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Mar, Nov

Y no es coña | Carlos Gil

Un entrenador de fútbol de un quipo que actualmente lidera la Liga española, que fue futbolista de élite, que corre maratones y carreras extremas en el desierto, que trabaja diariamente con jugadores multimillonarios, que debe combinar en su labor cotidiana los egos y los Rolex para conseguir sus objetivos, lanzó en rueda de prensa una frase magnética: "el elogio debilita".

Como ex-crítico debería sentirme habilitado por todos los posibles desmanes que hubiera cometido. Me reproduce una sensación de utilidad en el ejercicio de la crítica al no haber intentado debilitar a nadie. Nunca jamás. No he sabido regalar un elogio no fundado a nadie. Ni siquiera como estrategia de seducción. Pero en las hemerotecas, en los dossieres, en los clippins, se pueden encontrar cientos de miles de frases elogiosas a autores, actores, actrices, directores, escenógrafos, iluminadores, sonidistas y muchos más de la nómina teatral activa. Incluso de la pasiva, no me duelen prendas para elogiar una buena gestión, una buena programación, una dirección de un tetro, un centro o un festival.

Los elogios fundados, ponderados, adecuados a la circunstancia, no debilitan,. Si quien los recibe se deja llevar pueden convertirse en un conformismo, una quietud, pero lo malo, lo que entiendo yo como corrosivo y alienante es el halago fácil, el chascarrillo infeliz de los estrenos, esos besos que resuenan por todo el teatro, esas frases dichas en voz alta que suenan ridículas y son perversas por lo que tienen de mentira e impostura. A los diez minutos en la taberna de la esquina, todos hablan pestes de los que acaban de halagar tontamente.

Lo diré hasta que no me quede aliento, en mi labor crítica, si hubiera hecho caso a los comentarios de los supuestos amigos más aparentemente entusiasmados con el estreno, si hubiera atendido a las maldades dichas por los compañeros de profesión de los actores o directores, mi leyenda sería de un ángel exterminador. Porque la crítica debe hacerse tras un análisis de lo visto que se convierte en una suerte de discurso al que hay que depurarlo, escribirlo, ajustarlo, aquilatarlo. Y firmarla para hacerse responsable del mismo. Un comentario o ocurrencia puede ser gratuito, demoledor, cáustico o destructivo. Y las más de las veces superficial. Las críticas escritas, no puede ser fruto del impulso, sino de la reflexión. No pueden ser una sarta de halagos empalagosos, ni una exhibición de hieles apestosas. Deben aportar algo, principalmente una crítica. Para no debilitar.

La crítica buen argumentada, hecha con conocimiento, capacidad de análisis y respeto a lo criticado puede, pues, fortalecer. Y en esto sí estoy muy de acuerdo. Hay que tener un espíritu crítico para poder avanzar, para mejorar, para no dormirse en los laureles. En términos generales, las artes escénicas, viven en una situación de desamparo presupuestario, de medios de producción, laborales, pero, sobre todo, de masa crítica, de guías orientativas para saber lo que está bien, mal o regular. No digo que deban existir cánones, o estabular de manera muy estanca las cosas, pero un criterio crítico básico para poner límites mínimos sobre calidad, actitud y condiciones sería bueno y reconstituyente para el tejido teatral que anda desperdigado, desorientado y en un limbo en donde parece que todo vale, pero porque nada vale nada.