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Mié, May

Y no es coña | Carlos Gil
Cuatro verbos y dieciséis adjetivos, un latinajo y medio y doscientos gramos de retórica que recubra la idea obsoleta y reiterada es una de las recetas imprescindibles para circular por algunos circuitos. La realidad cultural, teatral, su implicación con la sociedad, su incidencia política, su auténtica incidencia en el futuro no importan. Cuando los teóricos se llaman académicos se hacen secta impenetrable y crean microcosmos ficticios autoalimentados por los dineros públicos. Se creen que ellos, como dominan cuatro palabras robadas, se inventaron el Teatro, y muy especialmente aquellos seres que siguen haciendo del Teatro algo vivo, transformador, aun dentro de sus limitaciones macros, en lo más importante para el futuro, lo micro, a cada persona que forma parte de ese bien indefinible que se llaman públicos, es decir espectador a espectador, insisto, persona a persona.

Así que atentos todos, sálvese quién pueda. Los incendios provocados por los pirómanos neoliberales los apagan con gasolina de mercado de bajo octanaje. No hay nada nuevo a la vista, las no soluciones que han servido para enriquecer a unos pocos y empobrecer a todos, se mantienen, el desequilibrio se va a acentuar, la distancia entre quienes van a seguir infectando los escenarios con teatro recargado de pasado artístico putrefacto y quienes con sus propuestas inocentemente de vanguardia intentan explicar esta sinrazón con formas y sus palabras sincopadas como golpes de corazón bailando. Los académicos, mientras tanto, dan fotocopias leídas de sus no ideas para perpetuar su especie.

Los charlatanes tenemos ya los días contados. No nos dejarán vender crecepelos por las esquinas ni de Internet. Hay que poner una manta de amianto para que no se vea, no se oiga, nadie pueda escuchar el grito de socorro de unas artes escénicas abandonadas por sus parásitos, carcomidas por su complacencia, infectadas por la desidia del nuevo rico que ha perdido en bolsa. No señalemos más a los políticos, sino a sus cómplices. Demos un respiro a los funcionarios y fijémonos con los que les adulan y les bailan el agua. Son legión los que han crecido a la sombra de un árbol que daba frutos corruptos. Ahora se proponen para llevar la pancarta. No buscan una solución sino una reparación de su propio estatus perdido o a punto de desaparecer.

El Teatro nos sobrevivirá, que nadie se lleve a engaño. Nuestro compromiso histórico es dejar las condiciones apropiadas para que su crecimiento sea sostenible, beneficioso para la sociedad, ese ente compuesto por personas que se junta para ir al fútbol o al teatro. Insisto, desde su inmensa pequeñez, desde lo micro. Y quien hable de economía de escala, lo expulsamos de una puñetera vez del templo. Me temo que nos han dejado solos, no tenemos teóricos, ni líderes, ni partidos ni sindicatos que tomen la iniciativa. Tendrá que ser desde la base, entre todos, quienes organicemos el futuro inmediato, sin padrinazgos ni actitudes de paternalismo. Entre todos podemos, porque la otra no solución es la suicida sálvese quien pueda.