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Sáb, Sep

Y no es coña | Carlos Gil

Acabo de mirar una convocatoria de subvenciones para librerías a la que ya sabía que no podíamos concurrir porque era muy específica en sus objetivos que en el caso de Yorick no necesita. Una de las funciones que hacemos los emprendedores a palos es relacionarnos con las administraciones con el fin de obtener recursos, ayudas y subvenciones que alivien los déficits estructurales que nuestras actividades generan. Una revista, una editorial, una librería, en el mejor de los casos y apurando mucho, puede sobrevivir, nunca generar ganancias suficientes. El milagro es que se puedan pagar a los empleados, las cargas sociales y los proveedores. Y es ahí donde en estos momentos reside todo el problema, el pararse la actividad drásticamente, supuso un frenazo terrible que no parece fácil de superar dado que se está empezando a funcionar, pero a medio gas, y eso es la manera de colocarse en un estado de agonía perpetua hasta que reviente todo en unos meses y se cierren productoras, editoriales, revistas, salas o librerías. 

 

Pero seguimos asumiendo que ahora nuestra relación con la administración sea vía telemática pero que la gestión de facturas y otros trámites sea también por esta vía que, a vista de un viejo cantamañanas que ha perdido más salud tramitando subvenciones que viendo amanecer es un aumento de la presión burocrática de manera invisible, pero que pide en ciertos momentos una especialización y un tiempo que no se valora en las producciones , es como si eso fuera una obligación de los seres multitareas que nos dedicamos a hacer algo relacionado con la cultura, que contribuye a convertir la auto explotación en un máster. Me siento muy mal cuando voy a un hipermercado en donde me peso las frutas, cargo mi carrito, llego a una línea de cajeros automáticos en donde hago todo y salgo tan ufano, pensando que soy un buen ciudadano, y lo que soy es un idiota que ha hecho la labor de al menos dos trabajadores que se ahorra la cadena. Pues en la relación con la administración, hay veces, que me siento exactamente igual: le hago el trabajo a unos funcionarios que solamente están ahí para recargar el presupuesto de ineficacia.

Así me siento hoy, como es día impar debo pagar las nóminas, ver si han pasado el recibo de la seguridad social y que tuviera fondos, porque sino, ya se sabe, multa, estos robots no perdonan, y cuestiones de esta impronta creativa tan importante. Y todo ello, en mi caso, con vocación altruista, ya que desde hace unos cuantos años no recibo emolumento ninguno de mis actividades empresariales. Pero como un buen idiota, me siento satisfecho. Mantengo una revista ARTEZ con tres empleados, sobrevive a base de esfuerzos de toda índole, la editorial de libros va sacando ejemplares, no estamos en la ruina absoluta, pero se avecina, porque esta incertidumbre no sirve para pensar más allá del próximo día par que venga, que seguramente estará destinado a recibir llamadas de proveedores a los que la paciencia y la situación económica les impide también aguantar más.

Pero tengo cerca a mi a actrices, directores de teatro, docentes que no están en alguna institución pública y los veo con esa funcionalidad de los días pares, pero que se solapa con la de los días impares y que deben hacer todo, de todo, relacionarse con las instituciones y los bancos, desde la singularidad. Y encuentro que son los grandes afectados, los que sostienen este tinglado a base de un sacrificio vocacional que en ocasiones roza la obsesión. A todos cuantos desde marzo no han tenido ni una función, ni una convocatoria para una sesión de una serie, que se les suspendieron los talleres previstos, que han debido abandonar la habitación o estudio o apartamento donde vivían en Madrid e irse a su lugar de residencia anterior si eso era posible, que no pudieron ni siquiera sobrevivir poniendo copas porque los bares también cerraron. Toda esa legión de artistas, con una formación adecuada, con experiencia, con ambiciones artísticas que se ven frustrados y que están haciendo tareas impropias de su categoría pero que les ayuda a sobrevivir, lo más cercano posible al teatro, el cine o la televisión.

Es por ellos y ellas que hoy me he levantado con ganas de seguir adelante, de intentar romper este maleficio, de acomodarme a las circunstancias para lanzar un grito de solidaridad y de intentar unir las fuerzas que tengamos no solamente para solucionar lo inmediato, sino lo de más allá, que se hagan leyes que impidan esta absoluta desesperación por falta de estructuras adecuadas. Y no hablo de subvenciones, ni de créditos blandos para parchear el delirio actual, sino algo que tenga un aliento de continuidad en el tiempo y de aprovechamiento de los edificios teatrales infrautilizados y del capital humano desperdigado en la búsqueda de un papelito en una serie o una figuración en una producción exagerada de festivales de verano, sino que todo confluya en hacer equipos de gestión y creación estables en esos teatros que sirvan de difusores de las artes escénicas como un bien colectivo imprescindible. Y que cada cual tenga su funcionalidad los días pares e impares y hasta los bisiestos. Y acabar con un exceso de funcionarios que intervienen en cada acción teatral que se emprende. Insisto una vez más: ¿Alguien puede contar la cantidad de funcionarios que intervienen antes, durante y después para que se pueda representar una obra de formato medio en una población de treinta mil habitantes?