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Vie, Nov

Bayamesa @Asela Torres

Abel González Melo: “Ser cubano es una bendición que intento honrar cada día”

 

Con motivo del estreno de “Bayamesa” en el 34 Festival Internacional de Teatro de Miami, a cargo de Teatro Avante y con dirección de Mario Ernesto Sánchez, Max Barbosa entrevista a su autor, Abel González Melo (La Habana, 1980). 

 

España es tu morada. Estás inmerso en el mundo teatral como dramaturgo, director y profesor. Sin embargo, Cuba permanece en tu ideario estético. ¿No es un impedimento para penetrar, aún más, la cultura del país que ya es tuyo?

Cuba no será jamás un impedimento para mí. ¿Cómo vas a renunciar a algo que está en tus venas? La experiencia, la particularidad, la esencia… siempre enriquecen. No son cosas excluyentes: la mezcla es lo más disfrutable y las fronteras de la creación suelen ser movedizas. Tengo estrenadas por lo menos tres obras de ámbito hispano: “Cádiz en mi corazón” (Albanta, 2014), “Protocolo” (Argos, 2016) y “Ataraxia” (La Belloch, 2018). A la par no he dejado de dirigir repertorio español e internacional, clásico y contemporáneo, verso y prosa, con el Aula de las Artes de la Universidad Carlos III de Madrid: García Lorca, Lope de Vega, Valle Inclán… Todo lo que me atrapa resuena en mí, sea de aquí o de allá, de antes o de ahora. Me nutro de todo. Y por fortuna mi repertorio de textos “cubanos” ha seguido produciéndose en la isla, en España y en otros países. Ser cubano es una bendición que intento honrar cada día.

 

María Luisa Milanés escribió: “Para mí el lápiz y el papel han llegado a ser un santuario, bosque virgen. Lecho, salterio, nave, alas; porque con ello me unifico con lo que haya, con lo que sea, y me abstraigo y doy gracias, imparto favores, himno, agradecimientos, confieso dolores, pido consejos, me resigno; porque con ellos me retiro a las lejanías esquivas de mi yo”. ¿Cómo llegas a la Milanés?

A través, como siempre, de mi madre, Mercedes Melo Pereira, que no para de iluminarme. Hace algunos años, con motivo de un aniversario de la Milanés, ella publicó una semblanza en una revista. Para mí era una total desconocida, su nombre no me sonaba de nada. Me sedujo la historia tan dramática de la poeta. En febrero pasado volvimos mi madre y yo a hablar de María Luisa y supe que ahí habitaba el germen de un buen proyecto. Un proyecto en el que resonaban claves que desde Avante, con Mario Ernesto Sánchez y el equipo artístico, luego de “En ningún lugar del mundo”, queríamos potenciar. A Mario le encantó la idea y me di a la tarea entonces de investigar en profundidad. Agradezco mucho a la narradora e investigadora cubana María del Carmen Muzio, una de las mayores especialistas en la Milanés, que puso a mi disposición su amplio archivo. También a la editora Josefa Quintana, quien me regaló un ejemplar de la compilación de Alberto Rocasolano “Cuando la muerte deja de ser silencio”, que recoge y sistematiza prácticamente toda la obra de la poeta. Con este material, y con lo que él fue despertando en mí, he trabajado.

 

Dramatúrgicamente, ¿el comportamiento trágico de la Milanés supera su quehacer poético?

Su vida y su obra están ahí, irremediablemente ensambladas. Intento no juzgar ni la una ni la otra. Los juicios suelen ser peligrosos por reductores: eliminan el claroscuro que es la esencia de la belleza. Yo solo muevo las fichas desde las claves que el teatro me brinda y específicamente en esta obra desnudo bastante la convención, de manera que el espectador tenga simultáneas capas de lectura, a menudo contradictorias entre sí. He querido, como siempre, difuminar los contornos de los personajes, huir de la obviedad y del subrayado, del dibujo uniforme de un contexto que condicione el comportamiento humano: la experiencia vital es mucho más inabarcable y compleja, no se puede limitar a un trazo. Y la suerte, la inmensa suerte, es que sobre el escenario están Yani Martín, Marilyn Romero, Alina Interián, Julio Rodríguez y Pedro Loforte para demostrarlo.

 

¿Evitaste ser víctima de lo “políticamente correcto” por eso del feminismo al uso?

María Luisa fue, según fui sintiendo mientras la leía, un alma tocada por la divinidad. Ese don superior ella lo desarrolló con empeño, dedicación, estudio. Llegó a conocer varias lenguas, dominó el latín, el francés y el inglés a la perfección, leyó muchísimo. Es algo indiscutible en su obra, todo ese acervo. Conocemos, de lo que escribió, solo lo que no fue destruido por ella misma o su padre o su marido, y es una obra impresionante, en volumen y en calidad. Que fue víctima de la violencia machista y que ello moldeó su existencia, su carácter y sus decisiones vitales, que el entorno patriarcal la asfixió y la enfermó, que tenía que esconderse de todos en su casa para escribir, que intentó volar y escapar del encierro, que sus versos y sus prosas dejan entrever a una filósofa preclara y visionaria, no son cuestiones subjetivas ni secundarias al acercarse a su figura: son el centro mismo de la cuestión. La actualidad de ese cuadro es evidente en el mundo contemporáneo, basta con repasar las alarmantes cifras de feminicidios. Si puedo contribuir a visibilizarlo, lo hago convencido, sin pensar que me adscribo a esta o aquella corriente. Lo hago por dignidad, por humanidad: el teatro solo me interesa si desentierra lo podrido.

 

¿Pretendes reflejar la época como tal?

Lo más importante para mí es hablar del presente, no de la época en que sucedieron los sucesos en que la ficción se basa. De ahí la estructura de planos paralelos, entrelazados, que he escogido para escribir y que el espectador descubrirá en la función. Es todo un reto para el montaje pero decidimos arriesgarnos pues, además de conmemorar el centenario de la muerte de María Luisa Milanés en este 2019, estamos celebrando los cuarenta años de Avante, una compañía esencial de la tradición hispana en Estados Unidos. El reto es parte del teatro que avanza siempre sobre una cuerda floja. Arrojar luz sobre el pasado me resulta útil y atractivo si genera una perturbación presente, si paisajes de antaño resuenan hoy en nuestros miedos, nuestras costumbres, nuestra sociedad.

 

Si Mario Ernesto Sánchez como director considera variar algunos diálogos o los actores el concepto de los personajes que son tus criaturas, ¿lo admites?

Con Mario he tenido, desde nuestra primera colaboración, muy buena química. Trabajamos a partir del entusiasmo compartido por una historia y con el máximo respeto mutuo. El teatro lo hacemos entre todos y eso implica tanto tener confianza en los demás como ser responsables y serios con cada propuesta de ajuste o variación. Me encanta que el material escrito llegue al elenco y se discuta y transforme durante el proceso, siempre con una supervisión, con una guía, que en este caso es la mía porque soy el responsable de la palabra que se enuncia, como mismo los diseñadores lo son de la visualidad (Pedro Balmaseda y Jorge Noa en la escenografía y el vestuario, Ernesto Padilla en las luces) y de la música (Mike Porcel), o los actores de la interpretación. En Teatro Avante eso está muy claro y gracias al minucioso trabajo que vamos haciendo sobre el libreto, la obra se pule y crece. De ahí que siempre prefiero publicar luego de los estrenos, porque el matiz definitivo de la letra lo ha fijado la experiencia escénica.

 

¿Qué pretendes con “Bayamesa”?

A diferencia de una etapa en la que trabajé mucho con el presente de Cuba, en los últimos años me he ido volcando en la focalización de nuestra historia. La actualidad cubana, tan polémica y compleja, me parece inexplicable si no hago el viaje retrospectivo. A veces siento que todo es tan confuso en la isla porque el pasado se ha ido estereotipando, convirtiendo en cliché, desalmando. No analizamos sino que concluimos. Los héroes los convertimos en epítetos y las ideas en consignas: el acabose. Hemos ido perdiendo el deseo de penetrar en ese río sumergido de ímpetus latentes que ha sido la epopeya nacional. Toda la historia está ahí, por exhumarse, ¡y tiene tanto que decirnos! El año pasado estrenamos con Avante, en el marco de este festival, “En ningún lugar del mundo”, que toca dos heridas abiertas: la guerra de Angola y el éxodo del Mariel. A inicios de 2019 presentamos en Madrid, junto a Dagoberto Rodríguez, “Fuera del juego”, una ficción documental inspirada en el caso Padilla: la relación artista-poder, ubicada en los años sesenta y setenta, parece estar hablando de ahora mismo. Con “Bayamesa” recupero la figura de María Luisa Milanés y el viaje a un siglo atrás pone sobre el tapete, según te comentaba antes, temas tan vigentes como el machismo, la censura, el valor de la fe o la capacidad redentora de la poesía. Me interesa mucho la revisión histórica, siempre que tenga un matiz particular que incida en una tensión, en un temblor global.