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Vie, Sep

Y no es coña | Carlos Gil

Voy a intentar colocarme en una burbuja que me proteja del ruido electoral. En Lleida, convertida de nuevo como hace ya tres décadas en una huerta poblada por mágicos personajes que crecen de la tierra, vienen del aire y se sustentan en la imaginación de miles de niños y niñas acompañados por sus tutores incitadores, la calle estaba repleta de personal, los que iban y venían de los espacios donde se programaba la Fira de Titelles y los que ocupaban su ciudad como otro sábado cualquiera para ir de compras, y en esa fusión de cuerpos moviéndose por las calles uno encuentra los motivos de divagación sobre la real importancia de nuestras artes mayores o menores, y de quienes lo pueden hacer.

Y estoy notando algo que seguramente es fruto de un complejo de fin de partida. Es decir, cuando uno nota que por delante tiene unos años de vida en los que los planes se deben tasar con mucha precisión, cree que poco de lo hecho se sostiene, que el pasado o lo magnificamos o los fundimos en un presente que parece no venir de ningún lugar. No estoy hablando de la vejez, de la decrepitud, sino de algo peor, del adanismo cultural, teatral, que tiene que ver con una tradición no valorada como es la transmisión de la experiencia, de la maestría, el aprendizaje. A día de hoy, la juventud parece ser un valor totalitario. Matizamos.

Y hay que apoyar a la juventud, sin dudas, pero para que existan ferias, hoy, otros, desde muchos ámbitos, pelearon, pactaron, buscaron complicidades para empezar con la primera, en ocasiones con todo en contra y que se cometieron muchos errores, algunos los hemos señalado, creemos que se debe repensar todo, volverse a plantear nuestro sistema cultura, el entramado jurídico institucional y buscar objetivos socio-culturales más claros, progresistas, adecuados a nuestro siglo. Pero no desde cero. Porque es imposible y porque uno siente que los que parecen empezar de cero, empiezan de menos mil criterios éticos, políticos, culturales, y solamente se atienen a su circunstancias sin mirar más allá.

Vengo de estar rodeado de esperanzas de teatro de objetos, de creaciones muy sugestivas y también mucha inercia, mucha reiteración, un eterno retorno, quizás sea por el momento actual de incertidumbre, porque los públicos más menudos van muy dirigidos a los teatros, pero he notado eso, o es muy bueno, o es muy vulgar, sin muchos valores artísticos ni técnicos, ni estéticos. Quizás sea mi mirada, mi selección, pero salgo con esa rara sensación.

Y algo más, hay renovación. Hay gente nueva en las instituciones, en las compañías. Hay una especie de recambio, de renovación. No quisiera ahondar en las posibles motivaciones de esta situación. Es muy cansado a ciertas edades seguir haciendo seiscientos kilómetros para cada actuación, los viejos creadores dejan el primer plano, se dedican, en el mejor de los casos, a mantener su creación previa, no su ejecución, y en esta renovación uno siente ese dolor profundo de que se trata no de una acción prevista y planificada sino una manera de subsistir. Sucede en todos los ámbitos, en el periodismo se despiden o jubilan anticipadamente a los periodistas de mayor enjundia, con muchos quinquenios y cuando se busca el recambio, que no es siempre, se busca a alguien tierno, en formación y en reivindicación, muy maleable, que no tiene más memoria que su consulta a Google. Me temo que en las artes escénicas pueda pasar algo parecido, si no es que está pasando o ya ha pasado y se instaurada esa misma política de desgaste y descapitalización.

Y hablando del otro teatro, del que se hace en la oscuridad, en las salas, para públicos adultos, de drama, o comedia, ahí también ha llegado esa juventud, esas caras y cuerpos nuevos, pero además con una paradoja añadida, o al menos uno así la siente, en los escenarios hay mucha juventud, televisiva, guapa, de portadas de revista, pero es las plateas pintamos demasiadas canas. Hay una distancia generacional entre quienes hacen teatro y quienes lo disfrutan. Y eso también necesita atención. Y creo que de manera urgente. A no ser, que también es posible, que sea una simple alucinación de este cronista vegetativo.