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Mié, Oct

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

La música se siente en el oído. Y en la piel. Y en la lengua. Hay sonidos dulces y amargos. Hay caricias que suenan a violín y otras a timbal desafinado. Podemos escuchar un insulto con los ojos y ver la disculpa en los oídos. Podemos saborear la textura de un pelo ondulado con las yemas de una mano y podemos oler la fragancia de una voz susurrando a nuestra oreja. No es juego poético, es describir la sensibilidad cruzada con la que el cuerpo percibe los estímulos que le rodean.

Dentro de esta contaminación que tienen unos sentidos con otros es conocida la relación entre la música y el vino. Se sabe, según se ha demostrado científicamente, que escuchar a Mozart mientras se bebe vino potencia la sensación de dulzor. De la misma manera, escuchar música techno o heavy metal hace que el paladar perciba la bebida más fuerte, más rica, con mayor cuerpo. Por lo visto –por lo visto por todos los sentidos, queremos decir–, cada melodía produce unas ondas cerebrales particulares, lo cual acaba afectando al gusto, pues es allí, en el cerebro y no en la lengua, donde finalmente se cocina la percepción de los sabores.

La cuestión de la multisensorialidad, el hecho de percibir la realidad con todos los sentidos simultáneamente e influyéndose entre sí, es un ejemplo donde se demuestra que aquello que racionalmente se estudia separado en sus partes, en la vida cotidiana forma un conglomerado de divisiones difusas. Un caso similar lo hallamos en el concepto de inteligencia, donde tradicionalmente se distinguen dos tipos contrapuestos –la inteligencia lingüística (las famosas letras) y la lógico-matemática (las famosas ciencias)–, cuando en cada persona confluyen, retroalimentándose, además de las dos inteligencias mencionadas, otras como la musical, la corporal cinestésica o la emocional.

Entramos entonces en materia. Si la realidad es el resultado del cóctel que el cerebro hace de los estímulos que le llegan, donde los sentidos se mezclan entre sí como si fueran líquido, si el conocimiento profundo viene dado por el cultivo y la integración de múltiples inteligencias, ¿por qué esta tendencia a fragmentar la realidad para entenderla? ¿Por qué insistir en dividir en partes lo que sólo tiene entidad como un todo? Aplicando nuestra lógica aprendida, la respuesta sale sola. La búsqueda de pequeñas parcelas de acción donde volcar todo el conocimiento y esfuerzo, permite la optimización máxima de los procesos. En una sociedad gobernada por el capital, la especialización es pues sinónimo de progreso. Sin embargo, si ese conocimiento tan específico no se nutre de otros provenientes de otros campos, la especialización es sabiduría enrocada, aislamiento que no encuentra sentido.

Quizá la madre de estas segmentaciones que dan lugar a desconexiones impropias, sea la distinción entre humanidades y ciencias. Me vienen sin mucho pensar víctimas comunes de esa fractura. Quien más quien menos, se lo ha encontrado. Médicos de mármol, tan científicos ellos y tan poco humanos. Profesores que saben de todo menos de comunicar. Embaucadores de la palabra que no pisan tierra. O esos artistas para quienes los números son siempre el idioma extranjero.

En las Artes Escénicas también sufrimos las consecuencias de particiones inorgánicas. En la formación del actor encontramos varias. Una oficial: educación textual frente a educación corporal. Una clásica: del exterior al interior frente a la inversa. Ésta tiene su derivación anatómica: separar cuerpo y mente. Al canto parece imposible juntarlo con nada: ni es cuerpo, ni es emoción, y sólo puede ser pensamiento si la canción tiene palabra. Aunque la peor parada siempre es la historia: parece directamente un conocimiento antiescénico.

El lenguaje de la escena evidencia igualmente viejas grietas. La más antigua es quizá la que separa la danza y el teatro. Pero está también la de la música, que sólo puede juntarse al teatro dentro de los cánones del teatro musical. O la del teatro llamado experimental, que nunca puede ser comercial. Son divisiones todas ellas que van en contra de las creaciones emergentes, donde los mejores ejemplos de teatro contemporáneo son aquellos que integran con sensibilidad y talento lenguajes aparentemente alejados.

Comenzaba hablando sobre los sentidos y he acabado con el teatro. No es algo casual. En la SITI Company cuando enseñan los Puntos de Vista Escénicos (una sagaz descomposición de los elementos que conforman la escena) establecían una clara analogía con los cinco sentidos. Aunque podamos concentrarnos y estudiarlos por separado, en acción real todos ellos se funden y se influyen para provocar una experiencia viva. Los sentidos en nuestro cerebro y los elementos escénicos en el escenario. Me parece una metáfora preciosa. Y precisa.