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Vie, Mar

Y no es coña | Carlos Gil

Leo entrevistas con dramaturgas, actrices, directores, escenógrafos en diversos medios y me sorprende que a los entrevistadores les preocupa con insistencia casi relojera cómo fue el primer contacto de los entrevistados con el teatro o las artes escénicas. Desde hace tiempo es una constante que me deja perplejo porque pensaba que era algo que no aportaba nada al perfil del entrevistado, pero ahora me parece que, seguramente por otras razones, forma parte esencial para entender algo de lo que nos pasa en estos tiempos con las vocaciones, el acceso al disfrute como público, como agente activo o pasivo de las artes escénicas.

Claro, siempre hay una primera vez, pero ¿de verdad que usted que me está leyendo se acuerda con precisión de esa obra, ese instante en el que se sintió irremediablemente tocado por la musa o las musas? Si yo fuera un entrevistado y me hacen esa misma pregunta podría contestar, dependiendo del día, la hora y la estación meteorológica de una u otra manera. Lo único cierto es que, en mi caso, sin antecedentes directos familiares, fue una cuestión de contacto constante inconsciente. Donde nací en Barcelona, a cincuenta metros de mi casa había un centro social y cultural donde había juegos de cartas, de ajedrez, se cantaba en coral, se representaba en su propio teatro desde zarzuelas al repertorio catalán o las comedias en boga de Alfonso Paso.

Es decir, no hubo un día en el que descubrí el teatro, sino que conviví con él, haciendo de pastorcillo, saliendo de bulto, viendo mucho y, sobre todo, jugando entre cajas, en el patio de butacas al escondite. Cosas así no son transportables ni puede ser motivo de una tesis, pero a mi entender si no tienes noción, contacto con asiduidad, si nadie te lleva de la mano a ver teatro, si no compartes con un núcleo familiar, de amigos esa necesidad es difícil que se despierte una vocación. Y vuelvo a recordar una realidad, en Catalunya, en los años sesenta y setenta, desde Paco Martínez Soria, a Nuria Espert, pasando por Comediants, el Lliure y todo el teatro más importante, venía del teatro aficionado, de los centros sociales de todo lugar como el que indico o desde las diferentes pasiones después convertidas en reclamo turístico.

O sea, esa primera vez puede en ocasiones convertirse en ese recuerdo emocional en que por circunstancias personales, por amor, por deslumbrarse uno decide dedicarse a ello, con afición y poco a poco, conociendo, estudiando, teniendo suerte de encontrase con maestros, profesores, compañeros, críticos, movimientos donde se va desarrollando un ambiente propicio al crecimiento de personalidades teatrales con talento y circunstancias para desarrollarlo. Recuerdo que durante un tiempo hubo una serie de actrices, actores y directores que decían que se habían decidido dedicarse al teatro al ver Antaviana de Dagoll-Dagom, aquellos maravilloso cuentos de Pere Calders convertidos en magia escénica. Otros aseguran que cuando vieron a La Zaranda se olvidaron de su carrera de arquitectura. O aquellas que viendo un Calderón decidieron compaginar las clases de enfermería con las del taller de teatro de su barrio. Son múltiples las variables y circunstancias, pero siempre debe existir la posibilidad de ese enganche. Me parece raro que sin conocer el teatro alguien se quiera dedicar a ello. A no ser, como yo he comprobado, que haya cientos de jóvenes que se apuntan a clases de teatro, dicen teatro y quieren decir tele. O fama. U otras cosas.

Por eso algunos consideramos tan importante el crear células de contagio, bacterias teatrales expandidas por todos los rincones. Para que muchos seres humanos, conciudadanos nuestros puedan encontrar su primera vez o su vez apropiada. Si no hay teatro, teatro bueno, teatro popular, teatro al alcance de todos, clásico, contemporáneo, escuelas, talleres, se puede colapsar todo y convertir todo en un negocio, en otra cosa, una industria subsidiaria de lo audiovisual. Estoy hablando del Teatro, no de la profesionalidad, ni la tabla salarial, ni los circuitos, ni los gestores. Sino de ese estado ingenuo, puro, casi infantil, de hacer teatro por gusto, por placer. No por obligación. Quizás la pregunta adecuada sea, ¿cuándo ha sido la última vez?

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