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Jue, Ene

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

Podría ser discutible, aunque a la luz de la evidencia empírica, pareciera ser que el precio de la libertad es irremediablemente, la soledad. Vivimos la ilusión de ser libres creyendo hacer lo que se nos antoje, pero seamos realistas, la libertad de la cual pensamos disfrutar, es relativa porque tiene que acomodarse a las condiciones que nosotros mismos nos auto imponemos para vivir en sociedad.

 

Mientras uno sea un lobo estepario, la libertad será mayor, pero nunca absoluta, a menos que nuestra opción de vida sea la de vivir aislados del mundo en una isla solitaria, idealmente en un paraíso tropical, porque si de islas se trata, el sur de mi país, Chile, está repleto de islas, aunque las condiciones de habitabilidad son extremas en cuanto a lluvia, frío y aislamiento absoluto. Algunos años atrás, en una iniciativa colonizadora, el Estado ofrecía la propiedad de tierras en ese sur indómito, a cambio de poder demostrar residencia durante algunos años. Muchos jóvenes de la época se embarcaron teniendo ese sueño de libertad como horizonte. Al poco tiempo se dieron cuenta de lo sacrificado que era el vivir aislados del mundo en esas condiciones, y cuando llegaron los hijos, antes de que el sueño se transformase en pesadilla, decidieron volver a las cadenas de la sociedad.

La libertad absoluta es solitaria y tiene un alto costo emocional.

El homo sapiens optó por vivir en comunidad para potenciar sus capacidades individuales en beneficio del grupo, y al hacerlo, gradualmente adquirir beneficios del grupo, pero con los beneficios, también llegaron las obligaciones. La frase "mis derechos terminan donde comienzan los derechos del otro", resume a la perfección el como para ganar, se debe sacrificar.

Nadie puede hacer lo que quiera, cuando quiera y como quiera. Siempre existirá algún tipo de restricción capaz de condicionar nuestro actuar, algunas de toda lógica y otras verdaderamente irracionales, pero como son socialmente aceptadas debemos respetarlas sin derecho a réplica.

La sociedad modelada a lo largo de la historia, querámoslo o no, nos ha ido modelando.

Este modelamiento se traduce en usos y costumbres inherentes a diferentes grupos sociales existentes sobre nuestro planeta. La geografía, el clima, la raza, la religión, la ley… son interpretadas por humanos, quienes entregan respuestas según su propio criterio o descriterio, Las formas de actuar de algunos, consideradas como verdades absolutas en un rincón de esta aldea global, pueden ser aberraciones en su antípoda. Las libertades de algunos pueden ser consideradas libertinaje para otros.

Nadie puede ser libre a menos que opte por el camino de la soledad.

¿Vale la pena pagar el precio?

¿No existe acaso mayor riqueza en la interacción social que en la soledad absoluta?

¿Libertad absoluta o libertad relativa?

¿Quién de nosotros sería capaz de producir sus alimentos, construir su vivienda, hacer su ropa, curarse en caso de enfermedad, y miles de necesidades básicas más?

Si queremos aceptar los beneficios evidentes del vivir en sociedad, también debemos ser capaces de seguir sus condicionantes.

Donde fueres, haz lo que vieres, y aunque nunca te muevas del lugar, respeta para que te respeten, eso sí, sin renunciar jamás a la libertad absoluta del pensamiento.

Puede que tus actos no sean completamente libres, pero tu pensamiento siempre lo será.