Sidebar

08
Dom, Dic

Foro fugaz | Enrique Atonal

Seamos snobs por esta vez: Noche de gala en la Ópera de París, con el Ballet de la casa que presenta dos coreografías contemporáneas para abrir su temporada 2019-2020: At The Hawk’s Well (En el Pozo del Halcón) de Hiroshi Sugimoto y Blake Works I de William Forsythe, con lo que la tradicional compañía de ballet apuesta por las coreografías de hoy, con una magnífica síntesis de tradición y modernidad, en busca de una disciplina coreográfica del siglo XXI, un reto de creación, maestría y tradición. 

 

Tres siglos de trabajo amparan al Ballet de la Ópera que hasta hace 40 años era considerada una compañía de danza clásica tradicional. A partir de la era Nuréyev, la compañía abre sus puertas a la creación contemporánea, logrando un equilibrio entre las grandes obras del repertorio (Lago de los Cisnes, Giselle, El Cascanueces, etc.) y las creaciones coreográficas actuales. 

Para lograr este equilibrio los bailarines que la integran son considerados entre los mejores del mundo, y compiten con soltura con los del Ballet Bolshoi de Moscú, o del New York City Ballet. 

Abrir la temporada con dos creaciones actuales es un reto importante para esta compañía, un desafío para cualquier institución de danza. En este caso At the Hawk’s Well es la más audaz porque mezcla las tendencias del tradicional Teatro Noh japonés y la danza occidental, usando como puente una obra poética del irlandés William B Yeats. Para esta coreografía, Sugimoto contó con la colaboración dancística de Alessio Silvestrin. 

Aquí no voy a hacer una crítica formal de este trabajo, lo que quiero plantearme a través de este encuentro entre un artista plástico y fotógrafo, con el cuerpo de ballet de la Ópera, es la dificultad para encontrar un camino para la danza contemporánea; una vía entre el rigor académico y la libertad caótica del movimiento que puede terminar por ser una confusión inconexa. Tensión creativa en la búsqueda de un camino. En general vivimos en la búsqueda de las formas de expresión novedosas, que casi siempre se debaten entre la disciplina y una supuesta libertad formal. 

Conclusión: Al final del camino comprendemos que disciplina es libertad. 

Y esto vale para todas las artes. En el caso que nos ocupa, el fotógrafo y artista plástico Sugimoto utiliza los recursos del teatro Noh, pero con una soltura excepcional introducida en la danza. No es un copia, es la apertura de un camino hacia el movimiento de los bailarines. La representación de fuerzas ancestrales que culmina con la súbita aparición de un auténtico actor del Teatro Noh al son de una salmodia con el ritmo de imprecación característico que evoca otras realidades. Porque la danza sin misterio no es danza. La coreografía es una ecuación de difícil solución que se resuelve al conjuro de cuerpos, movimientos, música. No es el desorden de una sesión de liberación de fuerzas psíquicas, tiene el rigor de una demostración matemática, que si no se logra, toda la hipótesis fracasa. 

Pozo del tiempo, pozo de la juventud, Pozo del halcón, fuerza de los cuerpos disciplinados en busca de la perfección, en busca de la fuente de juventud. El experimento de Hiroshi Sugimoto es muy loable visualmente, en ese reto de aunar tradición y la bruma del futuro, la ansiedad de una búsqueda de nuevas formas y emociones.  

El programa lo completa la coreografía Blake Works I de William Forsythe con la música de James Blake. Y aquí entramos en el terreno de la experiencia escénica, del movimiento de un coreógrafo que ha marcado a la danza contemporánea desde su compañía en Frankfurt hasta ahora que es un coreógrafo asociado de la Opera de Paris. En esta creación que data de 2016 se nota su amor por el cuerpo del interprete que se magnifica en el movimiento, hombre o mujer, imponente y delicado; el cuerpo sublimado en su alquímico deseo de trascenderse. Las cadencias son suaves, la textura y secuencia recuerda al mejor Balanchine, pues no es una casualidad que Forsythe pertenezca a la escuela de danza de Nueva York. Sin embargo, en esta coreografía no aparece el gusto por el riesgo de sus primeros trabajos. Hay experiencia, falta imaginación, aunque el placer visual es irreprochable. 

La danza, el teatro, la música, son secuencias lanzadas en el tiempo: la cadena-cadencia se rompe para consolidarse más adelante como un hallazgo. Así es el camino de la creación. Sin trabajo no hay inspiración, la inspiración existe, decía Picasso, pero si llega, más vale que te encuentre trabajando. Y esto es lo que hace la Opera de Paris con su escuela y sus 154 integrantes, trabajar como monjes cada día en busca de la inspiración, que a veces llega. 

Enrique Atonal

París, 2019