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Lun, May

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

La magnífica obra podría representarse una y otra vez hasta el infinito de los tiempos con el mismo impacto emocional en el público si tan solo se cuidasen los pequeños detalles de la puesta en escena.

Vestuario perfecto, actitud perfecta, texto perfecto, escenografía perfecta, pero... los detalles sabotean la representación.

7:30 de la mañana y el mendigo de ropa sucia, con voz lastimera dispara una y otra vez a la consciencia de una muchedumbre siempre atrasada; "tengo haaaaambre..."

La horda de oficinistas uniformados ellos de corbata y ellas de taco alto, alienados rumbo a su confinado puesto de trabajo, al subir las escaleras que conectan el sub mundo del transporte público en esa lata de sardinas llamada metro y el mundo llamado laboral de esclavitud asalariada, no pueden des oír a ese gran artista producto de la repetición por mejorar la pieza representada. Para blanquear su consciencia, más de alguno dejará caer una moneda en el sombrero recaudador para que ese pobre hombre pueda alimentarse y no morir de inanición.

Aquí es donde empiezan las condenas hacia mi persona por ser tan insensible ante el desposeído.

Ok, de acuerdo, es una persona que vive en la pobreza pero algo diré en mi defensa; si uno se sobrepone al primer impacto producido por el tono lastimero y la sola palabra hambre, impacto que yo mismo tuve la primera vez que me crucé con este personaje, puede empezar a percibir con más sentidos que solo el sentimiento de culpabilidad que la mayoría de los habitantes de las grandes urbes cargamos sobre nuestros hombros.

Basta observar un poco para darse cuenta que en un peldaño más abajo que el que le sirve de asiento, ha ido acumulando los donativos de oficinistas muy apurados como para mirar más allá de sus narices.

Entre lo que se puede apreciar a simple vista, porque tampoco se trata de espiar descaradamente como para hacer un censo perfecto, cuento 2 paquetes de galletas sin abrir, 3 cajas pequeñas de leche aun selladas, 2 sándwich no solo de mantequilla sino que con jamón y queso.

Además, en una ocasión lo vi rechazar un sándwich que una gentil secretaria le ofrecía. Lo rechazó diciendo que no le gustaba la mermelada. Cuando se tiene hambre el paladar queda relegado por la supervivencia.

Obviamente después de ver esa impresionante despensa a centímetros de sus piernas, hambre no tenía. Se puede especular sobre si el sistema le da o no oportunidades de desarrollo, sobre lo desigual de nuestra sociedad contemporánea, sobre lo relegados que quedan los viejos, sobre las injusticias sociales de siempre, sobre mil cosas que están mal.

Pero me atrevo a decir que ese personaje más que hambre, lo que hacía era utilizar una poderosa palabra para provocar la lástima de los transeúntes.

Las monedas caían en su sombrero y la comida en su despensa como armas para protegerse de lo que no se quiere. Evidentemente nadie querría estar sentado a las 7:30 de la mañana en una fría escalera pidiendo para sobrevivir y con el donativo a la ligera el público, su público, cree defenderse de la miseria.

Pero los detalles, algún día su público se dará cuenta de los detalles y solo le quedará 1 alternativa posible; cambiarse de escalera.