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Mié, Mar

Y no es coña | Carlos Gil

La otra tarde en La Fundición de Bilbao, asistí a una sesión de lo que llaman Taller de Espectadores, una versión muy sui generis de lo que ha convertido en algo sobrenatural el Mesías Jorge Armando Dubatti, que sí tiene una Escuela de Espectadores en Buenos Aires en la que he tenido la oportunidad de asistir a alguna de sus sesiones y comprobar que se trata de otra dimensión, de algo que está perfectamente incardinado dentro de la cadena de valor del teatro, desde la parte más filosófica a la comercial.

Desde esa formulación sistematizada, desde todas las veces que es invitado en todas las partes del mundo para hacer algo semejante a esa Escuela de Espectadores, recientemente el propio Dubatti inuaguró una franquicia en Barcelona, y los que vamos por Iberoamérica con asiduidad sabemos de los focos existentes con esta intención que en un principio fue una iniciativa que cualquiera puede aplaudir ya que se trata de crear focos de opinión, lugares en los que se va creando un pensamiento crítico de la mano no solamente de los hacedores de manera objetiva, sino de quienes lo completan y le dan sentido, los espectadores.

Vaya por delante mi postura: es bueno para todos que se creen lugares donde divagar, discutir, tal vez pensar, sobre las artes escénicas. Ya sean tertulias alrededor de una paella, ya sean encuentros al calor de un asadito, con un refresco de horchata o simplemente en los propios teatros y salas donde después de la función se organizan encuentros, para intercambiar impresiones con los artistas. Todo lo que sea darle continuidad al hecho de acontecimiento, al espectáculo, y se vaya canalizando en ampliar conocimientos mutuos, en descubrir parte de esos secretos inherentes a todo proceso creativo y de producción será positivo.

Dicho lo cual, deberíamos entrar en los matices: los objetivos de cada iniciativa, la capacidad de conducción del quienes lo proponen, la disposición de esa otra parte no nominativa a la que llamamos público, públicos, espectadores. Y sobre todo hay que moderar las expectativas, definir mejor lo que se busca con estas propuestas, ya que aunque sea una crítica facilona, llamar Escuela o Taller, parece que se trata de formar espectadores, algo que uno pone en duda positiva. Sí, los espectadores se forman. Los lectores se forman. Los melómanos se forman e incrementan sus capacidades de recepción a base de acumulación de experiencias y de otros factores como son lecturas, conocimientos variables y en estas sesiones, si están bien pensadas, pueden ayudar a profundizar en algunos de los aspectos fundamentales.

El teatro sale de la sociedad y de ella se nutre, por lo tanto, estas iniciativas se deben cualificar en sus contextos. Por eso, la iniciativa con la que comienzo esta divagación urgente, tiene un valor esencial, casi militante y no se puede empezar a cuantificar sin más. Que vayan más de una veintena de personas una noche de jueves para hablar sobre una obra, un grupo o escuchen la motivaciones de un programador o director artístico de un teatro público es un éxito. De la composición de los asistentes podemos sacar otras conclusiones, ya que un porcentaje grande éramos personas interesadas directamente, profesionales en distintos estamentos de la cadena de producción y sí, había personas que eran sin más, espectadores, mejor dicho espectadoras. Un detalle más. Yo advierto de una manera reiterativa: estas iniciativas no crean espectadores, si acaso, los consolidan y los hacen más y quizás mejores amantes de las artes escénicas. Misión bastante importante por cierto. Seguiremos en este tema que puede tener mucho desarrollo en los próximos meses.

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