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Vie, Nov

Y no es coña | Carlos Gil
Andamos por San Petersburgo donde se celebra la ceremonia del décimo cuarto Premio Europa para el Teatro. Este año es Peter Stein el galardonado con el premio mayor. Anda cabreado el señor Stein. Debe ser cuestión de carácter. Otros muchos andan cabreados. Cuando se juntan tantos quinquenios, tantos cerebros, tantos secretarios generales de organizaciones diversas, acostumbra a crearse un micro ambiente que cuesta asimilar para las almas en pena que solamente buscan en estos encuentros nuevas ideas, frases, nociones para afrontar el futuro inmediato. Y hay días que cuesta encontrar una buena orientación. Ni en la teórica, ni en la práctica. Cosas de esta latitud, de estos tiempos.

En esta ciudad, donde está Nacho Duato iniciando una magnífica aventura, existen más de cien teatros. Edificios de todas las categoría, pero todos ellos, teatros, en el sentido más amplio y contundente del término. Casi todos edificios a cuatro aguas, con terrenos por delante y en los lados, con dependencias, varias salas. Impresionantes en su majestuosidad algunos, más modernos otros, todos dotados técnica y humanamente, de tal manera que hemos visto montajes increíbles por sus dificultades técnicas, realizados en apenas veinticuatro horas.

 

De titularidad pública, semi, particular, los menos. Pero con programaciones constantes, con compañías propias la mayoría de ellos. Otra concepción, otra manera de entender el valor que tiene el teatro para la propia sociedad. En este sentido no se puede ser ambiguo, este modelo, el ruso, pero que es el que se utiliza en toda centroeuropa, con todos los problemas que pueda generar, es bastante mejor que el de libre mercado, de gestión desmembrada, de titularidad pública los continentes y contenidos privados que es en el que nos movemos y a veces me parece que ni nos damos cuenta del monstruo que hemos creado sin apenas ser conscientes de este ingobernable sistema que ahora nos oprime.

 

Teatros para el drama, la comedia, el ballet y la danza en todas sus posibilidades, para la música, la ópera o los musicales; para la pantomima, la experimentación. Teatros, muchos teatros. Y públicos, muchos públicos que disfrutan de espectáculos de tres y cuatro horas con veneración, entregados, acostumbrados a estas propuestas tan espectaculares. Teatros con unas programaciones constantes, con sus propias compañías o compañías invitados. Es decir existe estabilidad, pero también se hacen giras. Sale una compañía invitada a un teatro y lo ocupa otra compañía que también reside en un teatro que a su vez... Y hay escuelas, magníficas escuelas de teatro, de danza, conservatorios musicales, para todas las disciplinas. Y existe un amor al teatro porque el ser ruso, el ideario ruso se fundamenta en su literatura y sus autores teatrales.

 

Como muestra más relevante, señalar que las sesiones de encuentros, los simposios, comunicaciones, sala de prensa y lugar de comidas se hace en un edifico magnífico en una gran avenida céntrica, que es nada más ni nada menos que la Casa del Actor. Es decir, no estamos hablando de algo de beneficencia, de caridad para los actores mayores sin posibles como se plantea en Madrid, sino que se trata de un lugar donde conviven los actores, donde se forman los nuevos actores y se reciclan los veteranos, con una escuela, con una sala, donde se organizan actuaciones, actos diversos y se sienten entre los suyos. Todo es concomitante, se interrelaciona. Ya no es un estado socialista, pero existen estas organizaciones culturales como algo logrado por el pueblo ruso con el apoyo, inmemorial de las burguesías existentes o de nuevo cuño.

 

Esto hemos aprendido en estos días, al igual que nos reafirmamos en la existencia de un magnífico teatro ruso, de donde aprender tanto que decirlo sonroja. Lo mismo que hay buen teatro islandés, checo, alemán, que hemos visto, que nos han satisfecho, especialmente una inolvidable versión clásica de Tres Hermanas de Chéjov que nos ha dejado prendados de la actuación del conjunto de los actores pero con tres actrices que nos dan una lección de interpretación naturalista, de verdad, de la buena, sin sucedáneos, sin mixtificaciones. Buen teatro, del mejor. Teatro naturalista pata negra.

 

Europa en sus premios de teatro se reconoce, aunque soplen vientos neoliberales que pueden resquebrajar ese sólido conglomerado de instituciones y artistas que actualmente existen.