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Dom, Oct

Y no es coña | Carlos Gil

La ciudadanía en Madrid está sufriendo la presión atmosférica como si estuviera escalando un ocho mil y de repente bajar a una sima oceánica de similar distancia con el nivel del mar. Es un desastre convivir con unos tercos políticos y su pléyade de asesores que están dedicados a todo menos a velar por el bien común. Y estamos en una pandemia con unas estadísticas escalofriantes, pero lo que importa, al parecer, es hacer confrontación, despistar, ocultar, engañar, por lo que es bastante irrespirable y persiste una imposibilidad de tomar decisiones para dos o tres días por delante.

 

En medio de la confusión, los teatros y las salas van tomando su posición. El Rey León ha cancelado actuaciones hasta marzo de 2021; Anastasia, de la misma productora, ha suspendido definitivamente todas sus actuaciones programadas. Las salas y teatros abiertos, lo hacen con el 75% de su aforo. Pese a que los decretos dicen que se reducen al cincuenta por ciento los aforos, en los lugares de culto, hasta el treinta, en teatros y cines, de momento, al setenta y cinco por ciento, que si se llenaran podrían ser suficiente para no arruinarse y mantener la actividad. Escribo estas cifras porque en estas semanas atrás hemos visto cómo en ciudades con mucha menor influencia de la pandemia, los teatros han sido reducidos de una manera mucho más drástica. Y es un goteo constante de funciones contratadas, anuladas, suspendidas, retomadas y vuelta a retrasarse o suspenderse. Por toda la geografía del reino de España.

Voy cada día al teatro, a los institucionales, a las salas independientes y hasta a una sala Premio Nacional, que por cierto y por voluntad propia no vende el 75 sino el 50% de su aforo, y en todos los casos hay medidas estrictas de seguridad, a mi entender muy primarias, más con la idea de crear un estado placebo en los públicos, que para resguardarse de verdad de las posibilidades remotas de que alguien concurrente sea un asintomático. Ya en los últimos días me piden los datos míos y de mi acompañante si así fuera. Es para posteriores rastreos de existir alguna contingencia pandémica. Me estoy acostumbrando a que no den programas de mano, cosa que siempre he reivindicado porque son una manera de identificar a los artistas, entre otras muchas funciones, pero en su sustitución ponen un QR para que te lo bajes en el teléfono. Me sigue pareciendo un acto curioso el desalojo ordenado de las salas. Después vas al lavabo y hay aglomeraciones.

En las emisoras de radio de Madrid hay campañas institucionales que animan a ir al teatro y a consumir cultura con una idea funciona que puede entenderse como perversa. Se dice que la Cultura es Segura, un pareado dócil, que incita a refugiarse en un museo o una platea para no contaminarse. No es un mensaje positivo. No es un mensaje cultural, es entre sanitario y mercachifle. Como estamos en tiempos de conformismo de manada, a algunos les parece estupendo, que por fin desde el insufrible Ministerio se haga algo, y lo haga en este sentido. Debería dedicar su esfuerzo a intentar analizar el desquiciante sistema global del que el propio ministerio es parasitario para ver cómo salir de esta crisis crónica, de esta nulidad absoluta, de este deterioro que esta pandemia simplemente ha venido a ponerlo en claro.

Pero como voy al teatro cada día, cada día me cruzo con públicos diferentes, asisto a representaciones de toda categoría, formato e intención, y sin intentar pontificar, ni ponerme estupendo, ni amargo, ni acrítico, diré que están los escenarios como siempre. Cada cual hace lo que puede, como puede, cuando puede y se comprueba que existen unos públicos que por una razón u otra salen de sus casas, con sus mascarillas y ven las obras, aplauden mucho, poco o nada y mantienen la esperanza colectiva de que en esta anormalidad se busca mantenerse en un equilibrio razonable.

Pues hoy no voy a adentrarme en mayores asuntos sobre las obras vistas y mi opinión sobre ellas, no me mojo más, me parece que estoy bajo los efectos de un ataque de prudencia.

Y, antes que nada, me alegra mucho que Guillermo Heras, que por cierto tiene el carnet número 1, sea el nuevo presidente de la ADE Asociación de Directores de Escena de España, con un equipo renovado. Será el momento de empezar a ver a esta imprescindible asociación como un lugar seguro para reivindicar la figura de la dirección escénica más allá de los personalismos.