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Dom, Feb

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Cuando empecé en el teatro pronto desarrollé una sana envidia hacia los músicos. Envidiaba la manera en que se dedicaban a su arte. Intuía que tenían una formación reglada, donde las materias de estudio eran las lógicas y estaban ordenadas con suficiente criterio como para alcanzar los objetivos deseados. Les aguardaba una dura carrera, es cierto, pero el camino estaba trazado con coherencia y claridad. Al menos eso era lo que pensaba entonces. Sobre todo cuando lo comparaba con aquello que yo estaba haciendo: dedicarme al oficio teatral a golpe de intuición, empujando desde la entraña, al calor de la hoguera colectiva, sin que ninguna voz académica dijera lo que estaba bien y lo que estaba mal. En cambio, los músicos eran guiados por maestros que habían recorrido el mismo sendero, por consejeros hábiles capaces de compartir el enigma que convierte el ruido en dulce melodía. Su evolución parecía seguir una deseada regla de tres: tanto ensayas tanto mejor lo haces. En mi caso me parecía que no era así: entre tanta pasión e incertidumbre había momentos en que no por mucho trabajar se veían mejores resultados. En los periodos de flaqueza añoraba la soledad del músico frente a su instrumento, al que me imaginaba depurando paulatinamente el sonido de su herramienta.

Tiempo después me he dado cuenta de que la cuestión no es así de simple. Los músicos, pese a las particularidades que tiene su disciplina, atraviesan similares dificultades a las que se viven en teatro. El jeroglífico que esconde la receta que convierte el trabajo y la pasión en admirable arte no puede descifrarse en ninguno de los dos oficios. Elocuente resultó a este respecto lo que me dijo un amigo que se dedica a la batería: "Una cosa es tocar y otra sonar. Hay muchos músicos que tocan, pero sólo unos pocos suenan". Lo dijo y se hizo el silencio que va después de toda frase magnética. Quería saber más. Pero al preguntarle la diferencia entre tocar y sonar, no supo darme explicaciones concretas. Lógico. Quería que me resolviese el jeroglífico, algo que evidentemente no fue posible. Tampoco insistí mucho: a veces explicar las cosas acaba por destruirlas. Poco después sí hubo ciertos indicios que me quedaron claros: el tocar guarda todo lo relacionado con la técnica, la colocación de las manos, el trato del instrumento, la riqueza del rango musical... Por su parte el sonar contiene, además de los aspectos puramente mecánicos, aquello que es intangible, lo que en teatro se designa con diversos nombres: el alma, el duende, el talento, la magia...

A vueltas con esto, he escuchado el discurso de Riccardo Muti, director de orquesta italiano, con motivo de un premio que ha recibido recientemente. Entre jocosas anécdotas Muti decía que dirigir no es sólo marcar los tiempos a los músicos, como puede pensar una mayoría. Eso está al alcance de cualquiera. Dirigir, según decía, es mucho más complejo. Significa extraer los sentimientos de los instrumentistas y hacer música con ellos, implica destilar y compartir el mundo sensorial que se esconde en las notas. Y eso es algo que no está sometido a reglas fijas, que no se puede aprender si a favor no sopla el viento del talento y del misterio. Por eso, concluía Muti, dirigir una orquesta es uno de los oficios más difíciles que existen.

Tiro de esta madeja y pienso en este oficio nuestro, en cómo interpretamos las notas en nuestro particular atril, en los mecanismos que hacen que las palabras, los cuerpos, el espacio y el sonido alcen el vuelo y puedan comunicar al espectador palpitando. ¿Cuál es el secreto de esta sublimación? En el trabajo de un actor la expresión concreta de los sentimientos yace en la utilización que hace del tiempo y del espacio con su cuerpo y su voz. Sus acciones físicas y vocales son la partitura que debe hacer sonar. La paradoja está en que si el actor se limita a repetir movimientos, tonos de voz o supuestas intenciones, entonces su expresión, falta de vida, se estanca en lo mecánico. El actor que sólo ejecuta toca las notas pero no las hace sonar. El director se enfrenta a un peligro similar: podrá ordenar con criterio buenos ingredientes en su puesta en escena, pero crear una armonía subyugante que atrape la atención del espectador requiere un algo que no se recoge en ninguna ley conocida.

Durante años deseé tener recetas mágicas que me asegurasen resultados óptimos en las creaciones. Secretamente ansiaba un método cómodo y eficaz que diese frutos con poco esfuerzo y menos riesgo. Ahora, escuchando a grandes maestros, entiendo que crear está más cerca de un salto al precipicio que de un confortable paseo sobre piso firme. Tal vez, como dice Muti, nuestro impulso en este salto no sea suficiente para alcanzar la otra orilla, aquella etérea orilla donde reside la creación que ensoñamos. Pero saber que en el camino de toda actividad artística, sea en teatro, en música u otra disciplina, hay un espacio sin terreno sólido donde apoyarse con seguridad, es algo que alivia cuando se está en mitad del vuelo. Algo que además te permite mirar al frente y no al suelo.

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