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Lun, Dic

La voz antigua | Maite Tarazona

Ayer hicimos la revolución.

Ayer el teatro se hizo carne, de noche nosotros nos hicimos teatro e hicimos la revolución, una otra revolución pero que ayer durante unas horas también fue la nuestra.

En una antigua iglesia renovada, en el casi centro de Edimburgo, participamos de un encuentro festivo, en el que cenamos, cantamos, brindamos y también lloramos, en el que hicimos y deshicimos barricadas, asistimos a una boda, y nos enfrentamos al ejército.

No era un psicodrama, tampoco se trataba de dejar correr la adrenalina por nuestras venas para así poder vivir una experiencia (en un entorno lo suficientemente seguro) que de otra manera no hubiéramos podido vivir, no era eso, era otra cosa, era otro nivel de experiencia.

Conscientes de estar experimentando de forma festiva y con distancia algo que en su realidad más cercana tuvo otra dimensión; como ocurre en la vida y en las revoluciones, la participación (de los espectadores) tuvo diferentes niveles de compromiso, los hubo que se sentaron en la mesa para compartir, festejar y posteriormente participar en la acción revolucionaria, los hubo también que se sentaron, (más cerca o más lejos) para disfrutar, desde las gradas y los palcos, de una posición más elevada (o más segura) para ver lo que estaba pasando, espectadores de los propios espectadores.

"Guerrilla folk opera" es la auto denominación de este espectáculo "Counting Sheep" (contando ovejas) realizado por "the Lemon Bucket Orchestra" en colaboración con Aurora Nova que se puede ver en el Fringe en Edimburgo en el espacio del King's hall (asociado a Summerhall), "Counting sheep" es en realidad (haciendo honor a su autodenominada descripción) una ópera folk guerrillera en la que las canciones tradicionales mueven la acción, en el que los músicos-actores-guerrilleros construyen y de construyen espacios al ritmo de la música, cantos polifónicos, trompetas, bombos y violines, entre nosotros y con nosotros, los espacios se abren y las imágenes se suceden, fuera y dentro del escenario, las vivas creadas por nosotros, y las grabadas y proyectadas sobre pantallas de aquella revolución original de la que nosotros somos un eco; un escalofrío nos recorre a veces la espalda al reconocer su multidimensionalidad.

Al final, todos: actores y espectadores conducidos como ovejas, todos juntos, tras el escenario-barricada a otra sala, esperando a que todos lleguen, ¿estamos todos?, ¿los de los palcos, los de las gradas?, sí, se hace oscuro, el sonido de unas balas invisibles atraviesa nuestros cuerpos; hoy nosotros no caímos, hoy nosotros no moriremos en esta noche con luna.

Tras las balas una frase en blanco sobre la pantalla en negro. "La guerra todavía no ha terminado".

Anoche durante unas horas recuperé la fe en el teatro, en por qué hacemos teatro, por qué es necesario que no tiremos la toalla, por qué es necesario que sigamos adelante, pase lo que pase, a pesar de los egos, a pesar de las dificultades económicas, a pesar de todo, ayer recordé o volví a comprender de nuevo que siempre, de alguna manera, en algún lugar, habrá alguien que estará haciendo algo que merezca la pena, no por ellos, no por el reconocimiento de lo que hacen, sino porque simplemente es necesario hacerlo, porque alguien tiene que hacerlo, hablar, no olvidar, construir nuevas realidades, con sus cuerpos, con sus voces, con sus palabras, con sus cantos y que mejor lugar que el teatro para intentar cambiar el mundo o por lo menos no olvidar a aquellos que algún día intentaron cambiarlo.

"La guerra todavía no se ha acabado"..., tras abandonar la sala-iglesia plaza-revolución esa frase permanecía en mi memoria, susurrante desde la sala... no os olvidamos, no nos olvidéis... Ayer los nosotros-no muertos, invisiblemente ametrallados, renacimos a la vida una vez finalizado el espectáculo, hubo/hay otros muertos que no despertarán, que no despertaron, de otras noches, de otras revoluciones, de otras balas no invisibles, con o sin luna.

Lorca también murió anoche, asesinado, hace 80 años; otra noche, otra plaza, otra cuneta, otro lugar, otros muertos, otra revolución.

Ayer también de noche llovió bajo tejado en Bilbao.