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Lun, Oct

©Emilio Gómez

La certidumbre de una función por hacer

He asistido a una conmovedora experiencia escénica en El Pavón Teatro Kamikaze: el reestreno, en su décimo aniversario, del mítico montaje de La función por hacer, texto de Miguel del Arco y Aitor Tejeda. Del Arco, quien además tiene a su cargo la dirección, reúne al elenco original para reconquistar el éxito que hace una década coronó para siempre a Kamikaze como equipo. En 2009 este trabajo sedujo al público y la crítica y mereció importantes premios, entre ellos los Max a mejor espectáculo, dirección, producción, adaptación, actor de reparto (Raúl Prieto), actriz de reparto (Manuela Paso) y diseño de Iluminación (Juanjo Llorens), además de ser finalistas a actriz (Bárbara Lennie) y actriz de reparto (Miriam Montilla).

 

Con tal carta de presentación asistí a la función que estaba por suceder, y confieso que quedé fascinado. Esta versión libre de Seis personajes en busca de autor, de Luigi Pirandello, llega desde una perspectiva que no solo dignifica el famoso ser o no ser —en el cual el personaje Hamlet deja implícito el dilema de la existencia humana—, sino que permite acercarse a personajes y actores que reflexionan sobre la labor teatral y la integración del público. Rasgos pirandellianos cuya esencia dramática reside en dilucidar qué es “real” y, por tanto, qué resulta “verosímil” sobre las tablas, así como en poner al descubierto los artificios de la representación.

Del Arco es hábil a la hora de introducir el teatro dentro del teatro, creando importantes capas de ficción: por un lado, dos actores en plena realización de una función; por otro, cuatro “personajes” de ficción que aparecen —humanizados— para subvertir la “realidad” de aquella representación primera. La actriz y el actor son interrumpidos por estos cuatro seres que reclaman contar, como nadie más podría hacerlo, su infortunada historia. Ante la sorpresa y el desconcierto de intérpretes y espectadores, los personajes comienzan a ganar terreno en el escenario y a exponer sus biografías. El público, del cual formo parte, aun cuando está dispuesto a disfrutar de la convención, no puede evitar preguntarse si esas personas que han interrumpido la función, provenientes de algún escondrijo de la platea, son sujetos de la calle, actores de la propia representación o, simplemente, como ellos dicen, “personajes en busca de autor”.

Lo cierto es que en esa obsesión de los personajes —Hermano Mayor, Mujer, Madre y Hermano Menor— por ser reescritos, anteponiendo al miedo de unos y el placer de otros la urgencia por habitar escénicamente esas situaciones para ellos concebidas, se centra la tesis de este texto/montaje. La sinopsis de su tragedia es clara: el Hermano Mayor trae a vivir a su casa al Hermano Menor y a una Mujer que es su novia, quienes están afrontando problemas económicos. La joven se enamora del Mayor y ambos mantienen una relación clandestina hasta que son descubiertos por la mujer de este y Madre de su hijo. Bajo el efecto de los celos y la humillación de encontrar al marido yaciendo con su cuñada, ella no duda en contarle al Menor, quien retira de la cuna al hijo de su hermano y lo lleva al jardín. Lo inevitable sucede: bajo el efecto de la ira, mortificado por las imágenes que le vienen a la mente, en un impulso el Menor le rompe el cuello al niño, luego saca un revólver y se pega un tiro en la sien. 

Es esta, a su pesar, la espeluznante fábula de sus existencias. Durante toda la acción actores y personajes tratan de contar, lo más verosímil y menos frívolamente posible, esta dolorosa historia a la que un supuesto autor les ha confinado de por vida. La función que está por hacerse, y en la que uno de los intérpretes intenta mediar como organizador o director, no está exenta de enfrentamientos sobre la efectividad de la metodología escénica. Lo esencial de la palabra, los artificios del espacio al descubierto, la metateatralidad como imponente recurso dentro de la concepción del montaje y en la cohesión de la belleza lingüística y el aire filosófico y reflexivo, son todos elementos que hablan directamente a nuestra existencia —verdadera, ficcionada—, en una discusión en torno a la raíz misma del teatro y de la vida. Notables resultan, asimismo, las variaciones sobre el original pirandelliano —que merecerían análisis aparte—, tanto en la concepción de los personajes como en la estructura dramática: Del Arco y Tejada consiguen, gracias al diálogo cómplice, involucrarnos en esta entretenida y beligerante función que va sumando capas de teatralidad a su delicioso tejido. 

Estamos, pues, ante una trama que parece simple pero que internamente resulta muy compleja: el espectador deberá mantenerse atento a la partida que se juega. El elenco es brillante al asumir el reto y lanzarse con valentía al artificio pirandelliano. La ironía que el texto tan bien dibuja es manejada con intuición y naturalidad sumas por Israel Elejalde, Bárbara Lennie, Miriam Montilla, Manuela Paso, Raúl Prieto y Cristóbal Suárez —Teresa Hurtado de Ory y Nuria García alternan con Lennie y Montilla—, quienes la llevan a buen puerto jugando a la tragedia, pero con humor y creciente empatía con el público. Ellos llenan el espacio de La Sala del Pavón con un exquisito trazado espacial, con sus presencias escénicas, con su veracidad y su buen decir. Hacen de un escenario despoblado —apenas un banco sirve de escenografía— y bien cercano al público, un ágora de debate de importante espectacularidad —gracias también a la sutileza con que se va transformando el ámbito iluminado por Juanjo Llorens. 

Según el propio Miguel del Arco, El Pavón es «Un espacio de encuentro ciudadano. Un espacio de diálogo y reflexión. Un espacio de fiesta y entretenimiento». Doy fe de esta afirmación; así lo he sentido al presenciar espectáculos como Ilusiones o Tebas Land. La función por hacer es una obra a la que uno quiere volver, pues siempre se encontrará, por la propia naturaleza de la representación y la re-presentación de sus personajes —confinados a estos diálogos y dolorosas situaciones por sus autores—, con la misma pasión de un montaje visualmente bello y rico en matices metafísicos y humanísticos, lejos de la frivolidad reinante en gran parte del panorama escénico actual. Solo por ello ya valdrá la pena regresar al Pavón Teatro Kamikaze, siempre ante la certidumbre de una función que está por hacerse e impresionarnos de golpe, una vez, y otra, nuevamente. 

Roger Fariñas Montano