelven a ser niños y se transforman en nuestros hijos, nuestra reacción no es tan evidente, al menos no en nuestros tiempos de acelerado distanciamiento social y por supuesto, también familiar.

“Es que lo va a pasar mejor con gente de su edad” y los ancianos son desterrados a un hogar donde con suerte son visitados de tanto en tanto por algún nieto al cual se le puso como condición el ir a visitar al abuelo para recibir su mesada.

Ya no existe eso de “los sabios de la tribu”, respetados por su experiencia de vida y sus siempre sabios consejos.

Ya no interesa la experiencia ajena, para eso, toda la información precisa está en los portales de internet y no se necesita la velocidad de tortuga de un hablar lleno de anécdotas en torno al tema central.

Los tiempos son otros ¿Por qué tratar de equipararlos, modificarlos o compararlos?

-Pero mamá, no coma chocolate. Le hace mal para la salud. Acuérdese de su diabetes.

Por supuesto me preocupa y consulté con un geriatra. Evidentemente la tenía muy clara.

-Es cierto, ella tiene diabetes, hipertensión y ya le instalaron un marcapasos.

Evidentemente debe cuidarse, pero ¿no comer chocolate? ¿prohibirle la sal? ¿Qué no jardinee para no hacer fuerza?

Si sigue una dieta estricta seguramente va a vivir más, pero quien desea tener una vida llena de privaciones y sacrificios.

Una supervisión estricta le puede dar un par más de años y por supuesto, mucho sufrimiento.

Que haga lo que quiera, con moderación nada le está prohibido.

Discutir no vale la pena ¿para qué? ¿qué se puede ganar? Nada.

Incluso aunque vaya contra toda esa lógica que nos fue enseñada por ellos mismos, no vale la pena tratar de modificar el pensamiento o el razonamiento de quien ya se lo ha vivido todo.

Ahora trato de ser yo quien le compra los chocolates. No le gustan los para diabéticos, pero le compro los más pequeños.

Y de vez en cuando, un aperitivo tampoco hace mal.

Estoy tratando de conversar unos 20 minutos.

No es fácil.

Salud.

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