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Vie, Oct

Y no es coña | Carlos Gil

Como muchos de ustedes, yo también estoy hasta las cervicales del estribillo exculpatorio de la herencia recibida. Pero hay que señalar que al menos en los asuntos culturales, la herencia tiene bastante importancia. En dos sentidos. Por un lado hay una colección de viudas, viudos, hijos, hermanas, herederos diversos de grandes autores que han hecho con su memoria un sayo mercantil que ha propiciado la desaparición de algunos de los fallecidos doblemente enterrados, por el acto de su defunción y por el secuestro de su obra, llámese herencia, llámese intereses económicos. En todos los ámbitos culturales, pero en las artes escénicas nos afecta más y de forma más directa.

Superados los controles férreos sobre las obras de Bertold Brecht, Valle-Inclán, García Lorca, entre otros, tenemos más reciente la absorción misteriosa de la obra de Rafael Alberti, al que digamos que han secuestrado en aras de un vindicación extraña. Y últimamente sucede con Pepe Rubianes al que ni sus amigos pueden homenajearlo como les da la gana, y como se merece, ni nadie puede hacer que su obra, la escrita, la que se puede editar, pueda ser revisitada en forma de libro.

Hay más casos, pero como duele tanto comprobar esta manera tan absurda de guardar un luto tan interesado, no demos más pábulo a estas actitudes neuróticas y arbitrarias de estos herederos. Querer a alguien es que el mundo entero pueda disfrutar de su obra. Como sucedía, en muchas ocasiones y de manera espléndida, en vida de los que han dejado la herencia cultural, la propiedad intelectual. Los derechos de autor para hablar en plata.

Pero si nos dedicamos a entender algo la estructura institucional en la que se mueven las artes escénicas, sí se puede hablar de herencia recibida. De una buena herencia, dilapidada. Es difícil comprender el entramado de gobierno central, unidades de producción estatales que solamente están en la capital del reino, de las comunidades autónomas y sus competencias que en ocasiones simplemente duplican las estatales o las complementan, en otras las superan (o superaban porque la debacle económica es general) para destacar y procurar una identidad más visible, y llegando al lugar de los hechos, la inmensa mayoría de teatros públicos, que son de titularidad local, pero que no existe nada que obligue a nadie a hacer nada en ellos. Es decir, una nefasta herencia de vacío de reglamentación.

Pero la herencia más penosa, la más difícil de comprender, de asimilar y de solucionar es el convenio firmado por el INAEM, en tiempos de Andrés Amorós, con los sindicatos de técnicos, lo que ha hecho que la eficiencia en las unidades de producción bajara a cuotas imposibles de comprender, y que colapsa cualquier viabilidad lógica, de difusión estatal, y encarece de manera que roza con lo penal cualquier actividad, además de crear unas tensiones a la hora de trabajar digna de épocas totalitarias.

Todo parte de una decisión política de cobardía, tomada en su momento para sacarse un problema de encima los que estaban al frente del propio INAEM y del Ministerio, pero que ahora, con la crisis económica se aparece como paralizante de la propia actividad. Con los recortes que cada semana se van acumulando, apenas el veinte por ciento del presupuesto de las unidades de producción es para el escenario, para la creación, para compartir con los otros gremios de la profesión y con los públicos. El resto es para mantener unas nóminas infladas hasta lo increíble. Esta herencia recibida, no ha querido nadie variarla. La transmite al siguiente sin intentarlo siquiera. Así no tienen conflictos, pero la cuestión es está enquistado de manera ponzoñosa y se espera la llegada de alguien con dos dedos de frente y entidad moral, política y teatral que lo solucione para que no sea, un escándalo perpetuo. Mientras esperamos vamos a protestar seriamente por si acaso ayudamos a la solución, ya que se trata de un dinero público muy mal empleado.