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Lun, Dic

Y no es coña | Carlos Gil
El Palau de la Música Catalana de Barcelona es un edifico singular, considerado como uno de los máximos exponentes del Modernismo que fue edificado por el arquitecto Lluís Domènech i Montaner, inaugurado en 1908 construido con financiación popular, sede del Orfeó Catalá, fue declarado Monumento Nacional en 1971.  Es a su vez un símbolo. Es una institución que ha representado como pocas el espíritu emprendedor de la burguesía catalana, su compromiso con las artes. Acaba de explotar un escándalo mayúsculo en el que está implicado en primera persona Félix Millet su presidente, pero que ha destapado toda una serie de connivencias, complicidades y ramificaciones que llegan hasta las supuestas financiaciones de partidos políticos u otras entidades.

 

Una estafa de varios millones de euros mantenida en el tiempo que ha conmocionado a la sociedad catalana y que tiene bastante de ejemplar en cuanto estamos hablando de un legado cultural colectivo, que recibe ayudas particulares, donaciones, pero ingentes cantidades de dineros públicos, siempre bajo un gestión opaca, con fundaciones, patronatos y otras figuras que son aparentemente una garantía de funcionamiento pero que se ha demostrado en  este caso que era la mejor manera de mantener un ejercicio fraudulento casi en la impunidad.

Esta estafa nos revela la falta de controles administrativos, la supuesta falta de rigor en la intervención y de manera colateral, además de lo anteriormente señalado y el enriquecimiento de los Millet, una familia de gran abolengo vinculada a la institución casi desde su fundación, la existencia de cajas B, o dicho de otro modo, de la circulación del dinero negro en el ámbito de la cultura.

Se ha señalado en los informes que se ha  hecho público de esta estafa, que reconocidos artistas, grandes nombres de músicos, cantantes, directores de orquesta, personal de coros y otros, habían recibido parte de sus emolumentos en dinero negro. Eso deducen los investigadores de las contabilidades y los papeles hasta ahora desentrañados. Muchos de los señalados con nombre y apellidos han salido rápidamente  a la palestra para desmentirlo, pero sus argumentaciones exculpatorias han sido tan tibias y basadas en un yo no sé nada, o no me lo puedo creer, que la sospecha se ha instalado definitivamente. Y no solamente en este caso, ahora descubierto, sino en prácticas bastante  extendidas, no con estas cantidades aquí descubiertas, en el funcionamiento ordinario y habitual.

Quizás solamente con ver las cantidades que se pagan a ciertos artísticas o compañías, por lo desorbitadas y fuera de la lógica del mercado, ya despierten una sospecha para investigar. Seguir el rastro de estos contratos y del dinero pagado nos podría llevar a descubrir algunas complicidades con fachada legal que esconden prácticas fraudulentas, comisiones inconfesables, actitudes que no pueden sostenerse. Hasta con los signos externos de algunos personajes que pululan en el mundo de las artes escénicas, se podrían levantar de oficio intervenciones de control.

La Cultura va a sufrir un recorte considerable en los presupuestos generales del Estado que va a provocar cataclismos el año próximo. Ver con la ligereza con la que se manejan los presupuestos de algunas instituciones, comprobar como las mismas subvenciones salen siempre tan direccionadas desde hace años hacía unas empresas muy concretas, la rumorología imperante en los ambientes profesionales sobre casos de corruptelas o irregularidades, a la luz del caso Palau, o caso Millet, nos puede provocar una mayor sensibilidad, una exigencia de transparencia democráticamente impecable para ver de qué color es el dinero. Y si es negro, azul o rojo, empezar a denunciar en los juzgados, no en las barras de los bares a media voz.

Casi todos tenemos en mente o hemos sufrido actitudes arbitrarias o asistido a decisiones que no dejan muchas dudas. Quizás el problema esté en poderlas demostrar. Pero si en este caso Millet ha sucedido, hay que confiar en que se pueda llegar hasta el fondo de otros tanto que tanto daño hacen. El dinero negro, limpio, tiene otro color.