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Vie, Oct

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Ahí estaba. En la distancia, entre cabezas que miraban desordenadamente a una pared y a otra, apenas se distinguía la figura del árbol. Parecía sólo un cúmulo de trazos grises, verdes y amarillos, muy pálidos, como cubiertos por una pátina borrosa. Sólo en la proximidad, en esa misma distancia en la que uno es capaz de ver los poros de una cara, se podían apreciar los detalles. Entre las pinceladas, ahora sí más nítidas y precisas, se veían múltiples y minúsculas muescas hechas a lápiz que señalaban el trabajo que quedaba por hacer. Marcas casi imperceptibles que señalaban la posición exacta de los elementos que debían pintarse encima y que, por tanto, se hicieron para desaparecer, pero que aún hoy perduran, flagrantes, como una señal inequívoca de que la obra está claramente inacabada. A la derecha, el pequeño rótulo: “Antonio López. Membrillero. 1992”. Hace ya unos meses mencioné el cuadro, al hablar de la película de Víctor Erice “El sol del membrillo”, donde se documenta su tortuosa y difícil elaboración, y hoy lo pongo de nuevo sobre el papel, pues tuve la oportunidad de verlo recientemente en directo, pintura contra retina, en la exposición dedicada al pintor organizada por el Museo de Bilbao.

Resulta curioso que gran parte de las personas que visitan la exposición salgan admirando la perfección técnica de la obra del pintor –esa sublime capacidad que tiene para trasladar al lienzo o al papel, con extremo realismo, aquello que capta su ojo–, cuando muchos de sus cuadros carecen de una premisa básica que se le supone a cualquier obra de arte: estar acabados. Uno se embelesa mirando la meticulosidad con la que se ha retratado un edificio en una zona del cuadro –hay cuadros enormes de más de dos metros– y pasa por alto que al otro lado hay una esquina donde faltan edificios por pintar, con trazos que se han quedado en el camino, dando la extraña impresión de que los elementos sin culminar son embriones expuestos sin haber madurado. En esta suerte de paradoja, en la balanza que contrapesa el exquisito retrato de los detalles frente a la globalidad inconclusa, vence claramente lo primero. Es un pensamiento contradictorio. Como si lo pequeño se volviese más significativo que lo general. Como si la riqueza estética de una ciudad se condensase en las múltiples nimiedades de un rascacielos y en un árbol se intuyese el bosque entero. Como si la parte pudiese eclipsar el todo.

La de Antonio López no es una excepción. En la historia del arte encontramos multitud de obras sin finiquitar que son admiradas con gran devoción, donde la calidad del trabajo que se ha quedado a medias alcanza tal magnitud que el carácter inacabado del conjunto se relega al plano de las anécdotas. “El gran caballo” de Da Vinci, “La sinfonía incompleta” de Schubert, “El sur” de Erice, “El buen soldado Švejk” de Jaroslav Hašek, “El castillo” y “América”de Kafka... Las obras inacabadas son fruto de un proceso que, voluntaria o involuntariamente, se ha interrumpido durante el camino. Miradas con escrúpulo, parecen fotografías que han capturado una intimidad que de otra forma quedaría encubierta. Tal vez por eso, porque muestran al artista en un momento de su relación con la obra que generalmente se oculta, en ellas se revelan con mayor nitidez las inquietudes más sensibles del artista, sus obsesiones más profundas y también la solidez de su compromiso con sus grietas. Creo que ahí, en ese aspecto delicadamente indiscreto que poseen las obras que no han conocido rúbrica final, reside el particular encanto que envuelve a muchas de ellas.

Si hablamos de teatro, la primera asociación que nos viene de una obra inacabada tal vez sea la de Stanislavski y las innumerables versiones de su Sistema inconcluso. Pero hay otro nombre que podemos traer a colación, el de Étienne Decroux. El mimo francés trabajó muchas de sus piezas durante décadas, modelándolas e introduciendo pequeñas y grandes variaciones, hasta que la muerte las dejó en su versión definitiva. De la pieza “El carpintero”, por ejemplo, hay tantas versiones como generaciones de alumnos que la han aprendido. El caso de Decroux es radical, pues en su singular celo por su trabajo, muy pocos espectadores llegaron a ver la evolución de sus últimas piezas. Pero hay casos similares más cercanos. Compañías estables que mantienen un espectáculo durante muchos años en repertorio con el mismo elenco, rompiendo el juego al mercado que todo lo fagocita, y que cada vez que lo ponen sobre escena se ven obligados a adaptarlo no ya a los nuevos tiempos, sino a las propias personas que lo hacen posible y que han llevado su propia evolución con el tiempo. Un planteamiento así obliga a un constante diálogo con la obra creada, a rebatir constructivamente sus delineamientos, y a resituarse en nuevas coordenadas éticas y estéticas. Lo inconcluso no es entonces una salida forzada, sino una posibilidad para cambiar y reafirmarse simultáneamente, para continuar haciendo lo mismo pero diferente.

Dentro de dos semanas, precisamente, la SITI Company muestra de nuevo “Bob”, un espectáculo creado hace trece años, con el mismo actor que le dio vida. Sacan el cuadro del baúl para volver a pintar encima. Me encantaría estar allí. Sería un plan perfecto.