Sidebar

19
Lun, Ago

Mirada de Zebra | Borja Ruiz
Alguien dijo que naciendo y muriendo solos, el resto de la vida consiste en buscar con quien compartir esa soledad. Parece un tema muy actual este de la soledad, una marca de la casa de estos tiempos modernos, pues es fácil concluir que cada nuevo avance, con la coartada de facilitarnos la existencia, tiende a aislarnos cada vez más. Echen cuentas: ¿Cuánto tiempo comparten con máquinas y cuánto con sus paisanos? ¿Pasan más tiempo frente a una pantalla o frente a un rostro? ¿Por cada conflicto que resuelven por correo electrónico o teléfono móvil, cuántos solventan cara a cara? Aplicando esta perspectiva, uno se erige sin dificultad en un mártir de cartón, en un plañidero superficial, en una supuesta víctima indefensa de la forma de vida actual, como si la soledad fuese un mal endémico de este periodo ultra-tecnológico. Sin embargo, a poco que se eche la mirada atrás, nos damos cuenta de que la soledad, en su versión oscura y destructiva, es algo que acompaña al humano desde que tiene memoria. Muchos dicen que el arte, en cierto sentido y en sus múltiples formas, es una estrategia para aplacar esa soledad patológica. Podríamos pensar en consecuencia, amparados en esta solitaria cotidianidad nuestra, que es ahora cuando el arte mitiga el aislamiento más que nunca, pero en realidad lo hace desde mucho tiempo atrás, desde cuando las casas eran grutas.

Siempre que se analiza el arte prehistórico se concluye que aquellas expresiones, cuyas huellas hoy son pinturas rupestres o megalitos, tienen un componente religioso fundamental. Es sencillo imaginar que el humano de entonces se sintiese pequeñito y desamparado ante una Naturaleza salvaje y caprichosa de la que tanto dependía para sobrevivir, y que buscase su favor por medio de eso que llamamos arte. Nadie discute que el arte primigenio guardaba un impulso trascendente para comunicar con ese más allá que hoy unos llaman Dios, otros Destino y otros Azar. Sin embargo, frente a esta función de índole religiosa, se suele obviar otra función que los antropólogos cada vez enfatizan más: el hecho de que el arte también servía como instrumento de cohesión social, o dicho de otro modo, para hacer tribu, para juntar soledades y hacer que se desvanezcan. Ello habría dado al arte una ventaja evolutiva, pues permitía a las personas funcionar en grupos bien avenidos y hacer frente a las vicisitudes de la supervivencia con mayor eficacia.

Quienes estudian el arte prehistórico lo hacen examinando pinturas y esculturas, pues éstos son los únicos vestigios que han sobrevivido al tiempo. No obstante, hay consenso en afirmar que, de la misma manera que se pintaba o se esculpía, también se danzaba, se tocaba música o se representaba, si bien esto último no se ha registrado en ninguna pared ni en ninguna piedra. Hay estudiosos que incluso creen que los murales pintados de las cuevas se llevaban a cabo durante rituales tribales donde convergían simultáneamente la música, la danza y la representación (¡La multidisciplinariedad y el mestizaje de lenguajes no serían pues tan modernos como pensamos!). Por tanto, cuando se dice que el arte prehistórico servía para cohesionar y fortalecer las estructuras colectivas, habría pues que incluir la danza, la música o la representación.

Recientemente varios neurólogos han tratado de observar la relación entre la danza, el canto y la cohesión social en un nivel más pequeño, ampliando el zoom, observando lo que sucede a nivel biológico. Estos estudios intuyen algo que bailarines, actores y cantantes saben desde hace tiempo: que danzar o cantar en grupo es una manera de poner en sincronía las emociones. Al tiempo que sincopamos un movimiento sobre una música con un compañero, al tiempo que armonizamos las voces en una melodía con una compañera, tendemos a unificar lo que sentimos. Cantar y danzar en coro es una manera de consensuar sentimientos sin que medien las palabras, una estrategia que sintoniza las almas en una misma frecuencia para que el colectivo pueda actuar de forma unitaria ante cualquier evento. Cantar y danzar es pues comunicar lo intangible, lo que nace sin nombre, aquello que permanece en silencio hasta que se hace pirueta, melodía o grito, una expresión que convierte los cuerpos y las voces en olas de un mismo mar sin deriva. Cantar y danzar para no perderse en la soledad. Una bella idea. Hay quien incluso tiene la fortuna de hacer profesión de ella.