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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

Encontrarte con alguien sensible en el mundo del arte es pan de cada día. La excepción aquí suele ser otra: personas con una capa de piel tan gruesa y yerma que no dejan trasvasar los ruidos de dentro afuera y viceversa. Para ellos, sobrevivir en este mundo de delicado cristal es algo parecido a un milagro, ya que nuestros paisajes abundan en hiperpoblación de hipersensibles: Muchos vienen con la hiper-emotividad de nacimiento y encuentran, por fin, en este mundo un hábitat en el que ser ellos mismos. Después están los que se han labrado dicha hipersensibilidad a base de entrenamiento, aprendizaje y cabezonería.

¡Quiero actores y actrices hipersensibles!, decía hace poco uno de los gurús del asunto, quien también desvelaba el secreto de un buen "ensemble" (elenco estable para los cristianos): un grupo de individuos igualmente fuertes e independientes. Desde la perspectiva de la dirección, entiendo muy bien eso de la hipersensibilidad en el actor, desde la perspectiva de la actriz, me pregunto cómo ha de convivir con su hipersensibilidad recién afinada una artista que abandona la sala de ensayo para encarar la vida a pie de acera.

Porque eso de abrirse en canal está muy bien, pero... ¿quién te enseña después a subir la cremallera antes de salir a la calle? ¿Qué hacer con una sensibilidad excesiva y dolorosa recién despierta? Lo mismo que aprendes a entrar, debes aprender a salir. Como en el buceo. Tan importante es que te enseñen a sumergirte como conocer los pasos que te llevarán de nuevo a la superficie. Quizás sea esta la razón por la que alguien que me quiere bien, al advertir que mi entusiasmo por el oficio teatral no disminuía me advertía diciendo: ¡Ten "cuidao", que te vas a zumbar!

Miles son las historias que pueblan nuestro imaginario sobre actrices que se volvieron locas representando tal o cual obra u otras que tuvieron incluso que dejarlo porque la realidad y la ficción empezaron a mezclarse sospechosamente en sus quehaceres. Siempre hemos tenido fama de locos emocionales quienes nos dedicamos a la actuación. A menudo, nos acusan de exagerados cuando manifestamos nuestros sentires en la vida cotidiana y quitan valía a nuestras reacciones por ser, de hecho, actores.

Creo que no se dan cuenta de que precisamente somos máquinas de reacción sensible. Tenemos el instrumento del alma afinado para ello. Ignoran que lo que tildan de desventaja es, en realidad, virtud. Y en muchos casos, fruto del trabajo de años. Porque muy al contrario de la creencia extendida, el trabajo de una actriz o de un actor en escena no consiste en falsear emociones o realidades, sino en ser verdaderos en la ficción. Y para ser verdaderos en la ficción hay que tener la sensibilidad a flor de piel. Con eso jugamos. En ocasiones nos perdemos en las profundidades pero otras muchas, ganamos. Aunque a veces olvidemos subirnos la cremallera y ponernos la máscara comúnmente aceptada antes de dar aletas y emerger al gran teatro del mundo. Dicen los especialistas en buceo que lo más importante a la hora de salir a la superficie es hacerlo cuando lo tenías programado. Quizás ahí resida el secreto. En no quedarnos colgados buceando en nuestras inmensidades por demasiado tiempo.