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Mar, Mar

Y no es coña | Carlos Gil

En este Bilbao desde el que escribo esta cita semanal, el otoño se ha despertado veraniego, el cielo parece de un decorado de zarzuela y la temperatura ayuda a sentirse un cisne aleteando ufano. Es más, acabamos de entregar a imprenta el número 193 de la revista ARTEZ correspondiente al mes de octubre, las llamadas de los acreedores van disminuyendo por consunción, y los niveles de colesterol se mantienen rozando el asterisco.

Y sin embarga me da por hacer inventario. El ministro Wert ha insistido en que no se va a cambiar el IVA porque hay que hacer unos justes fiscales globales. El que dice es su sustituto natural, calla, que debe ser su única bondad para seguir siendo el aspirante. Los datos empresariales siguen colocándonos el espejo que refleja la realidad, al menos en los teatros de Catalunya, y la pérdida de espectadores debe calificarse como muy preocupante. En el resto del estado español los datos no existen, por lo que ni son buenos ni malos, sino todo lo contrario. Pero sabemos por aproximación y goteo que están en una situación similar, cuando no todavía peor.

Así que colocados en esta perspectiva, sin ninguna posibilidad de enmienda., porque insito el IVA es criminal, pero lo malo es la desamortización de los edificios dedicados a las artes escénicas repartidos por todas las comunidades que ha colapsado el insignificante mercado existente. Sin prepuestos no hay programaciones, sin programaciones no hay vida empresarial de compañías, ni desarrollo de dramaturgias, ni captación de nuevos públicos, ni regeneración artística y gestora.

Nos queda, según algunos, la internacionalización. O el pasar la gorra. Y entonces me dan ganas de llorar. Cambio de rollo y miro al cielo, que el sol quiere darle el último toque al membrillo.

Al hacer inventario menor, uno pensaba en su juventud, su inmersión en el teatro profesional, aquellos ideales que marcaban una manera de entender la cultura y las artes escénicas. Y eran tiempos económicamente peores, políticamente represivos, infames, pero había faros en la niebla que nos guiaban. Uno podía buscar en las revistas de teatro existentes pistas de lo que sucedía realmente en el mundo. Existían en las revistas políticas permitidas, voces que alertaban y ofrecían otras miradas. Se hacía todo dentro de un posibilismo muy flexible, pero en zonas con una radicalidad que fructificó en una ruptura con el adocenamiento existente en los escenarios. Había un proclamado teatro independiente que buscaba independencia artística, que se abrazaba a nuevas corrientes. Y existían voces políticas, periodísticas que acompañaban en ese caminar.

La nostalgia me nubla. O estoy sufriendo un ataque de negligencia intelectual. Algo me pasa, porque me temo que la crisis, esta estafa económica, pero sobre todo política y social, ha servido para allanar el camino a la caspa escénica, a la gestión de paredes sin más criterios que la taquilla, a la comercialidad unida a al alienación, para que solamente exista lo más cutre, inane, acomodaticio. Y la propia profesión se me asemeja una cola de un comedor social buscando las migajas del sistema.

Las mareas blancas, de la Sanidad, la verde de la Educación y el mundo de la Cultura haciendo muecas, con eslóganes cortos, desnortada o recibiendo premios corruptos o compartiendo alfombra roja con un ministro anacrónico.

A veces oigo voces.

No disparen al pianista. Déjenme tocar este blues optimista.

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