Sidebar

19
Vie, Abr

Y no es coña | Carlos Gil

James Joyce dijo una vez: “la vida es demasiado corta como para leer un libro malo”. Podríamos parafrasearlo y ampliarlo si aplicamos esta idea al teatro, a las obras de teatro, a los espectáculos de artes escénicas, para comprender que hay actividades de riesgo. Por ejemplo: ver cientos de obras anualmente desde hace demasiados años. En diferentes localidades, situaciones, programaciones y festivales a lo largo del ancho mundo. Siendo el más combatiente aficionado, hay momentos en los que se produce una saturación. Ver teatro por obligación es un castigo. Profesionalmente es necesario, pero se acumulan tantas frustraciones que se puede volver una actividad fóbica. 

 

Cuando digo en ocasiones que soy un ex ex-crítico, es porque puedo elegir aquello que critico o dejo de criticar. Mi situación profesional me lo permite. Es decir, estoy más cerca de ser un diletante que de eso que llaman crítico. La distancia entre crítica y crítica publicada puede ser de varias semanas. Comento, opino, digo cosas o cositas, pero lo que se dice hacer una crítica formal, de las que recomiendo cuando doy talleres por ahí, no. Las hago y las publico en el periódico GARA, pero no las traspaso a este diario. En otros momentos lo he hecho y probablemente lo volveré a hacer, pero como estoy pasando una crisis que quizás sea hormonal, y voy a los teatros con ilusión y salgo con una sensación de que mejor estaría haciendo otras cosas, engancho con Joyce, humildemente, y aseguro que siendo como soy un caso imposible, crónico, nunca podré abandonar del todo al Teatro, pienso que no es de extrañar que algunos seres humanos, nuestros conciudadanos, vayan poco al teatro. 

No hay nada peor que una opinión crítica hecha desde la contrariedad, desde el rechazo, el considerar que el teatro es un arte menor, que estamos en momentos de una calidad mejorable y de un sistema agotado y agotador. El amor incondicional al arte escénico es condición necesaria para poder pensar sobre ello desde posturas positivas, críticas, pero que tenga la voluntad reformista, cuando no, lo ideal, revolucionaria. Lo demás es ejercer una rutina, aplicar fórmulas, repetir conceptos, aplaudir por decreto, ocultar lo insoportable. Es decir, lo que con demasiada coincidencia sucede y lo admitimos por falta de referencia o fruto de una desidia intelectual, de una educación basada en la inmediatez y el éxito en abstracto.

Si sigo por esta línea voy a ser ese idiota que en plena fiesta apaga la música y dice que los vecinos se van a molestar y que es mejor irse. Veo una efervescencia electoral a mi alrededor, una fusión entre esperanza y alegría química que me asombra. Es como si hubieran repartido carnés de optimistas a los renegados, polvos de la estulticia a los sabios, dosis de conformismo a los que más agudeza atesoran. Por lo tanto, pertenezco de manera consciente a los perdedores y fracasados, a los resentidos, a los que nunca fueron invitados a la mesa del poder, que no recibe consignas, halagos baratos de los gestores temporales de las instituciones atrofiadas, que no les ríe las gracias a los insulsos popes de la inconsistencia escénica que nos deja absortos de tanta mediocridad convertida en manjar consumista y que son los que marcan en estos momentos el ritmo y el nivel artístico de las producciones en venta.

A quien tantas veces me escucha despotricando, quejándome y reiteradamente me pregunta, “¿qué teatro te gusta a ti?”, contestaré de nuevo, escuetamente, lacónicamente: el bueno. Y así encontramos en lo subjetivo, en lo referencial, en lo que se compara con lo visto, aquello que cada cual cree que le ha ayudado a transformar su mirada al hecho escénico, una línea de argumento que nos emparenta con los heterodoxos a la fuerza, sin quererlo, por simple ósmosis entre lo aprendido, lo hecho, lo visto, lo tangencial, lo excelente y el día a día. Y colocarse en ese lugar tan extravagante solamente produce roces, rechazo. Por eso me contengo tanto en el ejercicio público de la crítica escrita en medios de comunicación generalistas. Y mucho menos en especializados, donde eso es una dejación dolosa con el compromiso de la evolución del sistema teatral general.

Antes de que sea expulsado del templo por los mercaderes y los estómagos agradecidos, confesaré que, desde mi absoluto libertinaje y pensamiento momificado, estoy en proceso de reconciliación: todos somos parte del mismo problema. Otra cosa es que yo quiera seguir en la misma recua. Prefiero la soledad solidaria. El Teatro es bastante más que los productos que nos venden de rebajas.