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Vie, Oct

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

La palabra profesionalidad suena a golpe de mazo. Sea dicha como exigencia ante cualquier nuevo proyecto o puesta como meca a alcanzar por cualquier colectivo, la palabra adquiere una trascendencia como pocas otras. Tan grande y elocuente ella, alberga en un sólo sonido la exquisitez de lo que se trata, la eficacia de lo que se ejecuta, y la depuración de lo que se acaba. Y todo ello a cambio de una remuneración económica que, en justicia, dignifique la actividad realizada. Ahí es nada. Todo parece estar ahí.

Abierta con el bisturí lingüístico, la profesionalidad guarda dos ideas diferentes. Por un lado la noción de oficio entendido como artesanía, como una actividad que por experiencia, ilusión y sabiduría es desarrollada con competencia y meticulosidad bajo estrictos criterios de calidad. Profesionalidad es aquello a lo que nos remite la propia palabra oficio cuando se disecciona, ya que oficio viene del latín “opificium” (compuesta por “opus”, obra, y “facere”, hacer) que significa hacer una obra. Ser profesional es, por tanto, tener oficio, tener una obra por hacer a la que se le brindará tiempo, atención y detalle. Y por otro lado está la profesionalidad entendida como trueque, como un servicio por el que se recibe una retribución que contrapesa el esfuerzo y la dedicación. En este sentido la profesión es lo que en euskera se denomina “ogibide”, literalmente camino para el pan, aquello que cotidianamente se llama trabajo, esto es, la actividad que da sustento.

En condiciones ideales oficio y trabajo deberían coexistir y complementarse. Sin embargo en condiciones reales, y más en estos tiempos donde la adversidad supera a la realidad, cuando lo ideal se confunde con lo utópico y la normalidad es algo sólo improbable, oficio y trabajo pocas veces coinciden. Pocas veces coinciden -el matiz es necesario- para formar un equilibrio armónico, una suerte de simbiosis que haga del profesional un mejor artista, en el sentido más puro e integral. Quien prima la elaboración de obras respondiendo con honestidad a un impulso artístico interno, tiene difícil ganarse la vida con ello; quien busca una manutención suficiente por medio del arte escénico, frecuentemente se halla ante la imposibilidad de dedicar la energía necesaria a aquellas creaciones que más lo merecen. La balanza de lo profesional se hunde por los extremos.

La situación aunque descorazonadora, no es nueva. Ganarse la vida haciendo teatro es complicado, pero lo verdaderamente difícil es ganarse la vida haciendo el teatro que uno desea. Ya lo decía Meyerhold en sus tiempos, en una frase a la que me gusta recurrir: “Me pagan para hacer el teatro que no quiero, y en cambio tengo que poner de mi dinero para hacer el teatro que yo quiero”. La solución que insinúan sus palabras es loable. Descargar de responsabilidad alimenticia a aquello que brota con afán exclusivamente creativo y buscar, ya sea dentro del ámbito de la escena o fuera de él, una actividad que soporte dicha carga. Meyerhold, pongamos por caso, dirigía teatros imperiales para después, clandestinamente, consagrar el resto de su conocimiento y de sus bienes a pequeños laboratorios donde daba molde al teatro que anhelaba. Otro ejemplo tan curioso como reluciente es el de Eduardo Pavlovsky que desde sus inicios compagina su consulta de psicoanálisis con el teatro. El objetivo no por complejo deja de ser claro: hallar la subsistencia por otros medios para construir una muralla de tiempo y respeto que resguarde la obra en ciernes.

Frecuentemente la profesionalidad es la meta para quienquiera que empieza, pero cuando la supervivencia depende de ello se convierte en un territorio depredador. Por la descompensación entre la oferta y la demanda, las posibilidades de presentar el trabajo propio en condiciones dignas son exiguas. En casa, por algún decreto no escrito, las oportunidades son aún más escasas. Dentro y fuera, los ojos que nacieron enemigos miran con mayor recelo. Hay pocos regalos que no tengan precio. Las presiones económicas, entre tanto cobro retrasado y tanto pago pendiente, tienden a ser peores que las previsiones más pesimistas. Llenar el estómago manda y enseguida se percibe que aquello que a uno le gusta no es lo que más beneficios acarrea. Por la grieta que se abre entre lo que se quiere hacer y lo que se debe hacer empiezan a caer las ilusiones. Para cuando uno se da cuenta, los problemas flotan a la altura del cuello y en las actividades que se desarrollan ya no se reconoce el sueño por el que tanto se ha luchado.

Afortunadamente, lo apuntado arriba no es la situación universal. Hay excepciones, colectivos y personas, que en la conjunción de oficio y trabajo han construido verdaderos modelos de profesionalidad. Son excepciones que merecen ser aplaudidas hasta que las palmas se vuelvan rojas. El resto, la mayoría, se enfrenta a una encrucijada que al menos provisionalmente, siquiera como transición a un futuro mejor, debe saber resolver si no quiere ser engullido en el camino. Si a mí me preguntan por la disyuntiva, mi opción es clara. En el arte la profesionalidad se construye en la intimidad, empezando por el oficio.