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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

¡Vete de aquí! Vete a Alemania. Aprovecha y date una vuelta por ese país. Aprende, respira, mira. ¿Qué vas a hacer aquí? ¿No ves que esto está muerto? Hasta dentro de unos años no va a levantar la situación. Y, mientras, ¿qué? ¿Te vas a quedar aquí, viendo cómo todo se desmorona y se desmantela, atrapada en un limbo donde todo son forcejeos y la cosa no avanza ni hacia delante ni hacia tras?

Esto le decían a una mujer joven hace unas semanas a propósito de su futuro inmediato.

Hace poco, un gran director de teatro de este país decía que ahora no puede permitirse abandonar el barco, su barco, es decir, la compañía, para irse, por ejemplo, a dirigir a tierras extranjeras durante 3 meses, con un texto más que apetecible, unos actores potentes, un bello cambio de aires y, supongo yo, dinero de por medio. Pues bien. Este director no se va y no acepta la oferta, porque tal y como están las cosas no puede permitirse dejar su casa descuidada que necesita, ahora más que nunca, de toda su atención.

Otros, en cambio, optan por dejar la casa sin barrer, porque cada vez es más difícil limpiarla con la que está cayendo y se vive mucho mejor invirtiendo tiempo y esfuerzo en agencias u organismos oficiales que aseguran un cobro fijo al mes, que bregando por sacar adelante una quimera que no da más que disgustos en estos nuevos tiempos que corren agotados y con la lengua fuera.

Y luego están el expedicionario que es raza aparte, un tipo de artista muy especial, que ha decidido hacer el petate y está a puntito de marchar a explorar lejanas tierras, no porque la situación coyuntural no favorezca el quedarse en casa ni porque el cielo esté emborronado de gris oscuro, sino porque siente una llamada que va más allá de recortes o brotes verdes. A estos les da igual que la economía esté arriba o abajo. Estos se van y hacen su propia búsqueda, independientemente de que llueva, truene o luzca un sol del carajo.

Los que nos quedamos anclados en nuestro barco de tierra les miramos entre asombrados y admirados cuando nos cuentan: "Me voy a Colombia, tengo la intención de aprender a construir un instrumento característico que sólo se hace a orillas del río Magdalena, no tengo beca, no tengo ayuda, allí se verá, haremos camino al andar. De momento, tengo el billete de ida, algunos contactos y una pasión fuerte por cierta música concreta..." La gente se les suele quedar mirando y piensa en bajo o espeta, a lo sumo, con voz presente: ¡Que suerte! o ¡Qué envidia!

"¿Envidia?" Piensa en voz alta o dice en voz baja el expedicionario. "¿Envidia? ¿Por qué? Hazlo tú también, vamos. ¿Qué te lo impide? ¿Quién te lo impide? ¿Crees que es fácil para mí? Yo también tengo miedo. Yo también dejo aquí gente, techo, lugares, grupos, proyectos, relaciones. En ocasiones, pienso que esto que voy a hacer es una auténtica locura sin sentido alguno y en otras, sin embargo, me digo: ¡Qué cojones! ¿No es, acaso, vivir precisamente esto?"