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Mar, Nov

Foro fugaz | Enrique Atonal

La escena es un punto de reunión en el que se concentra la atención de varios siglos en un instante único; una puerta al otro mundo, encuentro de vivos y espectros, espacio de liberación del inconsciente colectivo, voces de otras épocas que resuenan en nuestro presente, absolutas, contundentes, voraces. 

 

Un día un amigo que acababa de morir me pidió en sueños que le prestara mi cuerpo. No accedí y de inmediato suspendí esa realidad, me desperté. Así los actores, son los intermediarios que prestan su cuerpo a potencias desaparecidas que reviven en el lapso de una representación. Así ha sido desde las dionisiacas griegas, cuando la comparsa delirante por el vino y la adoración al dios recitaba oraciones que revivían la sacralidad oculta en ritos exaltados y exhibicionistas. 

Los actores asumen personajes que viven en memorias de papel, es decir potencias que cobran vida con el aliento corporal. Aliento, soplo de vida, respiración, ying – yang de la existencia en este mundo que se condensa en el espacio calibrado del teatro. Los personajes cobran vida con la potencia vital del actor; Peer Gynt, Fausto, don Juan, Ricardo III, Enrique IV, Tartufo… vida en un presente que parece eterno, y que rápidamente se desvanece al conjuro de aplausos que buscan dispersar esos espíritus convocados en el tiempo de una representación. 

Pero la unión de realidades no sólo existe en el despertar de personajes que duermen en las bibliotecas o en el inconsciente colectivo. También son apariciones en los escenarios de acuerdo con el desarrollo del drama: los más espectaculares son los Shakespeare: Macbeth y sus brujas, Ricardo III y sus víctimas, Hamlet y su padre que exige venganza y la recuperación del reino, fantasmas que otros medios, otras artes utilizan pero que en el teatro recobran la vida al compás de los actores que entran en trance. Muertos que regresan a este mundo para saldar cuentas, para hablar con los vivos, para exigir derechos, para representar y existir… 

El teatro está hecho de estas presencias, de estas evocaciones sin tiempo, de estos delirios que vencen el enigma máximo, es su fuerza y su razón de ser: vencer a muerte. En el cine también se logra esta fluidez, pero el cine de suyo es espectral, en cambio el teatro es vida directa, respiración conjunta, los espectros respiran nuestro aire, mientras nosotros respiramos la tragedia, la comedia, la vida en escena. El cine es luz y sombra proyectada en una pantalla; el teatro aliento en un mismo espacio, riesgo escénico, vida directa, ahí estamos. 

Pensemos en el Teatro Noh japonés, una reunión de espíritus que acceden al caminar por el camino de la flor para llegar a la intimidad del espectador. Su presencia física en un escenario representa las fuerzas incomprensibles del ser humano. No se necesita ser creyente de ninguna religión, los espíritus están ahí y comulgan con los vivos. Todo es teatro, todo es sombra, coreografía de la ilusión, voces de otro mundo, danza alquímica. 

En el cine pasa lo mismo; cuando vemos alguna película clásica estamos ante una reunión de espectros, en blanco y negro, a colores, con el parpadeo original de la proyección. Nadie se sorprende, pero son ánimas evocadas, vivas el tiempo de la proyección, jóvenes y apasionadas, evoco nombres y rostros, fantasmas de mi juventud, en las películas vintage que conservan una época. Pero desde su primera proyección el cine es ensueño.  

Así son los espectros que aparecen en el teatro, los personajes que nunca mueren. El teatro es un oficio de personajes, lo demás son aproximaciones,  personajes que nos marcan y se convierten en arquetipos. No hay de otra. Los personajes hacen al teatro, desde Edipo y Antígona hasta los más recientes Cyrano de Bergerac, Hedda Gabler, Ricky Roma, Yerma… Arquetipos, fuerzas de la naturaleza, el más allá que aparece en ese espacio reducido que sintetiza las realidades: el escenario, sitio del encuentro, presente absoluto, el hoy y aquí.