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Mié, Oct

Foro fugaz | Enrique Atonal

Las promesas en el inicio de la temporada teatral parisina suelen ser inmensas, aunque las realidades a veces resultan decepcionantes. Como dicen los entendidos, más vale el deseo que la saciedad; el gusto por ir al teatro puede ser más importante que el resultado final de una pieza. Aunque sin riesgo no hay teatro, precepto que vale para público y actores, por esto mismo debemos arriesgarnos a ir al teatro, diversión y conciencia, goce y crítica inmediata. 

 

Las tendencias en esta temporada en París van hacia el teatro social, encabezado por Los Náufragos (Les Naufragés), obra basada en un texto antropológico de Patrick Declerck publicado en 2002, adaptado y dirigido por Emmanuel Meirieu. Los Náufragos son aquellos que han quedado como residuos de una sociedad que los deja de lado, hombres y mujeres que han dejado de existir y deambulan como sombras por los pasillos del metro. Este texto nace de la experiencia como psicoanalista de Declerck, quien pasó 15 años trabajando con clochards, los sin techo, sdf, sin domicilio fijo, con los desamparados de la gran ciudad. Él creó el primer centro de atención psiquiátrica para vagabundos en Francia, y de esa experiencia surgió su libro, y ahora el espectáculo. Traduzco una parte del texto de la obra: 

Tienen un olor que voy a recordar toda mi vida: agrio, nauseabundo, que te atrapa por la garganta, impregna tu piel y tu ropa; un olor de axilas e ingles, de pies purulentos que no se han descalzado en semanas. Seguí a los clochards de París en la calle, en el metro, en los albergues, en los hospitales. Trabajé con ellos para aliviarlos, sin lograr sanar a ninguno. Los odié, casi siempre. Apestan a mugre, a desolación y vino barato; hieden a odio, rencor y resentimiento. Se roban entre ellos, aterrorizan a los más débiles, violan a sus mujeres. Pero en ese medio no sólo encontré odio. Por eso estuve con ellos tanto tiempo, observándolos, escuchándolos, tratando de ayudar en lo que podía. Por esta misma razón ciertas noches los extraño, un poco. Los recuerdos se mezclan, los muertos y los vivos, los muertos en vida, aquellos con los que crucé apenas una palabra, una curación, un analgésico o un bocadillo caliente.”

Los Náufragos debe ser un reto para el público, una llamada de conciencia muy dura que se presenta en un teatro emblemático de París, Les Bouffes du Nord. Aunque presiento que enfrenta dos retos. El primero es que no estoy muy seguro de que esta denuncia cambie en nada el destino de los desamparados: son los que han salido del circuito de la sociedad y para ellos no parece haber remedio; pero también son los inmigrantes que precisamente naufragan en Francia, específicamente en París, en su camino hacia Inglaterra, una isla con su muralla acuática que nunca va a recibirlos. Un problema al parecer sin solución como lo sugiere el texto. Tal vez director y público alivien sus conciencias, pero el problema seguirá aquí, y se incrementa día con día como sabemos por las informaciones. 

El segundo problema tiene que ver con la forma teatral: un actor en escena que narra ante un micrófono un texto ilustrado con una serie de situaciones que una pantalla reproduce con videos de personajes reales. Es una fórmula que no acaba de convencerme. Estática, casi periodística, y para mi gusto, poco teatral (aunque insisto, sólo he visto avances de la obra en video). Me parece más creativa la forma en que el italiano Pippo Delbono integra en sus obras a varios personajes desclasados para crear una ficción. La fuerza en escena es más real de lo que algunos suponen. 

Los Náufragos (Les Naufragés) se presenta en París hasta el mes de octubre, en el teatro Des Bouffes du Nord. 

Otro espectáculo que se estrena en estos días en París es Julio César, de William Shakespeare, por la compañía de la Comedia Francesa dirigida por Rodolphe Dana. Recordemos que esta compañía es la más antigua de Europa y que ha trabajado durante más de tres siglos sin interrupción, heredera directa del grupo de actores de Molière. 

Lo interesante de esta versión de Julio Cesar es que el papel principal y otros son interpretado por mujeres. Esta feminización de algunos personajes de Shakespeare ya había sido presentada por Ivo van Hove en el Festival de Aviñón, en una evocación del poder actual de las mujeres, y ver como El Poder no tiene distinción de sexo ni de edades. Manipula a todos por igual. 

Aquí ocurre lo contrario del teatro isabelino, en donde los papeles femeninos eran interpretados por hombres, o en el Teatro Kabuki en donde hay una especialización de los personajes femeninos interpretados por hombres. Tal vez ahora haya esa tendencia de feminizar a los personajes de Shakespeare; en el caso del montaje de Ivo von Hove era claro señalar que el poder se ha feminizado en la vida pública en general, y como las obras en este caso ganan en actualidad. 

Veremos qué es lo que sucede con los magníficos actores de la Comedia Francesa cuando Martine Chevallier interprete a Julio César y Georgia Scalliet a Marco Antonio. No obstante el traidor Brutus, es interpretado por un hombre, Nâzim Boudjenah; en general la obra es interpretada por diez comediantes, cinco hombres y cinco mujeres. Pero no hay que sorprenderse del todo, en Francia grandes actrices del siglo XIX interpretaron papeles masculinos, como Sarah Bernhardt o Virginie Déjazet, así que no es raro que ahora los papeles se inviertan. Sobre el travestir en el teatro hablaremos en la próxima crónica.  

Julio César de Shakespeare, dirección de Rodolphe Dana, por la compañía de la Comedia Francesa en el teatro du Vieux Colombier.