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Vie, Oct

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

La actual situación de crisis, además de una gran incertidumbre y desolación cuyo fin parece indefinidamente prorrogable, nos deja la terrible certeza de que aquellas personas que ostentan el Poder con mayúsculas son capaces de condenar a millones de personas a la pobreza mientras se enriquecen de forma insaciable. Dependemos pues de esas personas anónimas, sin nombre y sin escrúpulos, salidas de alguna universidad de prestigio con un inmaculado currículo, que nadie ha votado para que estén donde están, y que son capaces de manejar los hilos del mundo desde su sillón de cuero gobierne quien gobierne. Sólo después de varios años, tal vez cuando la situación sea irreversible, cuando estos tipejos disfruten de su jubilación en alguna isla paradisíaca, allí donde nuestra rabia no pueda llegar para cortarles de cuajo un descanso que no merecen, tal vez sólo entonces sepamos sus nombres y apellidos, y podremos mentar sus muertos en un acto de desahogo estéril.

Y es que el tiempo tal vez no deje las cosas en su sitio como se dice, pero al menos sí les pone nombre, para que, como consuelo menor, podamos explicar sin abstracciones el por qué de las calamidades que suceden. Pienso en todo esto y me acuerdo de los inicios de la Guerra del Golfo Pérsico, allá por 1991. Como recordarán, Estados Unidos, respaldado por Naciones Unidas, atacó Irak en respuesta a la invasión de este país a Kuwait. Lo que tal vez no recuerden -de hecho yo no lo supe hasta años después- es que uno de los elementos cruciales para que Estados Unidos diera el paso definitivo hacia la guerra fue la supuesta crueldad con la que Irak se estaba ensañando con el pueblo de Kuwait. Como ejemplo totémico de ello se acusó al ejercitó iraquí de entrar en un hospital y sacar a 312 bebés de sus incubadoras, dejándolos morir a la intemperie. Tiempo después, con los cadáveres de uno y otro bando ya fríos y bien contados, se supo que aquello de las incubadoras fue un montaje perfectamente organizado. La cosa tiene su miga, y a ella le intentaremos dar un pellizquito en la columna de hoy.

La situación meses antes de la guerra no era diáfana para que Estados Unidos acometiese la invasión de Irak. El pueblo americano, con la sombra de Vietnam siempre encima cada vez que suenan cornetas de guerra, no apoyaba el ataque militar. Numerosas encuestas y manifestaciones lo constataban para el desconcierto del gobierno de Bush padre. Con el objetivo de revertir el sentir de la opinión publica, desde algún departamento gubernamental y gracias a una prestigiosa compañía publicitaria se elaboró una exitosa estrategia de propaganda. A falta de argumentos políticos o sociales que encubriesen los verdaderos intereses económicos, era necesario tocar la fibra sensible del ciudadano de a pie. Había que inventarse un hecho con suficiente enganche emocional que copase los medios de comunicación mundiales para aplacar el movimiento en contra de la guerra. Y ese fue, precisamente, el cuento de las incubadoras.

Para dar verosimilitud y dimensión a la argucia, la agencia publicitaria organizó una especie de congreso sobre derechos humanos con el auspicio de republicanos y demócratas. Y en medio de ese encuentro de cartón contra las injusticias, en un preparadísimo clima de seriedad, apareció una chica kuwaití de 15 años, de aspecto angelical, conteniendo a duras penas las lágrimas y los sollozos, pero cuidando que su emoción no constriñese las palabras que salían de su boca. Según decía, ella misma había sido testigo presencial del terrible acto de los soldados iraquíes, que con arma en mano habían entrado en un hospital para sacar indiscriminadamente a los bebés de las incubadoras. A partir de entonces, una vez los medios de comunicación dieron buena cuenta del testimonio plañidero de Nayirah -así es como se llamaba- para Estados Unidos todo fue más fácil. Las encuestas dieron un vuelco, lo que antes era "no" pasó a ser "sí", las manifestaciones se redujeron y la opinión pública en su conjunto ya no ponía trabas a la invasión. Atacar Irak era cuestión de justicia universal.

Como se supo después, la tal Nayirah no era un testigo casual ni fortuito, sino la hija del embajador kuwaití en los Estados Unidos. Evidentemente había sido escrupulosamente entrenada para interpretar con verosimilitud extrema aquel falso testimonio. Y claro, llegados a este punto, ante la sospecha de que el caso de Nayirah no es una excepción, uno se pregunta: ¿Quién se dedica a entrenar la interpretación de las personas que deben mentir por cuestiones de estado? ¿Dónde han estudiado estos entrenadores? ¿Qué directrices siguen? ¿Siguen a Stanislavski? ¿A Meisner? ¿A Strasberg? ¿A Adler? ¿Conocen a Lecoq? ¿Han desarrollado tal vez una forma de entrenamiento que utiliza los últimos avances en ciencia y tecnología? ¿O siguen renovadas nociones del psicoanálisis? Tal vez algún día sabremos la respuesta. Esperemos que para entonces no nos hallamos aniquilado los unos a los otros y quede alguien para contarlo.