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Mar, Nov

Velaí! Voici! | Afonso Becerra

Sobre el contagio como vía de conocimiento alógico, a través del teatro, tenemos algunos de los escritos de Antonin Artaud. Teórico, avant la lettre, de las dramaturgias posdramáticas, aquellas que recogen las teatralidades de los rituales pre-dramáticos, previas a la verticalidad jerárquica del relato. El relato o historia, la palabra que define, la frase, el argumento y su representación teatral o a través del ballet. Bien es cierto que la palabra no tiene porque utilizarse para construir un relato y puede, liberada del orden narratológico, inscribirse en esas dramaturgias posdramáticas. El propio Antonin Artaud tiene algunas piezas que son textos posdramáticos fascinantes. Porque, evidentemente, hay textualidades de muchos tipos.

 

La danza también puede ser, en cierto sentido, un texto (un tejido) cuya morfología no pivote sobre lo narrativo e, incluso, ni siquiera sobre lo estético. Esta es una circunstancia que podemos encontrar, sobre todo, en la danza contemporánea de carácter más visceral. Ni el ballet clásico, con sus codificaciones dedicadas a la representación de historias y leyendas (Giselle, El lago de los cisnes, por ejemplo), ni la danza moderna americana, en su estilización imaginística (The Moor’s Pavane, de José Limón, basada en el Otelo de Shakespeare; Adorations de Martha Graham, por ejemplo), ni la danza posmoderna, en su matemática de tendencia abstracta, deconstructivista o improvisada (Set and Reset de Trisha Brown, Scenario de Merce Cunningham, por ejemplo), consiguen liberarse de la preeminencia de la forma, del trazado, del diseño del movimiento.

El sábado 19 de octubre, dentro del Festival Audacia, organizado por la Cidade da Cultura, en el Gaiás (Compostela), se presentó la pieza Mercedes e máis eu de la coreógrafa y bailarina gallega Janet Novás.

Por la mañana, dentro del programa denominado “Audacia Inspira”, me pidieron presentar y entrevistar, para el público asistente, a Janet Novás. En la conversación sobre sus inicios en la danza y en la creación, me llamó mucho la atención que, al margen de las cuestiones relacionadas con la técnica, los estilos y las escuelas, Janet buscase la inspiración para su trabajo en el silencio. En el hecho de apagar cualquier idea directora, cualquier búsqueda de una tendencia formal, cualquier ansia por moverse… Querer hacer, querer moverse sin parar… Creo haberle entendido que, para ella, es importante, precisamente, detener todo ese ruido y volver la mirada hacia el interior. Un trabajo de escucha. Quizás una actitud semejante a la de la meditación.

También me llamó la atención, en coherencia con lo anterior, que no le interese la espectacularidad y los efectismos, derivados del más difícil todavía, o de la exhibición de virtuosismo físico,  o de complejidad y elaboración estética. Para Janet Novás lo más importante es el trabajo con la energía, su modelado, del que, a la postre, se decantará una estética. La energía que despliega la danza, no solo en los momentos más impetuosos y fuertes, sino también en los pequeños movimientos y en la quietud. La capacidad para transmitir y contagiar esa energía y para que se dé una retroalimentación con el público.

En sintonía con esto, también decía que a ella le gusta tener al público cerca, de tal manera que pueda sentirlo, de tal manera que cada espectadora y cada espectador puedan reparar en los pequeños detalles. Y, desde esa proximidad, poder manejar las distancias, como una de las posibilidades más estimulantes de lo coreográfico, ese juego de distancias con el público.

Además, fue muy importante, bajo mi punto de vista, escucharle hablar del gozo de encerrarse en un estudio a jugar, con libertad total, trabajando desde ese silencio, al margen de tendencias o modas. Disfrutar del juego, sin miedo al fracaso, sin la ansiedad por un producto final predeterminado.

Por la noche, en Mercedes e máis eu pudimos experimentar, de una manera directa, ese poderío de la energía, desplegada, a partes iguales, por Mercedes Peón y por Janet Novás. Pudimos sentir y ver cómo esa energía musical y dancística se fundían y cuajaban en formas coreográficas y visuales muy diversas, desde las espirales y la circularidad solar, de petroglifos celtas trazados en el aire por el cuerpo y el cabello largo de Janet girando, hasta el poema de la tierra fresca que mancha la piel para darle un aspecto animal.

Mercedes Peón ha recogido de las aldeas rurales y marineras de Galicia toda una serie de canciones, de instrumentos y maneras de tocar y cantar populares. Con todo ese material de raíz tradicional y con su desbordante talento, compone temas mestizos, en los que la electrónica se mezcla con el sonido de la gaita, del pandeiro, del tambor, los platos… y esa voz inconfundible, en la que brotan aturuxos y gritos de algarabía, más que lamentos o quejas. La voz de Mercedes puede ser amorosa y dulce, pero lo que a mí más me gusta es esa voz de arenga musical, ese chorro vocal de mujer guerrera. Ese ímpetu triunfante, tan apoyado en la exuberancia del paisaje galaico, que impugna la virilidad y proclama, sin decirlo, el poderío anti-violento de la mujer libre y plena.

Aquí, en esta pieza, la propia Mercedes Peón utiliza, en muchas ocasiones, un gesto dancístico amplio, preciso, limpio y seguro, cuando toca. Muy visible, por ejemplo, cuando sujeta una baqueta en una mano y, con la otra mano, agita otra baqueta contra la primera, y podemos ver esa especie de abanico que se pliega y despliega en el aire. O el hermosísimo momento en el que toca la gaita en medio del escenario, bajo una luz cenital, y el sonido se va suavizando hasta desaparecer. Pero ella sigue tocando, aunque no escuchemos la música sino a Janet contándonos una pequeña historia, sobre el origen de ese tema musical, que no está escrito en ningún papel ni partitura y que le fue legado a Mercedes, hace treinta y cinco años, por un músico popular anónimo, Xosé de Paradela.

El cuerpo de Janet se mueve como si fuese algo irremediable, porque la música y el canto de Mercedes, en su potencia vibratoria, desde la percusión hasta la melodía, inundan y mueven todo el espacio.

El propio título de la pieza, en su concreción, Mercedes e máis eu (Mercedes y yo), con esa duplicación de la conjunción, nos anuncia el acto de la suma. Al ver a las dos creadoras en escena, podemos darnos cuenta de que se trata de dos energías semejantes, con una fuerza y una sutileza desbordantes.

El contagio de la energía se produce, en comunión unas veces y en diálogo musical y dancístico otras. En comunión cuando la vibración musical, en la torrentera de la percusión y la voz, se funde con la vibración corporal, en giros, saltos y carreras veloces, en pequeños movimientos espasmódicos del rostro y del resto de los músculos del cuerpo, en dinámicas de contracción y relajación que suelen iniciarse en la pelvis e inundar la zona abdominal y la parte alta del cuerpo. En diálogo, de manera más evidente, cuando el propio movimiento de Janet también produce sonido. Por ejemplo, su danza moviendo piernas y pies en el mismo sitio, mientras los brazos se abren y circulan, haciendo sonar los platos, a lo que Mercedes responde tocando el “sacho”.

La música y la voz de Mercedes atraviesan el cuerpo de Janet y lo mueven, la energía musical y vocal adoptan formas coreográficas en la energía dancística.

En algunas secuencias Janet también cantará, sola o con Mercedes, y así el contagio y la suma se consuma, dando lugar a momentos apoteósicos.

Janet baila con todos los cuerpos de mujeres que le precedieron en el campo y en la ribera, en las verbenas y en los movimientos cotidianos de todas las mujeres de caderas anchas, cuerpos fuera de género, pero cuerpos de mujer, a lo que Mercedes llama “cuerpos del no mundo”. Aquellas mujeres gallegas de antaño, trabajadoras, que no estaban moldeadas por las modas de la alta costura ni del “prêt-à-porter”. Caderas ancladas al suelo. Hay un ejercicio mágico de baile y celebración, a través del cual, en el cuerpo de Janet Novás, danzan muchas otras mujeres, mujeres de tierra, mujeres de fuego.

Janet arrastra dos sacos blancos y los vacía sobre el escenario. Un montón de tierra fresca sobre la que sigue esa danza invocadora y celebrativa a todas las mujeres que le precedieron. Su movimiento es como el de una hoguera sobre la tierra. Una deflagración energética que esparce la tierra, una fuerza que parece salir de esa misma tierra fresca. Una verticalidad ascensional flamígera, que se enraíza en la tierra.

Mercedes e máis eu también tiene breves momentos en los que ambas creadoras nos cuentan su relación artística y reflexionan sobre la génesis de la pieza. Aspectos que, igual que la música, el canto y la danza, se confabulan en esta suma.

Mercedes e máis eu es una pieza de danza, música y canto contemporáneos, que juega con una energía que se vuelve hermosísima en las decantaciones coreográficas, melódicas y rítmicas. Una pieza de dos mujeres que se multiplican y desbordan, desde una fuerte conexión con las raíces y con ese lado menos heteropatriarcal de la tradición, una pieza feminista. Una demostración de que lo femenino no admite corsés ni clichés. Una liberación que yo mismo he experimentado con ellas y a través de ellas.

¡Alcance cósmico y fuerza sideral!