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Lun, Jun

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

La palabra profesionalidad suena a golpe de mazo. Sea dicha como exigencia ante cualquier nuevo proyecto o puesta como meca a alcanzar por cualquier colectivo, la palabra adquiere una trascendencia como pocas otras. Tan grande y elocuente ella, alberga en un sólo sonido la exquisitez de lo que se trata, la eficacia de lo que se ejecuta, y la depuración de lo que se acaba. Y todo ello a cambio de una remuneración económica que, en justicia, dignifique la actividad realizada. Ahí es nada. Todo parece estar ahí.

Abierta con el bisturí lingüístico, la profesionalidad guarda dos ideas diferentes. Por un lado la noción de oficio entendido como artesanía, como una actividad que por experiencia, ilusión y sabiduría es desarrollada con competencia y meticulosidad bajo estrictos criterios de calidad. Profesionalidad es aquello a lo que nos remite la propia palabra oficio cuando se disecciona, ya que oficio viene del latín “opificium” (compuesta por “opus”, obra, y “facere”, hacer) que significa hacer una obra. Ser profesional es, por tanto, tener oficio, tener una obra por hacer a la que se le brindará tiempo, atención y detalle. Y por otro lado está la profesionalidad entendida como trueque, como un servicio por el que se recibe una retribución que contrapesa el esfuerzo y la dedicación. En este sentido la profesión es lo que en euskera se denomina “ogibide”, literalmente camino para el pan, aquello que cotidianamente se llama trabajo, esto es, la actividad que da sustento.

En condiciones ideales oficio y trabajo deberían coexistir y complementarse. Sin embargo en condiciones reales, y más en estos tiempos donde la adversidad supera a la realidad, cuando lo ideal se confunde con lo utópico y la normalidad es algo sólo improbable, oficio y trabajo pocas veces coinciden. Pocas veces coinciden -el matiz es necesario- para formar un equilibrio armónico, una suerte de simbiosis que haga del profesional un mejor artista, en el sentido más puro e integral. Quien prima la elaboración de obras respondiendo con honestidad a un impulso artístico interno, tiene difícil ganarse la vida con ello; quien busca una manutención suficiente por medio del arte escénico, frecuentemente se halla ante la imposibilidad de dedicar la energía necesaria a aquellas creaciones que más lo merecen. La balanza de lo profesional se hunde por los extremos.

La situación aunque descorazonadora, no es nueva. Ganarse la vida haciendo teatro es complicado, pero lo verdaderamente difícil es ganarse la vida haciendo el teatro que uno desea. Ya lo decía Meyerhold en sus tiempos, en una frase a la que me gusta recurrir: “Me pagan para hacer el teatro que no quiero, y en cambio tengo que poner de mi dinero para hacer el teatro que yo quiero”. La solución que insinúan sus palabras es loable. Descargar de responsabilidad alimenticia a aquello que brota con afán exclusivamente creativo y buscar, ya sea dentro del ámbito de la escena o fuera de él, una actividad que soporte dicha carga. Meyerhold, pongamos por caso, dirigía teatros imperiales para después, clandestinamente, consagrar el resto de su conocimiento y de sus bienes a pequeños laboratorios donde daba molde al teatro que anhelaba. Otro ejemplo tan curioso como reluciente es el de Eduardo Pavlovsky que desde sus inicios compagina su consulta de psicoanálisis con el teatro. El objetivo no por complejo deja de ser claro: hallar la subsistencia por otros medios para construir una muralla de tiempo y respeto que resguarde la obra en ciernes.

Frecuentemente la profesionalidad es la meta para quienquiera que empieza, pero cuando la supervivencia depende de ello se convierte en un territorio depredador. Por la descompensación entre la oferta y la demanda, las posibilidades de presentar el trabajo propio en condiciones dignas son exiguas. En casa, por algún decreto no escrito, las oportunidades son aún más escasas. Dentro y fuera, los ojos que nacieron enemigos miran con mayor recelo. Hay pocos regalos que no tengan precio. Las presiones económicas, entre tanto cobro retrasado y tanto pago pendiente, tienden a ser peores que las previsiones más pesimistas. Llenar el estómago manda y enseguida se percibe que aquello que a uno le gusta no es lo que más beneficios acarrea. Por la grieta que se abre entre lo que se quiere hacer y lo que se debe hacer empiezan a caer las ilusiones. Para cuando uno se da cuenta, los problemas flotan a la altura del cuello y en las actividades que se desarrollan ya no se reconoce el sueño por el que tanto se ha luchado.

Afortunadamente, lo apuntado arriba no es la situación universal. Hay excepciones, colectivos y personas, que en la conjunción de oficio y trabajo han construido verdaderos modelos de profesionalidad. Son excepciones que merecen ser aplaudidas hasta que las palmas se vuelvan rojas. El resto, la mayoría, se enfrenta a una encrucijada que al menos provisionalmente, siquiera como transición a un futuro mejor, debe saber resolver si no quiere ser engullido en el camino. Si a mí me preguntan por la disyuntiva, mi opción es clara. En el arte la profesionalidad se construye en la intimidad, empezando por el oficio.

 

 

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NOVEDADES EDITORIALES

Los cinco continentes del Teratro

Querido lector, quisiera contarte aquí cómo nació la idea de este libro porque el origen, como sabes, es al mismo tiempo, el inicio y el fundamento. A fines del siglo pasado, estábamos sorprendidos de que nuestro libro El arte secreto del actor. Diccionario de antropología teatral –publicado por primera vez en 1983– continuara siendo editado y traducido en diferentes idiomas. Probablemente resultó eficaz su fórmula simple en la que textos e imágenes tienen la misma importancia, y uno constantemente remite al otro; las ilustraciones se volvían protagonistas para sostener un nuevo campo de estudios, la antropología teatral ideada por Eugenio. Si como estudioso del teatro yo había colaborado con la antropología teatral, ahora le pedía a Eugenio su participación en la vertiente de la Historia, con un libro que imaginábamos como un complemento del precedente. Aun teniendo que decidir toda la organización del libro, me respondió que era una buena idea y me propuso que los argumentos giraran en torno a las técnicas, nunca lo suficientemente estudiadas, de los actores.
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Puntos de vista

Es un privilegio el poder dar a conocer el trabajo que desde finales de los años 60 Suzanne Osten ha desarrollado tanto en Suecia como en el resto del mundo, a través de presentaciones, giras, conferencias y workshops. El alcance de la obra de Suzanne se se debiera condensar en unas pocas palabras toda su obra hablaría de: riesgo, compromiso, comunicación, lucha y una inalterable apuesta por los olvidados dentro de los olvidados: los niños. Y junto a ellos los jóvenes. Es a ellos a los que Suzanne ha dedicado una enorme parte de su actividad creadora.
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Poética del drama moderno

El objeto de esta obra es el de definir el nuevo paradigma de la forma dramática que aparece hacia 1880 y que continúa hasta hoy en las dramaturgias contemporáneas. Se tiende así un puente entre las primeras obras de la modernidad en el teatro como las de Ibsen, Strindberg o Chejov, y las más recientes, ya se trate de las obras de Heiner Müller, Bernard-Marie Koltès o Jon Fosse. Jean-Pierre Sarrazac desvela la dimensión rapsódica del drama moderna: una forma abierta, profundamente heterogénea, en la que los modos dramático, épico y lírico, e incluso argumentativo (el diálogo filosófico que contamina al diálogo dramático), no dejan de ensamblarse o de solaparse. Lejos de compartir las ideas de “decadencia” (Luckàcs), de obsolescencia (Lehmann) o de la muerte del drama (Adorno), Poética del drama moderno dibuja contornos, siempre en movimiento, de una forma la más libre posible, pero que no es la ausencia de forma.
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La zanja

¿En qué momento compartimos el viaje que nos hizo ser tan iguales? ¿Cómo reprocharnos y atraernos tanto? La respuesta está en el tiempo pasado, en nuestros ancestros, en el recuerdo común que permaneció oculto. Porque en definitiva, hemos heredado las acciones de unos hombres sobre otros y las influencias sobre el colectivo. La Zanja refleja el encuentro entre dos mundos, ese ciclo infinito que se repetirá una y otra vez. Es un trabajo exhaustivo de creación, surgido de la documentación de las crónicas de la época y nuestros viajes al Perú actual.
Precio : 10€

Pasarela Senegal

En enero de 2007 el diseñador Antonio Miró presentó en la Pasarela de Barcelona un desfile no exento de polémica con ocho inmigrantes sin papeles y una escenografía con una patera y cajas. De tal acontecimiento le surge la idea de la obra a López Llera, quien, a raíz del suceso siente la necesidad de reflexionar sobre el papel del artista en la sociedad del espectáculo2, sobre la validez y efectividad de las denuncias sociales a través del arte y sobre el sentido de su propia escritura. La pieza constituye una magnífica denuncia dramática de la banalización de la cultura y del espectáculo.
Precio : 10€

Hacia una poética del arte como vehículo de Jerzy Grotowski

La reinvención de Pere Sais ondea en el título de la obra: Hacia una poética del arte como vehículo. Grotowski, como se sabe, imaginaba que la “cadena” de las performing arts podía mantenerse tensa entre dos extremos: el arte como presentación por una parte y el arte como vehículo en el extremo opuesto. Al hablar de poética del arte como vehículo se realiza un salto epistemológico.
Precio : 24€