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Dom, Feb

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Todos conocemos el efecto placebo; esa sugestión misteriosa que hace que el cuerpo reaccione positivamente frente a una terapia inocua; una prueba de que en circunstancias adecuadas el cuerpo es capaz de encontrar, por sí mismo, sus propias vías de curación. Este inexplicable mecanismo que funciona para obtener un resultado satisfactorio, sin embargo, tiene un reverso llamado nocebo y que funciona en sentido contrario. De tal forma que si vivimos en la autosugestión de que el cuerpo va a enfermar, finalmente el cuerpo enferma sin que haya un estímulo nocivo real que lo desencadene. Un ejemplo irrefutable de ello son los ensayos clínicos donde los pacientes que reciben un placebo, pensando que están recibiendo un fármaco activo, tienen efectos adversos como dolor de estómago, picores o diarrea. El efecto nocebo tiene también una importancia capital en las depresiones, donde la propia enfermedad alimenta la sugestión de tristeza, creando un círculo vicioso difícil de quebrar.

Si bien generalmente el efecto nocebo se describe en un nivel individual, es posible trasladarlo a un nivel social. En este sentido, las condiciones de vida no sólo determinan de facto el bienestar y el futuro de las personas, también crean la atmósfera según la cual la ilusión de la gente se tiñe de un color u otro. Situados en estas coordenadas, es fácil entender que aquellos grupos marginados que viven sin ningún paraguas social, tienden a perpetuar su condición paupérrima. Su vida, una cadena de actividades destinadas a la pura supervivencia, un continuo ritual de la desesperanza, crea el ambiente idóneo para que día a día no brote perspectiva de mejora alguna.

Escribo estas líneas después de estar en Belgrado y Bela Crkva (Serbia), participando en un proyecto llamado "Corners" (Esquinas). Allí nos hemos reunido artistas de diferentes orígenes geográficos (Suecia, Serbia y País Vasco) y creativos (diseño gráfico, música, danza y teatro), con el objetivo de trabajar con niños y adolescentes sin ningún apoyo familiar que viven confinados en un internado. El proyecto abre un horizonte de cuestiones: ¿Pueden los artistas por medio de su oficio atemperar ese efecto nocebo que castiga a los grupos marginados de la sociedad? ¿Puede el arte ser una suerte de pieza rebelde que detenga el dominó del desamparo al menos por un corto espacio de tiempo? ¿Qué se puede hacer desde el arte para que la pescadilla del desarraigo deje de morderse la cola?

En los comienzos de un proyecto difícilmente emergen respuestas claras, pero se pueden mirar los rastros que deja la búsqueda emprendida. En este caso, los rastros conducen a una reorientación del oficio de artista, que no busca el resultado en una obra acabada, sino en una actividad con un determinado cariz social. A tientas, con una convicción que sólo se reafirma con cada experiencia, se intuye la capacidad del artista para hallar una nueva vertiente a sus habilidades, una vertiente particular que lo vuelve útil en términos sociales, sin por ello solapar la labor del pedagogo o el trabajador social.

Busco entre los rastros de estos días alguna conclusión más certera, una frase que condense mejor el valor de este proyecto que recién comienza, pero en lugar de palabras se me aparece la imagen de uno de los últimos días. Esa noche entre el caos y la cordura, donde esos niños de edad incierta y cuerpos vivarachos, danzaban y brincaban al son de melodías balcánicas que improvisaba al saxofón Nils Personne. Viéndolos bailar, nadie hubiese dicho que estaban encerrados en ningún internado.

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