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Dom, Jul

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Ahí estaba. En la distancia, entre cabezas que miraban desordenadamente a una pared y a otra, apenas se distinguía la figura del árbol. Parecía sólo un cúmulo de trazos grises, verdes y amarillos, muy pálidos, como cubiertos por una pátina borrosa. Sólo en la proximidad, en esa misma distancia en la que uno es capaz de ver los poros de una cara, se podían apreciar los detalles. Entre las pinceladas, ahora sí más nítidas y precisas, se veían múltiples y minúsculas muescas hechas a lápiz que señalaban el trabajo que quedaba por hacer. Marcas casi imperceptibles que señalaban la posición exacta de los elementos que debían pintarse encima y que, por tanto, se hicieron para desaparecer, pero que aún hoy perduran, flagrantes, como una señal inequívoca de que la obra está claramente inacabada. A la derecha, el pequeño rótulo: “Antonio López. Membrillero. 1992”. Hace ya unos meses mencioné el cuadro, al hablar de la película de Víctor Erice “El sol del membrillo”, donde se documenta su tortuosa y difícil elaboración, y hoy lo pongo de nuevo sobre el papel, pues tuve la oportunidad de verlo recientemente en directo, pintura contra retina, en la exposición dedicada al pintor organizada por el Museo de Bilbao.

Resulta curioso que gran parte de las personas que visitan la exposición salgan admirando la perfección técnica de la obra del pintor –esa sublime capacidad que tiene para trasladar al lienzo o al papel, con extremo realismo, aquello que capta su ojo–, cuando muchos de sus cuadros carecen de una premisa básica que se le supone a cualquier obra de arte: estar acabados. Uno se embelesa mirando la meticulosidad con la que se ha retratado un edificio en una zona del cuadro –hay cuadros enormes de más de dos metros– y pasa por alto que al otro lado hay una esquina donde faltan edificios por pintar, con trazos que se han quedado en el camino, dando la extraña impresión de que los elementos sin culminar son embriones expuestos sin haber madurado. En esta suerte de paradoja, en la balanza que contrapesa el exquisito retrato de los detalles frente a la globalidad inconclusa, vence claramente lo primero. Es un pensamiento contradictorio. Como si lo pequeño se volviese más significativo que lo general. Como si la riqueza estética de una ciudad se condensase en las múltiples nimiedades de un rascacielos y en un árbol se intuyese el bosque entero. Como si la parte pudiese eclipsar el todo.

La de Antonio López no es una excepción. En la historia del arte encontramos multitud de obras sin finiquitar que son admiradas con gran devoción, donde la calidad del trabajo que se ha quedado a medias alcanza tal magnitud que el carácter inacabado del conjunto se relega al plano de las anécdotas. “El gran caballo” de Da Vinci, “La sinfonía incompleta” de Schubert, “El sur” de Erice, “El buen soldado Švejk” de Jaroslav Hašek, “El castillo” y “América”de Kafka... Las obras inacabadas son fruto de un proceso que, voluntaria o involuntariamente, se ha interrumpido durante el camino. Miradas con escrúpulo, parecen fotografías que han capturado una intimidad que de otra forma quedaría encubierta. Tal vez por eso, porque muestran al artista en un momento de su relación con la obra que generalmente se oculta, en ellas se revelan con mayor nitidez las inquietudes más sensibles del artista, sus obsesiones más profundas y también la solidez de su compromiso con sus grietas. Creo que ahí, en ese aspecto delicadamente indiscreto que poseen las obras que no han conocido rúbrica final, reside el particular encanto que envuelve a muchas de ellas.

Si hablamos de teatro, la primera asociación que nos viene de una obra inacabada tal vez sea la de Stanislavski y las innumerables versiones de su Sistema inconcluso. Pero hay otro nombre que podemos traer a colación, el de Étienne Decroux. El mimo francés trabajó muchas de sus piezas durante décadas, modelándolas e introduciendo pequeñas y grandes variaciones, hasta que la muerte las dejó en su versión definitiva. De la pieza “El carpintero”, por ejemplo, hay tantas versiones como generaciones de alumnos que la han aprendido. El caso de Decroux es radical, pues en su singular celo por su trabajo, muy pocos espectadores llegaron a ver la evolución de sus últimas piezas. Pero hay casos similares más cercanos. Compañías estables que mantienen un espectáculo durante muchos años en repertorio con el mismo elenco, rompiendo el juego al mercado que todo lo fagocita, y que cada vez que lo ponen sobre escena se ven obligados a adaptarlo no ya a los nuevos tiempos, sino a las propias personas que lo hacen posible y que han llevado su propia evolución con el tiempo. Un planteamiento así obliga a un constante diálogo con la obra creada, a rebatir constructivamente sus delineamientos, y a resituarse en nuevas coordenadas éticas y estéticas. Lo inconcluso no es entonces una salida forzada, sino una posibilidad para cambiar y reafirmarse simultáneamente, para continuar haciendo lo mismo pero diferente.

Dentro de dos semanas, precisamente, la SITI Company muestra de nuevo “Bob”, un espectáculo creado hace trece años, con el mismo actor que le dio vida. Sacan el cuadro del baúl para volver a pintar encima. Me encantaría estar allí. Sería un plan perfecto.

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NOVEDADES EDITORIALES

Los cinco continentes del Teratro

Querido lector, quisiera contarte aquí cómo nació la idea de este libro porque el origen, como sabes, es al mismo tiempo, el inicio y el fundamento. A fines del siglo pasado, estábamos sorprendidos de que nuestro libro El arte secreto del actor. Diccionario de antropología teatral –publicado por primera vez en 1983– continuara siendo editado y traducido en diferentes idiomas. Probablemente resultó eficaz su fórmula simple en la que textos e imágenes tienen la misma importancia, y uno constantemente remite al otro; las ilustraciones se volvían protagonistas para sostener un nuevo campo de estudios, la antropología teatral ideada por Eugenio. Si como estudioso del teatro yo había colaborado con la antropología teatral, ahora le pedía a Eugenio su participación en la vertiente de la Historia, con un libro que imaginábamos como un complemento del precedente. Aun teniendo que decidir toda la organización del libro, me respondió que era una buena idea y me propuso que los argumentos giraran en torno a las técnicas, nunca lo suficientemente estudiadas, de los actores.
Precio : Próximamente

Puntos de vista

Es un privilegio el poder dar a conocer el trabajo que desde finales de los años 60 Suzanne Osten ha desarrollado tanto en Suecia como en el resto del mundo, a través de presentaciones, giras, conferencias y workshops. El alcance de la obra de Suzanne se se debiera condensar en unas pocas palabras toda su obra hablaría de: riesgo, compromiso, comunicación, lucha y una inalterable apuesta por los olvidados dentro de los olvidados: los niños. Y junto a ellos los jóvenes. Es a ellos a los que Suzanne ha dedicado una enorme parte de su actividad creadora.
Precio : Próximamente

Poética del drama moderno

El objeto de esta obra es el de definir el nuevo paradigma de la forma dramática que aparece hacia 1880 y que continúa hasta hoy en las dramaturgias contemporáneas. Se tiende así un puente entre las primeras obras de la modernidad en el teatro como las de Ibsen, Strindberg o Chejov, y las más recientes, ya se trate de las obras de Heiner Müller, Bernard-Marie Koltès o Jon Fosse. Jean-Pierre Sarrazac desvela la dimensión rapsódica del drama moderna: una forma abierta, profundamente heterogénea, en la que los modos dramático, épico y lírico, e incluso argumentativo (el diálogo filosófico que contamina al diálogo dramático), no dejan de ensamblarse o de solaparse. Lejos de compartir las ideas de “decadencia” (Luckàcs), de obsolescencia (Lehmann) o de la muerte del drama (Adorno), Poética del drama moderno dibuja contornos, siempre en movimiento, de una forma la más libre posible, pero que no es la ausencia de forma.
Precio : Próximamente

La zanja

¿En qué momento compartimos el viaje que nos hizo ser tan iguales? ¿Cómo reprocharnos y atraernos tanto? La respuesta está en el tiempo pasado, en nuestros ancestros, en el recuerdo común que permaneció oculto. Porque en definitiva, hemos heredado las acciones de unos hombres sobre otros y las influencias sobre el colectivo. La Zanja refleja el encuentro entre dos mundos, ese ciclo infinito que se repetirá una y otra vez. Es un trabajo exhaustivo de creación, surgido de la documentación de las crónicas de la época y nuestros viajes al Perú actual.
Precio : 10€

Pasarela Senegal

En enero de 2007 el diseñador Antonio Miró presentó en la Pasarela de Barcelona un desfile no exento de polémica con ocho inmigrantes sin papeles y una escenografía con una patera y cajas. De tal acontecimiento le surge la idea de la obra a López Llera, quien, a raíz del suceso siente la necesidad de reflexionar sobre el papel del artista en la sociedad del espectáculo2, sobre la validez y efectividad de las denuncias sociales a través del arte y sobre el sentido de su propia escritura. La pieza constituye una magnífica denuncia dramática de la banalización de la cultura y del espectáculo.
Precio : 10€

Hacia una poética del arte como vehículo de Jerzy Grotowski

La reinvención de Pere Sais ondea en el título de la obra: Hacia una poética del arte como vehículo. Grotowski, como se sabe, imaginaba que la “cadena” de las performing arts podía mantenerse tensa entre dos extremos: el arte como presentación por una parte y el arte como vehículo en el extremo opuesto. Al hablar de poética del arte como vehículo se realiza un salto epistemológico.
Precio : 24€