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Lun, Dic

Y no es coña | Carlos Gil

Arrastrar los pies cansados por el tabladillo no es sólo una pose, ni un tic que intente señalar al personaje por su supuesta edad; en ocasiones es una circunstancia que debe ser aplaudida, en otras nos quedamos con un cierto corte de respiración. Los viejos cómicos nos han dado lecciones insuperables. Yo me atrevo a decir que muchas de ellas para lo bueno, lo magnífico y lo mejor. Pero en ocasiones sus viejas tradiciones nos han llevado por caminos intransitables, por  nociones de un oficio que se transmitía a base de un aprendizaje y escalafón casi militarizado.

Hoy sabemos todos mucho más, no debe nadie renunciar a nada o casi nada, pero debemos instalar de una vez por todas los límites de la formación como transmisión reglada de principios científicos, reproducibles en todas las circunstancias y condiciones y aquello que forma parte de ese corpus intangible en donde entran esos conceptos mágicos que llamamos talento, intuición, presencia y que nos sirven para entendernos, para demostrarnos constantemente que no es únicamente lo que se puede aprender y desarrollar en unas rutinas adecuadas lo que hace a un intérprete bueno, malo o regular, sino que previamente hay unos factores innatos y además otros que se van adquiriendo no en las aulas, sino en los escenarios.

Se trata de lo que denominamos experiencia y que es una acumulación desordenada de problemas solucionados de maneras no conocidas previamente y que se van adhiriendo a los otros conocimientos mayores, científicos o académicos, hasta que pueden considerarse como útiles para todos. Aquí está parte del error, estas cuestiones no son aplicables a todos, las retrancas, los vicios escénicos, algunos de los recursos de los viejos cómicos, servían para las expresiones teatrales de otras épocas, incluso se pueden aplicar a las propuestas que se hacen ahora pero con textos, puestas en escena y estéticas del pasado siglo (tan prolíficas, sea dicho de paso, en los escenarios de titularidad pública). Pero para los tiempos actuales, las dramaturgias actuales y los públicos actuales se debe ir pensando en otras maneras de afrontar todo el proceso, y el interpretativo, tanto en lo que tiene de entrenamiento y preparación, como en su propia ejecución debe amoldarse a nuestros tiempos.

Debe ir directo al corazón del espectador, pero no solamente por la prosodia, la enfatización, sino a fuerza de una nueva verdad escénica, de un nuevo pacto, de una nueva convención, que no solamente debe abarcar los asuntos dramáticos, de movimiento, gestuales, de dicción, sino que deben incluir el espacial, es decir en el lugar del espacio que utilizan el espectador y el actor, su relación física, visual, auditiva, porque es ahí donde en estos momentos, no solamente en los asuntos más preformativos, sino en las nuevas propuestas emergentes, donde se establece una nueva estratificación de los significantes, unas variables que están provocando una evolución. Probablemente no estemos ante una ruptura, ni ante la asunción de una nueva vanguardia, pero sí se están dando pasos para establecer vínculos de la escena con nuevos públicos que no llegan al hecho teatral solamente por la vía literaria, ni que reciben la información y el estímulo para acudir a través de los conductos de publicidad habituales y que representan en su conjunto el hoy más rutilante y que necesitan el apoyo de los que tienen la obligación de hacerlo así como una visualización por parte de los medios de comunicación aunque sean, dentro del entramado económico actual, algo de poca entidad, todavía. A cambio, son lo necesario, el futuro.