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Sáb, Dic

Mirada de Zebra | Borja Ruiz
Cuando el arte es comercio, captar la atención forma parte indispensable del negocio. La atención del que antes era espectador y ahora se bautiza como consumidor puede captarse siguiendo diferentes estrategias que van de lo honesto a lo funesto. Entre esa amplia gama de estrategias, hay una tan antigua como extrema que es cada vez más recurrente en estos tiempos que corren y se tropiezan. Me refiero a la provocación, el tema que ya tocó con tino hace unos días Germán Jaramillo desde el piso de arriba de este mismo portal. Como bien saben quienes gustan de esta atrevida maniobra de marketing, provocar es jugártela en un tarot que tiene sólo dos cartas. Una vez echada la suerte, te adularán o te odiarán. No hay término medio. La indeferencia es una carta que está fuera de la baraja.

Imagino que Lars von Trier sabía de este riesgo cuando dijo en el Festival de Cannes que "comprendía" a Hitler y también cuando recientemente ha vuelto a salir a la palestra al conocerse que su film Dogville figuraba entre las favoritas del asesino de Noruega. Imagino que intuía que el alboroto que iba a generar haría que muchos de sus seguidores dejaran de seguirle y que otros que hasta entonces le ignoraban ocuparan ese lugar. A nada que el bueno (y cada vez más malo) de von Trier haya echado cuentas, sabrá que a día de hoy el número de ex-condicionales supera con creces al de los nuevos. Y si no, que se asome por Internet, por cualquiera de esos patios virtuales de opinión libre y gratuita que se llaman foros. Por cada anónimo que lo defiende, hay diez que lo insultan. Es lo que tiene la provocación. Ha lanzado las monedas al aire y esta vez la mayoría ha salido cruz.

A estas alturas de la película, todo lo que había que decir acerca de las provocaciones del director de cine danés, a favor y sobre todo en contra, ya está dicho, por lo que no voy a desgastar más teclas ahondando en ello. Aprovecharé la estela de su revuelo, sin embargo, para hablar sobre el film en cuestión, Dogville, y los elementos que, a mi parecer, se relacionan con aquello que Brecht llamó "Verfremdung" y que nosotros malamente traducimos como distanciamiento. Ello no es ningún descubrimiento esencialmente nuevo, pues el mismo von Trier afirma que su obra está claramente influenciada por Brecht, pero servirá para refrescar las neuronas en este verano tan poco veraniego. Se trata, además, de uno de los pocos casos de la época contemporánea en la que el teatro ha influenciado claramente al cine, y no al revés.

Sin duda, el elemento de "Verfremdung" más llamativo en Dogville es el planteamiento del espacio escénico. Como bien recordarán quienes la hayan visto, está rodada en una planicie negra, donde las calles y las casas del pueblo no se ven, se escriben en el suelo con letras blancas. A vista de pájaro los personajes parece que habitan un mapa callejero: "la calle tal", "la calle cual", "la casa de...", "la tienda de...", etc. Ni siquiera los arbustos o el perro aparecen, su lugar es ocupado por las inscripciones "arbusto" y "perro". Desde el fotograma inicial, el espectador percibe que aquello que observa es una construcción artística, una película que hace referencia a una historia que se cuenta con la distancia requerida para que extraiga sus propias conclusiones.

Pero más allá de lo evidente, la estructura narrativa guarda también claras referencias de la "Verfremdung" de Brecht. La división en capítulos, cada uno de los cuales tiene un título específico que anticipa objetivamente lo que ocurrirá, resitúa constantemente la historia, obligando al espectador a prestar especial atención a los sucesos, evitando que éste quede cegado por la empatía emocional que le producen los personajes. A ello contribuye igualmente la narración en off, voz omnisciente que guía, matiza y concreta lo sustancial de lo que acontece. Y sobre todos estos elementos, está esa magnífica historia con tintes de parábola, una suerte de inquietante cuento para adultos, un jeroglífico a desentrañar en claves sociales y políticas.

Habrá quien a partir de ahora reniegue de las creaciones de este director que ha demostrado tener el don de mezclar de forma inverosímil la insensatez y la genialidad. Yo, por mi parte, seguiré yendo al cine cada vez que estrene película. Es cuestión de otro tipo de distanciamiento, de tomar distancia entre la cuestionable personalidad del autor y la calidad de su obra.