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Vie, Mar

Y no es coña | Carlos Gil

Esta semana pasada nos han sacudido dos muertes, la de Franca Rame, una fantástica octogenaria que tanto nos ha dejado para leer y disfrutar sobre los escenarios gracias a su vida personal y creativa unida a Dario Fo y la de Augusto Omolú, un bailarín, corógrafo y docente brasileño, que estuvo vinculado los últimos años al Odin Teatret. Esta última muerte, todavía sin esclarecer, se presenta en un escenario de violencia.

Valga este recordatorio para catapultarnos hacia la realidad, con la realización estos días de una Feria del Libro en Madrid que se convierte año tras año en una atracción cultural con mensajes comerciales por encima de todo y que de paso nos ayuda a meditar sobre la edición de libros dedicados a la literatura dramática, la teoría o la práctica. Lo que podemos decir es que en los últimos años se han incorporado nuevas editoriales con vocación casi exclusiva de dedicación a las artes escénicas. Llegan algunas con un buen impulso, con ganas. Los que llevamos algunos años en ello y además tenemos el otro barómetro de la ventas a través de una librería especializada aplaudimos estas llegadas desde la iniciativa privada. Y esperamos acontecimientos.

Alrededor de la Feria del Libro se producen muchas declaraciones, estadísticas, anuncios y renuncias. Se sigue manteniendo esa solapada guerra entre el papel y lo digital. Todavía no ha llegado al libro teatral la digitalización comercializada. Sí a las revistas especializadas. Hay que mantenerse alerta, pero la edición, en la práctica, parece que seguirá en la era Gutenberg. Y poco a poco irá conviviendo con lo digital que es, según nos cuentan, el nuevo campo para la piratería. La fotocopia ha quedado obsoleta.

No obstante se leen buenos conceptos aplicables a nuestro ámbito. Alguien dice solemnemente que "no es lo mismo vender libros, que hacer lectores". Está claro. Se fomenta la venta o la compra. Pero de libros de mercado, de consumo, de moda. Y el que lee, es un lector, obviamente, pero lo que se necesitan son aficionados a la lectura. Con inquietudes, con ganas de descubrir. No masas que vuelan con las alas más triste o por las sombras más húmedas. Si aplicamos este concepto a la edición de literatura dramática, entonces abriríamos un muro de las lamentaciones. O de las imprecaciones.

Pero como buen oportunista, me reafirma en una de mis ideas más reiteradas: no es lo mismo llenar teatros, que hacer público. Esta claro que se ha buscado ocupar butacas y para ello se ha programado lo más atractivo para unos públicos de aluvión, pero los aficionados se crean con programas de acercamiento, con paciencia, con acciones de difusión y no con campañas de venta. Cada día crecen los intermediarios para vender entradas. Más comisionistas a vivir del tráfico. Pocos de ocupan de crean aficionados, de abonar entre la ciudadanía idas, maneras, fórmulas de conocimiento para que sepa disfrutar del buen teatro, discernir entre lo que se ofrece en la cartelera. Claro, esto sucede donde hay cartelera, porque donde hay una única oferta, se convierte en algo cerrado, sin posibilidades de elección.

Entre las brumas de una primavera invernal, sigue pareciendo un milagro la existencia de producción editorial en el ámbito de las artes escénicas. Pensamiento líquido.

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