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Mié, Oct

Y no es coña | Carlos Gil

Algunas veces puede parecer que el teatro de humor esté estigmatizado. Es como si cundiera una especie de apriorismo entre ciertas capas de la crítica o de la opinión publicada que nos dijera que lo serio, lo que cuenta, lo que realmente tiene importancia es el drama, la tragedia y que lo de hacer reír es una cosa menor. Y nada más lejos de nuestra postura ante las artes escénicas. Ni ante la vida. Ni siquiera ante la política.

Es más, creemos firmemente que unas gotas de cinismo cáustico sobre la realidad ayudan muchas veces a darle profundidad a los asuntos tratados en el papel o sobre la escena o en el celuloide. Si me apuran, estaría dispuesto a señalar que es más difícil una actuación en clave humorística que en clave dramática o melodramática. Aunque parece una obviedad indicar que quien es buen actor o buena actriz, con sus características propias, puede hacer comedia o tragedia indistintamente con soltura y calidad.

El humor y la risa, a veces no es una cuestión que surge de manera lineal. El humor requiere de una elaboración intelectual que escapa en muchas ocasiones a la inmediatez. En cambio, la risa, se puede provocar con astracanadas, pieles de plátano, palabras soeces y situaciones recargadas de machismo u homofobia. Por poner unos ejemplos sencillos. En el humor, los mecanismo de comunicación elevan la complicidad del receptor. En la risa fácil, le buscan las partes más bajas para conseguir el efecto más inmediato.

Como decía Dario Fo, uno de los grandes bufones, cómicos, humoristas, la risa puede ser alienante. Mientras uno se ríe pierde el control de la realidad. No, no es malo reírse, pero cuando uno se somete a un espectáculo en donde la risa se busca de manera grosera y se mide al peso, no se logra otra cosa que reírse, no existe una mirada crítica sobre ninguna realidad, sino que ayuda a perpetuarse la situación planteada, cuando no se ejerce una exaltación de los tópicos y los malos hábitos.

En verano, las programaciones se llenan de espectáculos en los que esa urgencia para buscar la risa inmediata es su único valor de mercado. Quizás sea bueno añadir a famosos y a estrellas fugaces de la televisión para completar un producto atractivo para los días vacacionales. Es cuando la risa se convierte en una coartada y el humor desaparece porque lo que interesa es el resultado de taquilla, no el tema abordado, ni la dramaturgia, ni la puesta en escena, sino el cúmulo de gags, los momentos de ropa interior de las protagonistas y todos esos elementos que nos hacen dudar de su clasificación como teatro, en el sentido noble de su concepto.

Pero el humor, aunque produzca risa, incluso carcajadas, es otra manera de establecer una comunicación con los públicos. Es tratarles inteligentemente y establecer una complicidad en ese estadio de confrontación de la realidad con la mirada que crea fricción con la misma. Pongamos que escribo de Woody Allen. Pongamos que hablo de los payasos, de los buenos payasos, no de los que se ponen una nariz roja regalada y una máscara prefabricada.

Todos los grandes autores dramáticos de la historia han tocado la comedia y la tragedia. Y lo han hecho utilizando las técnicas adecuadas para cada género, pero siempre partiendo de una misma actitud creativa, de respeto absoluto por la capacidad del espectador, y en la comedia buscando alterar las situaciones, planteando personajes más dudosos, con tramas que se inmiscuyan en territorios más proclives para la confusión. Y entonces sale ese humor que provoca sonrisa, alguna risa, pero que es fruto del discernimiento de los espectadores y que les ayuda a entender, precisamente por ello, la situación plateada en toda su profundidad. Estamos de manera inequívoca a favor del humor en el teatro, Lo creemos recomendable. No nos gusta la risa prefabricada. No nos gusta la evasión sin otro aliciente.