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Sáb, Sep

Velaí! Voici! | Afonso Becerra

Estamos en unos tiempos convulsos. Todo parece normal, pero ni es nuevo ni es normal. Nuestros cuerpos individuales y el cuerpo social llegan al año 20 del siglo XXI con una memoria, con unos archivos que vienen de lejos. Los arquetipos arcaicos afloran en el año de la pandemia ante las imposibilidades que ésta interpone entre nosotras/os. Ni la distancia ni el miedo son nuevos, como tampoco es nueva la situación de estrés que pueden suponer las medidas para evitar contagios. Esa tensión, esa vigilancia, ese control (mascarilla, higienización, distancia…) generan un dramatismo sutil, larvado, por debajo de la supuesta asepsia. Y, de repente, parece que nuestros cuerpos ya saben algo, como los animales que presienten las tormentas antes de que éstas se aproximen. Hay algo que no va bien y encararlo implica coraje y un plus de energía.

 

El fin de semana pasado me fui a Porto (Portugal) para ver dos espectáculos programados en el Teatro Nacional São João, TNSJ, que celebra 100 años en este 2020. Dos espectáculos que suscitaban enormemente mi curiosidad por diferentes razones: Castro de António Ferreira, dirigido por Nuno Cardoso (el sábado, 5 de septiembre), en el propio TNSJ, y 20.20 de la Cía. Circolando, dirigido por André Braga y Cláudia Figueiredo, en el Teatro Carlos Alberto (TECA) del TNSJ. Dos propuestas muy distintas que tienen algo importante en común: la intensidad, la convulsión, sin recurrir, en cambio, a la afectación estereotipada.

El TNSJ llega a la centuria en tiempos de cuarentenas y confinamientos, bajo la dirección artística de Nuno Cardoso y lo hace con toda la potencia y el coraje necesarios para no sucumbir a esta época oscura.

Parece ser que el edificio que alberga al TNSJ en la Praça da Batalha estaba listo en 1918, pero debió tardar en funcionar debido a la epidemia de la denominada “gripe española”, así que la centuria toca con la batalla contra la peste actual del coronavirus.

En el cuaderno de programación, que conmemora el centenario de la institución y que abarca desde agosto de 2020 a marzo de 2021, podemos encontrar reflexiones muy estimulantes. Entre ellas la titulada (traduzco del portugués): “¿Por qué no es seguro ir al Teatro São João?”, en la que se apela a Antonin Artaud para recordarnos que el teatro perturba el reposo de los sentidos, libera el inconsciente e invoca una especie de revolución. Pero todo ello para describir después la responsabilidad profunda y solidaria de todo el equipo del São João para garantizar un espacio seguro, en lo que se refiere a las recomendaciones de las autoridades sanitarias, respecto a la situación actual. La cultura es segura y a la vez revolucionaria.

Castro es la primera tragedia escrita en portugués, según señala Ricardo Braun en el manual de lectura del espectáculo, y a partir de un tema portugués: la historia de amor entre el Infante Don Pedro y la noble gallega Doña Inés de Castro. Se señala también que fue escrita por António Ferreira alrededor del 1555, aunque se publicó póstumamente en 1598.

Castro es una pieza emblemática, entre otras razones, porque trata y alimenta un mito que no ha parado de versionarse y actualizarse en diferentes épocas en las más diversas manifestaciones artísticas, desde la música hasta la novela.

Para mí, que soy gallego y galleguista, también representa, ese mito del amor imposible y malogrado entre el heredero al trono de Portugal y la noble gallega, la relación entre Galicia y Portugal. Las fronteras políticas han sido unos manejos y un juego de intereses, alianzas y enfrentamientos: razón de Estado. Sin embargo, las fronteras ecológicas o naturales no parecen separar ni los paisajes ni la lengua (común en la Edad Media) de Galicia y Portugal, entre las que se da una continuidad fluida, pese a la interposición de las fronteras políticas y las razones de Estado que las dividen. Incluso sabemos y tiene toda la lógica, que Portugal nació en el norte de la península y luego se fue expandiendo hacia el sur, hacia el Algarve, mientras la parte gallega quedaba anexionada a los reinos de León, Castilla… y lo que hoy conocemos por España. Aún así, la historia de amor entre Pedro e Inés, Portugal y Galicia, sigue, fuera de las razones de Estado que las separan, aflorando en las personas y uniéndonos. O eso es lo que me acontece a mí mismo de una manera muy “natural”. En Portugal me siento más en casa que en Galicia, es como si me encontrase con la Galicia auténtica, esa que no está colonizada por la españolidad, esa que no es región ni provincia, sino centro de si misma. Pero, bien, esta es otra historia…

Aquí quiero referirme a la emoción especial que suscitó esta nueva producción de Castro por el TNSJ, bajo la dirección de Nuno Cardoso. La anterior, que he podido ver solamente en vídeo, estaba dirigida por Ricardo Pais.

Como he apuntado al principio, una emoción que deriva, en general, de la intensidad contenida del trabajo actoral, pero también del resto del equipo artístico y técnico que hace posible el espectáculo. Una energía que envuelve la platea sin ostentaciones, sin empujarnos, sin forzar nada y sin que se pierda el peso del fatum trágico.

Una heroicidad este montaje de Castro. Un trabajo de alto riesgo, porque no ha renunciado a que todo el texto poético, escrito en el mil quinientos por António Ferreira, esté en las bocas de las actrices y actores y a que la profundidad de los personajes y del conflicto, de tenor (melo)dramático, no pierdan esa dimensión casi cósmica y arquetípica de lo trágico, de lo eterno.

Por supuesto, llama mucho la atención la escenografía de F. Ribeiro, una casa con todas sus estancias abiertas al público: cocina, salón, habitación, cuarto de baño, despacho, terraza. Ese corte longitudinal destierra la cuarta pared y hace que el interior, lo doméstico, sea público. Tal cual el lema feminista: lo privado es político o lo personal es político. Y eso será, precisamente, lo que impida el cumplimiento feliz de los deseos de Pedro e Inés. Sus deseos personales, su amor, implican una dimensión política que contraviene los intereses de la casa real portuguesa.

La casa que diseña F. Ribeiro no es ostentosa, podría ser el prototipo de una casa de clase media. No es un palacio ni un castillo, aunque las presiones de los consejeros del Rey D. Afonso IV, padre del Infante D. Pedro, puedan darle, por veces, esa dimensión de fortificación, que es sitio defensivo, pero también cárcel o ratonera en la que uno puede sentirse atrapado. Algo que contrasta con la supuesta calidez y confort del hogar.

En esa casa, abierta por la mitad, los diálogos del Infante D. Pedro y su Secretario  pueden parecer de asuntos de negocios. El Estado puede ser una empresa o una familia.

Delante de la casa hay un amplio patio y una escalinata que se integra en la platea, igual que el muro de la derecha asciende y se pierde en las alturas y el de la izquierda desemboca en el patio de butacas. Ese patio y escalinata son el lugar explícitamente público y abierto para la dimensión trágica y sus distancias. Al mismo tiempo son un espacio elevado, como un altar, con los cubículos de la casa de fondo haciendo las veces de un retablo, en el que las presencias simultáneas de los personajes se mantienen en unas posiciones de pausa enigmáticas, pero creíbles. Esa simultaneidad de los personajes en escena, en diferentes lugares pero en el mismo espacio de la casa, sugiere, en ciertos momentos, una especie de intriga o suspense casi policial o de cine negro.

La luz, de José Álvaro Correia, el sonido, de João Oliveira y el vídeo, de Fernando Costa, acompañan y colaboran en la atmósfera y en la tensión dramática.

Ese contraste en el seno del hogar, en el que se espera algo acogedor y sin embargo se pueden engendrar o urdir las mayores crueldades, también se da en la espléndida interpretación del elenco. Podríamos decir que las actrices, Joana Carvalho (Castro), Margarida Carvalho (Ama) y Maria Leite (Coro), así como los actores, Afonso Santos (consejero Diogo Lopes Pacheco), Mário Santos (consejero Pero Coelho), Pedro Frias (Rey D. Afonso IV), João Melo (Secretario del Infante D. Pedro) y Rodrigo Santos (Infante D. Pedro), no se camuflan tras personajes alejados de sus personas. Vemos a las actrices y a los actores, como mujeres y hombres semejantes a nosotras/os, como personas que podríamos encontrarnos por la calle y, sin embargo, los personajes legendarios también están. Los personajes están en lo que dicen (en el texto en verso del siglo XVI), aunque lo dicen como si fuese algo que se pudiese decir tranquilamente hoy en día. Desde el mismo inicio, lo envolvente de los efectos sonoros, lumínicos y audiovisuales, con la introducción sin palabras que nos hace Maria Leite, transitando todo el espacio y encendiendo las luces de todas las estancias, consiguen que la fuerte convencionalidad artificiosa del verso entre bien y se vaya instalando como algo supuestamente natural y actual. Pero es, sobre todo, la profunda asunción del texto y de las situaciones dramáticas, o mejor, de los estados en los que se encuentran los personajes, lo que hace que las actrices y los actores consigan actualizar lo que dicen y hacer que pase algo en escena y que eso que pasa nos toque. Y esto tiene muchísimo mérito, no solo porque el texto sea del mil quinientos y la escenificación no se quede en una propuesta historizante ni en una versión libre contemporánea en la que el texto y sus pesos quedan apartados, sino porque en la propia obra de António Ferreira, como señala Ricardo Braun, responsable de la dramaturgia, no es la acción procesual lo que más abunda, sino diálogos persuasivos y monólogos en los que los personajes principales nos abren su alma. Así la palabra, más que provocar cambios en la situación y hacer que pase algo, se dirige a exteriorizar conflictos internos.

El tono melodramático, derivado del asunto íntimo y doméstico (la relación amorosa), con un punto cinematográfico, viene dado por los efectos sonoros y lumínicos, también por algunas disposiciones actorales en el espacio, mientras actrices y actores se mantienen en la mesura y la armonía, fuera de cualquier exacerbación. La intensidad está en el aire o corre por el subsuelo, pero no se exhibe.

La intensidad, como acabo de apuntar, es el resultado de la asunción sincera, por parte del equipo actoral, de las emociones, sentimientos y actitudes absolutas, que están inscritas en el texto, sin ironizar sobre ello, sin relativizaciones. Sin embargo, nos hacen partícipes desde una sensibilidad plenamente contemporánea. Yo he olvidado que estaba viendo un texto del XVI.

A esta sensación contribuye, sin duda, la dicción y las actitudes exentas de manierismos estilizantes, más allá de la propia fibra poética del texto.

A esta sensación contribuye también la mediación feérica, andrógina y, sobre todo, contemporánea en el estar de Maria Leite, que asume el papel del Coro. Entra y sale de la ficción, dialoga con los personajes y nos comenta o enuncia lo que sucede o sucederá. La voz ecualizada, con un cierto reverb, le aporta esa dimensión sobrenatural, de maga, mientras su movimiento y actitud son elegantes y próximos.

El espectáculo transita por dos clímax asombrosos, el de la pesadilla premonitoria de Inés, y el de su cumplimiento, cuando es asesinada de la manera menos previsible y más hermosa y sencilla que nos podamos imaginar.

De Castro yo salí impresionado y creo que no fui el único, a juzgar por la temperatura de la sala, pese a distancias, máscaras y demás protocolos enfriantes.

20.20 de la Cía. Circolando, dirigido por André Braga y Cláudia Figueiredo, se estrenó el 3 de septiembre en el Teatro Carlos Alberto (TECA) del TNSJ. Esta compañía de teatro físico de Porto cumple 20 años en este 2020.

20.20 es como una onda expansiva de energía que se irradia desde las presencias y el movimiento continuo del elenco. Un coro danzante sobre un amplio suelo de hojarasca dorada, que en realidad está formada por fragmentos grandes de purpurina que se van adhiriendo a los cuerpos, para convertirlos en efigies alegóricas de eso: la vida es movimiento y el día que nos falte el movimiento nos va a faltar la vida.

Pero este movimiento no solo es el visible sino también todo aquello que cada persona y cada cuerpo trae consigo. El cuerpo como archivo y como fuente.

Ana Isabel Castro, André Braga, Bruno Senune, Constanza Givone, Daniela Cruz, Féliz Lozano y Ricardo Machado, mantienen su indefinible diferencia en la comunión dancística que los amalgama.

Ese coro danzante, irreductible e infatigable, recorre diferentes estadios y dinámicas en una vibración contagiosa que se conjuga con la música electrónica de Rui Lima y Sérgio Martins. Los efectos lumínicos generan atmósferas surreales, sobre esa superficie dorada de cuerpos agitados, enmarcada por una especie de instalación escenográfica formada por la parte interna y vibrátil de altavoces de diferentes tamaños. Esa instalación de altavoces circulares, dispuestos en andamios, parecen un tótem que alegoriza la escucha y la música. La iluminación explota, igual que la coreografía, en momentos caleidoscópicos.

Pasamos por ambientes espectrales, lentos y densos, inundados de nieblas, en los que el movimiento es sostenido. Pasamos por el frenesí que llega a retorcer la máscara facial en muecas y gestos inauditos. Pasamos por el círculo y el unísono coreográfico, por la agitación celebratoria.

Sin palabras en el silencio impetuoso de la música electrónica y en la vibración coral de los cuerpos, este 20.20 también nos deja sin palabras. En efecto: “debajo de la piel el cuerpo es una fábrica hirviendo”, tal cual preconizaba Antonin Artaud. Un composición que no para de fluir con una fuerza centrífuga y sideral.

En 20.20 podría decirse que el movimiento actúa más como transformación que como danza, alterando los cuerpos y sus presencias. Como si tuviese la capacidad de traer otras memorias al aquí y ahora y, así mismo, de difuminar o fulminar el aquí y ahora para catapultarlo a una suerte de eternidad. Igual que en Castro, de António Ferreira por Nuno Cardoso, el amor es absoluto y eterno.

La intensidad es patente porque lo que vemos está cargado de eternidad y utopía. La intensidad es patente, quizás, porque el momento actual también es crítico y nos aprieta.

 

P.S. – Algunos artículos relacionados:

El estado salvaje en la Noite de Circolando”, publicado el 21 de mayo de 2018.

Un héroe anti retórico o la trágica concesión dramática”, publicado el 20 de marzo de 2014. Sobre el Coriolano dirigido por Nuno Cardoso.

A visita da velha senhora/Friedrich Dürrenmatt”, publicado el 2 de abril de 2013 en la sección de Crítica. Sobre la escenificación de Nuno Cardoso.