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Mié, Oct

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

A diferencia de otros países sudamericanos, Chile no tiene un carnaval, una fiesta a escala nacional donde se desborde la alegría. No tenemos un rey Momo que le entregue al responsable, o irresponsable de la fiesta, las llaves de la ciudad para que el desorden absoluto se apodere de cada rincón posible.

 

Carnaval no tenemos, pero conmemoramos nuestra independencia cada 18 de septiembre.

Literalmente tiramos la casa por la ventana. Cada centímetro cuadrado de mi país, huele a cebollas de las empanadas, a carne asada, y por supuesto a vino, mucho vino, sin importar la calidad, mientras más vino, mejor.

Hasta los abstemios se convierten en bebedores pasivos por el solo hecho de compartir la atmósfera dieciochera con quienes beben ya sea para celebrar, ya sea para olvidar el motivo por el cual beben.

Este año en especial, la fiesta duró 5 días sin pausa, por lo que, al lunes siguiente, las caras demacradas y los hígados resentidos fueron mudos testigos de los acontecimientos.

Como nunca, la gente se saluda, se invita, se comparte, se disfruta. Son unos pocos momentos de paréntesis ante la agitación del día a día.

Este año en especial, se nos ocurrió ir en familia al campo. Si en la ciudad la fiesta es extrema, fuera de ella se sobrepasan todos los limites.

Fuimos donde un conocido que tiene una familia de campo, enorme, por lo que tuvimos que saludar muchas veces en casas distintas, y en cada parada, salud por las visitas y por supuesto, un pedazo de carne, y otro, y otro más, y un salud antes de irse.

Me confieso un bebedor moderado de fin de semana, por lo que en más de una ocasión tuve que apartarme del grupo para regar con vino algún árbol en plena producción. Después de vuelta a compartir y antes de decir ni una palabra, ya me estaban llenando el vaso con más vino.

Se dice que ni los niños ni los borrachos mienten y en ese ambiente desinfectado de toda hipocresía por el alcohol en abundancia, se dicen las verdades guardadas durante todo un año, tanto las verdades del tipo amoroso como las de novios confesándose su pasión a una muchacha, como esos odios nutridos por el hecho de callarlos durante todo un año de guardárselos.

Nos hemos acostumbrado a callar esas verdades que pueden ser incomodas, pero absolutamente necesarias para una buena convivencia.

¿Qué pasaría si una de esas verdades no llegase a ser dicha en la próxima fiesta de la independencia?

¿Se acumularía el rencor?

¿Se perdería la oportunidad de formar familia?

Sea cual sea el resultado, me parece evidente que no se debe esperar a estar ebrio para expresar sentimientos.

Lo peor que podría pasar es no recibir la respuesta esperada. Al menos tendremos la seguridad de una respuesta. En cambio, si nos guardamos para nosotros mismos nuestros sentimientos, ya sean positivos o negativos, viviremos el resto de nuestras vidas en la eterna duda de ¿y si se lo hubiese dicho?

Salud por eso y llego hasta aquí porque, aunque tenga el hígado resentido, en este fin de semana compartiendo con amigos, todavía quedan 3 botellas por vaciar, algo de carne sobre la parrilla y muchas de mis verdades que decirle a otros.