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19
Mar, Feb

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Hace pocos días tuve la oportunidad de ser testigo del trabajo textual y coral de Esperanza Abad con los actores de la compañía andaluza Atalaya, que se encuentran ultimando su próximo espectáculo. Una ocasión inigualable para ver el anverso de todo espectáculo bien hecho, que no es otro que el arduo y concienzudo trabajo. En este tipo de antesalas creativas es donde afloran las paradojas del oficio: lo difícil que es que parezca fácil, todo lo que hay que trabajar para que al espectador no le cueste trabajo ver el espectáculo o el artificio necesario para que la escena resulte natural. Fue una experiencia inusual, como alimentarse de los olores de una comida mientras se cocina, sin saborear el resultado final en el plato.

Escribo pues con esta experiencia aún caliente en mis dedos, mientras las palabras de Esperanza Abad, maestra con mayúsculas, juegan a columpiarse en mi cerebro: “apoyad bien la voz”, “buscad pausas que os ayuden a dar sentido a la frase”, “no perdáis el tempo-ritmo”, “cambios de un cuarto de tono al final de la frase”, “cuidado, tratando de enfatizar todo, no se enfatiza nada”... Pero entre todas ellas hay una frase que se me ha quedado mirando fijamente: “Me dicen que escriba un libro sobre la voz, pero lo que sé está escrito en quienes han trabajado conmigo”. Era una sentencia que apostillaba toda una conversación sobre lo difícil que es transmitir algo práctico y vivo, como el trabajo vocal, a través de palabras que yacen escritas. “El libro `Hacia un teatro pobre´ de Grotowski mal interpretado puede causar estragos en la voz”, fue su ejemplo de cierre.

Hablando ahora sobre todo esto, el resorte de la memoria me planta la imagen de un profesor de farmacología que tuve en la universidad, el mejor profesor que recuerdo. Aquel maestro ya entrado en años, lejos del tópico académico que llama al bostezo, hacía de sus clases apasionantes relatos no ya sobre farmacología, sino sobre la historia, la muerte y la vida. Era un orador magnífico, de esos que te mantienen la atención en el punto de cocción adecuado, capaces de hacer interesante hasta el recitado de un listín telefónico. Su discurso, que parecía haberlo ensayado con algún gran director escénico, estaba plagado de giros, de clímax, de suspense. Jugaba con todas las intensidades del habla, con las entonaciones y las intenciones, haciendo bailar los mensajes de lo subliminal a lo explícito, hasta que al final nos clavaba una conclusión que guardábamos con regocijo.

El profesor, a quien nunca le dije que me había enseñado tanta farmacología como teatro, nos invitaba a reflexionar activamente sobre la materia a estudio, a no convertir el aprendizaje, siguiendo la inercia del modelo universitario, en un proceso sin alma donde sólo se vierte información en el cerebro. Decía, muy posado él, que el conocimiento no consiste en compilar información, sino en establecer relaciones entre diferentes informaciones; que el conocimiento se escapa entre los huecos que dejan unos datos sueltos, pero que, en cambio, unos datos relacionados entre sí conforman una red que lo captura. La inteligencia no está en tener una base de datos, sino en saber interpretarla. Con cierta aura de brujo, ponía el ejemplo de Internet, entonces incipiente, para advertirnos con la cortesía de la vieja escuela: “Ustedes creen que ahí podrá estar todo el saber, pero si no filtran, asocian, asimilan y hacen suyo aquello que encuentran, no obtendrán más que un saber vacío”. No sobra decir que el tiempo le ha dado la razón.

Miro a los libros de técnica teatral que me rodean, y vistos ahí en la quietud de la balda, me parecen fosas de datos ordenados, como pequeños cementerios de información estructurada. Muchos de ellos guardan consejos y metáforas apasionantes, pero sólo aquellos que se han traducido en experiencia fruto de una indagación personal, pueden considerarse verdaderas fuentes de saber. El resto, a la espera de convertirse en vivencia tangible, no son sino un conocimiento baldío (de inútil y de balda).

Dice Eugenio Barba, con su habitual tino, que Decroux es un maestro que vive escondido en el cuerpo de sus alumnos. En efecto, alguien que ha estudiado profundamente Mimo Corporal lleva consigo un sello tan reconocible en su manera de moverse y de accionar que, a veces, parece que es el propio Decroux quien aún respira bajo su piel. El verdadero legado del maestro francés reside, pues, en quienes trabajaron directamente con él, más que en su famoso libro ´Palabras sobre el mimo´ que, aunque estimulante, no alcanza a revelar la dimensión práctica y ética de su teatro. Un libro puede infundir ciertas ideas, pero un maestro es quien, además de inculcar un ideario, te conduce a llevarlo a cabo.

En teatro, como en todas las áreas de conocimiento que tienen una vertiente práctica, el aprendizaje se hereda en experiencias y no en escritos. El saber puede que no ocupe lugar, pero necesita el tiempo suficiente para que se haga cuerpo.

 

 

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