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Dom, Sep

Y no es coña | Carlos Gil

Ayer estaba pensando en qué comer para navidades y hoy me asusto al ver los escaparates de los chinos llenos de material para disfrazarse en carnavales. Pasa el tiempo a una celeridad que se envejece el pensamiento sin haber podido concretarse en una línea bien escrita. Es el momento adecuado para discernir sobre asuntos del corazón o apartarse de este mundo embadurnado de anillos de gena. No es un gran día, pero tampoco es mejor o peor que ayer o antes de ayer. Así que mirando desde la azotea el silencio se otea.

Hace justo una semana que aterrizaba después de una excitante quincena teatral por Santiago de Chile. Poco tiempo, pero el estrés me ahoga. Todo son problemas administrativos, silencios, llame usted mañana, ya veremos, ya te llamaré. Cada día hay que volverse a presentar a las autoridades recién nombradas, a inventarse unos objetivos emocionales que puedan sustituir a las imperantes ganas de mandar todo a la historia. Se acumulan frustraciones, angustias, problemas externos y solamente hay un hilo fino que se llama responsabilidad para no hacer lo que uno desea: no levantarse de la cama, leer con tranquilidad lo que le apetezca, no lo que debo leer por obligación y profesión elegida, acudir al parque para ver correr al nieto, escribir dos únicos correos a los amigos y escuchar enteras las chirigotas de Cádiz como única expresión de la inteligencia sarcástica del ser humano.

Y es que he acudido a varios teatros, a ver montajes que al final debemos decir que han estado bien, o mal o regular, pero que se mueven todos dentro de un cuadro estético que se amolda de manera excelente a la realidad actual: confusión. ¿Quién decide lo que se estrena o se deja de estrenar? ¿Hay alguien pensando en mañana o todos estamos colocados en el ayer nostálgico? O en el hoy urgente. Esto es, a mi entender, el gran riesgo, echar balones fuera. Seguir pensando que los problemas del teatro y las artes escénicas se solucionan en la mesa de contratación, que todo depende de si a uno le va bien o mal. En fin, eso que repito hasta la saciedad, que me aburre reiterarlo, pero que me siento impelido a hacerlo porque no hay nada peor que la alegre ignorancia y la complacencia en la miseria, no solamente económica, sino, lo que es aberrante, estética, profesional, cultural e intelectual.

Así que escrito esto con más ganas de callar que de hacerse oír, me vuelvo a la cama, a pensar en las musarañas, esperando suene alguno de los timbres de mis pantallas que me crean la ilusión de tener amigos y compañías para que una vez escampe, vea si merece la pena insistir o es mejor la auto alienación como pasaporte a la admisión sin restricciones en el sistema corrupto en el que funcionamos. El día que deje de ser uno de los espectadores más jóvenes en las salas a las que acudo peregrinaré de rodillas hasta la ermita de San Cosme y San Damián en agradecimiento a esa buena nueva.

Me ha salido una entrega demasiado optimista.