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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

"Estilo propio no copio", cantaban desde el micro con seguridad los Dogma Crew hace algunos años. Una rima sencilla, un mensaje claro. Pero verdaderamente difícil de llevar a cabo. Cuando se busca desarrollar un lenguaje artístico propio, mirarse en el espejo de aquellos que han logrado crear un idioma característico es prácticamente inevitable, como dificil es también no quedarse viviendo para siempre a la sombra del reflejo aprendido. Ya que si algo tiene el ser humano es que aprende por imitación. En el mundo de los laboratorios teatrales y el training constante, aprender a aprender es una de las máximas. Para alcanzarla, para vivirla, no te puedes dormir en los laureles. Roberta Carreri, actriz del Odin Teatret, lo cuenta muy bien en su libro Rastros. En el momento en el que un entrenamiento concreto te empieza a permitir tener la cabeza en un sitio diferente al de tu cuerpo, es hora de cambiar de aprendizaje, porque lo que hacías ya lo tienes dominado. Al menos, lo suficiente como para no tener todo tu ser implicado en lo que haces y para que tu mente empiece a divagar pensando en cosas mundanas mientras estás en la sala de ensayo cabeza-abajo haciendo, por ejemplo, un pino de tres apoyos.

Así que podemos decir que los actores que entrenamos somos unos vampiros-yonkis de buenos entrenamientos teatrales, que no paramos de buscar nuevos ejercicios a los que enfrentarnos en sala. En el mundo de los laboratorios teatrales existe el know how, que puede llegar a ser muy preciado y valioso. Para tener un buen know how ha habido antes que aprender a distinguir el grano de la paja: una cosa son los ejercicios puramente gimnásticos que uno se limita a ejecutar con precisión y otra cosa son aquellos ejercicios "plantilla o cuadrícula" que ofrecen un marco dentro del que accionar un principio de entrenamiento concreto. Ese tipo de ejercicios son los buenos. Ese tipo de trainings son oro en el mundo teatral y como todas las piedras preciosas de este mundo, éstas, tampoco abundan.

A veces, hay que ir a buscarlas a lejanas tierras: cruzarse el charco para trabajar con NoSeQuién que ha desarrollado un training actoral increíble y que ofrece workshops de tres semanas donde tratas de dejarte la piel a cambio de poder traerte en los bolsillos un pedacito de esencia del principio trabajado durante aquellos días. Así funciona la cosa cuando uno tiene la oportunidad de aprender un entrenamiento de la mano de la persona que lo desarrolló. Algo que es, por cierto, un verdadero lujo. Luego están los transmisores de segundo nivel, que son las personas que han trabajado durante años con los grandes genios o genias (permítanme el guiño, hoy tengo a la Artemisa bien despierta) y tratan de enseñar lo que aprendieron de una manera pura, sin desvirtuar el "ejercicio cuadrícula" en cuestión.

Muy importante esto de "no desvirtuar" el ejercicio primordial desarrollado por el maestro primero, convirtiéndonos con ello en transmisores de tercera con ínfulas de maestrillo de tres al cuarto. ¡Gran pecado este que no deberemos osar cometer! Existe, de hecho, a menudo, en el mundo del laboratorio teatral, una amenaza velada, una prohibición tácita que ata de manos y pies la creatividad de sus integrantes a la hora de aprender a aprender a desarrollar ejercicios de entrenamiento propios. Porque para eso, hay que ir un poco más allá de la entrega total en cada ejercicio y recordar dónde estamos. En un laboratorio teatral. Es tiempo, por tanto, de descomponer lo aprendido para desentrañar secretos. Es tiempo de sacar cubetas y agitadores para mezclar principios activos. Es tiempo de alquimia. Necesario es también perder un poquito el respeto a las cuadrículas establecidas, abrir algo de hueco entre los hierros que las componen y dejar que corra el aire. Con un poco de suerte, cualquier día de mayo que nos pille en sala transpirando, la mariposa de la inspiración se colará entre las rendijas y dibujará en su vuelo alguna que otra maravilla. Entonces sabremos que hemos encontrado una pepita.