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Vie, Mar

Y no es coña | Carlos Gil

Esa maquinaria de escondernos y revelarnos la realidad y los archivos de la memoria instrumental que es Facebook me despierta con un recuerdo amargo, la muerte hace un año de Pepe Henríquez. Parece que hace un siglo. Parece que fue ayer cuando nos encontrábamos en los teatros recomendándonos obras y libros o en el súper recomendándonos ofertas. En un año nos hemos cansado de hacer obituarios, de darnos cuenta de que somos seres vivos que acabamos un día convertidos en recuerdo, emoción o nostalgia. Releo lo que escribí de Pepe Henríquez y siento un acuerdo tácito entre mi vivencia y mi recuerdo, entre una relación alargada en el tiempo, controvertida en ocasiones por diferencia de criterios y de caracteres que se me quedado grabada en mi biografía emocional como algo fundamental, como una de esas personas de las que ha merecido la pena conocer porque me ha ayudado a ser más consciente de mi compromiso con el teatro y sus hacedores.

En mis viajes iberoamericanos, en mis citas peninsulares, en las inquietudes de varios de los colaboradores de este periódico digital detecto una necesidad de hablar de la crítica, de sus funciones, de sus repercusiones. Está bien que así sea. La crítica sobre artes escénicas se está poblando de muchos oportunistas, se está colonizando el desierto creado por los medios de comunicación clásicos en recesión económica, con demasiados opinadores banales, sin contextualización ni argumentario técnico o filosófico. Son los tiempos, se nos dice que esta espontaneidad es buena, que cualquiera puede opinar sobre un espectáculo, y estoy de acuerdo, lo que hay es que ponderar esas opiniones, darle la relevancia equilibrada, no poner en el mismo plano una ligera opinión anónima e inmediata que una crítica estructurada debidamente, con el aval de un medio que lo soporte y con la firma de alguien de reconocida trayectoria y autoridad adquirida por sus conocimientos y las maneras de expresarlos.

Seguiremos reflexionando sobre el asunto, desde mi actual estatus, de esa contradicción extrema que es mantenerse como crítico en activo, aunque de manera relajada y de una producción baja y a la vez acabar de estrenar una obra escrita y dirigida por mí en Córdoba (Argentina), ponerla en un festival en Rosario, Experimenta 16, para que se desmonte inmediatamente y sea desmenuzada por críticos de larga trayectoria. Quiero decir que esta posibilidad de atravesar ese supuesto espejo y estar a la vez, o simultáneamente, en los dos lados, me coloca en una posición privilegiada. Me ayuda a sentir la responsabilidad globalmente, en una función u otra. Coloco las dos actividades en el mismo valor. Con diferencias obvias, pero afrontando las dos tareas con la misma disposición para explicar a los espectadores que vean mis obras o a los lectores que lean mis críticas los misterios de la vida, en un diálogo entre la escena y los públicos. Para mí es casi lo mismo. Lo más cómodo, por defecto, es la crítica. Lo más excitante, lo que me reconstruye, la creación, la escritura y la dirección. Me falta volver a ese lugar donde se dan todas las epifanías: la actuación. Todo se andará.

Por eso veo en este otoño de mi vida la luz de la voluntad, del deseo, del compromiso de la solidaridad y la complicidad. La necesidad de seguir participando en todo lo que uno pueda, en continuar ganando energías a base de trabajar hoy escribiendo esta homilía, luego completando los trabajos de edición del número 212 correspondiente a setiembre/octubre de la revista ARTEZ, mañana acudiendo a un debate, pasado acabando un texto que me reclaman unos actores y pasado celebrando el estreno de unos amigos. No hay nada más. No hay trucos, ni cartón. Ilusión, convicción, entrega, vocación y la suerte de poder canalizar todo por estos torrentes creativos que regeneran mi compromiso con las artes escénicas, mi sociedad con todas mis fobias y filias bien marcadas, para que nadie se confunda. Huelo a otoño luminoso, perfumado por la experiencia y la ingenuidad. O viceversa.

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