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Sáb, Ago

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

Hamburguesas con kétchup, arroz con kétchup, pastas con kétchup, kétchup con kétchup.

Kétchup, kétchup, kétchup...hoy en día todo tiene mejor sabor con kétchup.

¿MEJOR SABOR?

Podría ser, porque en cuestión de gustos no hay nada escrito pero existe un detalle no menor; las hamburguesas, el arroz y las pastas, todo termina con gusto a kétchup. No hay variedad de sabores, todo es lo mismo. Diferente soporte, textura, tamaño de bocado pero igual sabor.

No importa si la preparación del sándwich duró un minuto o la elaboración del plato gourmet duró horas, todo sabe a kétchup.

A un emprendedor visionario del mercado se le ocurrió que agregándole kétchup a cualquier comida, se le mejoraba el sabor y evidentemente difundió la idea rápidamente haciendo prosperar su negocio.

¿A quién?

A un fabricante de kétchup por supuesto.

Y si le agregamos coca cola, esa gaseosa que comenzó como un jarabe negro y sin gas vendido en farmacias, el menú ideal de nuestros tiempos está completo.

Todo es lo mismo, todo es igual, a pesar de que en su esencia todo es intrínsecamente diferente.

Kebab con kétchup, pizza con kétchup, sushi con kétchup, salteñas con kétchup, curanto con kétchup.

Las diferentes comidas no son más que un reflejo del grupo humano que la concibió pero hoy todo termina con el mismo sabor.

¿Por qué homogeneizarlo todo?

Simple; fabricar y vender millones de lo mismo, es menos complicado y muchísimo más rentable que hacer millones diferentes para venderle a millones de gustos diferentes.

Una cuestión obvia de simplificar procesos para abastecer el mercado. Menos variables de salida, más entradas constantes.

De nuevo el mercado, ese sacro santo ente impersonal omnipresente en nuestras vidas.

¿Por qué negarse a la infinita variedad de alternativas que nos ofrece la vida y seguir a la manada libando kétchup?

Respuesta aunque sin analizarla a priori pareciera fácil, ya que seguir a la manada no nos deja ver más allá del culo de quien nos antecede, es de suma complejidad dadas las condiciones de vida de la sociedad contemporánea.

Alguna vez en el pasado no tan remoto, en el ámbito rural chileno se daba una esclavitud camuflada de los trabajadores del campo. Como parte del mísero salario que recibían por su labor, por ley estaba contemplado darle al trabajador un pan por cada integrante de su familia. Seguramente para alejar el hambre, no satisfaciendo sino que llenando rápidamente estómagos desnutridos.

¿Será por eso que como una herencia aun imborrable, la marraqueta el pan típicamente chileno, tiene tanta miga?

En esos años no existía opción de elegir otra cosa que no fuese pan con te pero hoy en día...

Tenemos la libertad de elegir, elijamos.

Premisa obvia pero lamentablemente falsa.

Por algo todos están escogiendo kétchup.

¿Será para no ser diferente y no ser catalogado de bicho raro?

¿Será que la publicidad manipula voluntades?

¿Será que ya no tenemos el tiempo de pensar y cuando no hay la gaseosa que deseamos, como reflejo condicionado de Pavlov, pedimos coca cola?

¿Fast food?

¡Slow food!

Recuperemos el tiempo, recuperemos nuestro tiempo para vivir arte y gracias el, reflexionar sobre nuestras vidas.

¿Con kétchup?

¡No gracias!