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Mié, Oct

Foro fugaz | Enrique Atonal

Cuando Antonin Artaud acuñó el término, tuvo que aclarar que no se trataba de teatro sado-masoquista, sino de la expresión de la fuerza de la naturaleza en escena. La naturaleza es cruel, el mito es cruel, el teatro que va a la raíz de la vida es cruel, tal sería la hipótesis de Artaud. 

 

Los espectadores nos defendemos ante un teatro que afecta directamente  nuestros sentidos con la idea de que se trata de una ficción, es decir que no es real. Pero en efecto ¿es real o no lo que vemos en escena? ¿Es ficción ese fragmento de sangre, sudor y lágrimas que ocurre ante nuestros ojos? ¿Ficción es sinónimo de mentira? El harakiri de un actor japonés al término de una obra de Kabuki en el siglo XVI, o la pantomima de su propia muerte por parte de Molière en El enfermo imaginario, ¿eran reales o una ficción? 

Soy incapaz de responder a estas preguntas, pero vienen a mi mente esas incursiones de actores en ‘la realidad’ en los juegos de cámara escondida, en las que algún comediante le hace una broma, casi siempre pesada, a un distraído transeúnte. Un actor amigo me dijo un día que nunca más iba a participar en este género de ficción anclada en la realidad, porque en una de sus intervenciones poco faltó para que le provocara un infarto a una de las víctimas de la broma. Realidad y ficción entrelazadas en el género teatral. ¿Acaso la realidad sea una ficción a gran escala? 

Pero regresemos al teatro de la crueldad. Expresiones de la crueldad de la naturaleza en escena he visto pocas. Recuerdo la sangre real de Angélica Liddell en uno de sus espectáculos más sobrecogedores, o acciones sobre los espectadores de la parte de Rodrigo García, o el estrépito de un televisor lanzado al vacío desde lo alto del Palacio Papal en Aviñón por parte de Romeo Castellucci. Son momentos que corresponden a lo pedido por Artaud, teatro más allá del texto, escena convertida en centro de experiencias de una nueva realidad, un doble.

Nos dice Artaud:    

Uso la palabra ‘crueldad’ en el sentido de apetito de vida, de rigor cósmico y de necesidad implacable, en el sentido gnóstico de arrebato de vida que devora las tinieblas… (El Teatro y su Doble)

En nuestros tiempos bienpensantes, en los que se intenta imponer una moral general por parte de nuevos inquisidores anónimos, la crueldad quiere desterrarse de todo espectáculo público. Se exige una sociedad vegana, sin carne, leche o miel; grupos extremistas atacan carnicerías; se prohíben las corridas de toros en nombre del respeto a los animales; se impone la anulación de circos que trabajan con animales, negando la esplendorosa teatralidad de leones, tigres, elefantes y caballos, se decide cuales son los espectáculos que debemos ver y cuales no, porque según esa nueva moral totalitaria, necesitamos corrección social inmediata. 

Contra Romeo Castellucci hubo manifestaciones violentas en París por la presentación de En torno al concepto del rostro del hijo de Dios (Sul concetto di volto nel figlio di Dio) y se exigió que se prohibiera; en España las informaciones dan cuenta de acciones de justicia en contra de quienes en el teatro se atreven a cuestionar la moral político-religiosa imperante. 

La hipócrita moral impuesta en juicios públicos, en redes sociales lapidarias, en manifestaciones y prohibiciones es enemiga de la raíz del teatro. Hoy se prohibiría Edipo, por hablar de un incesto y los ojos arrancados del personaje ante el público; Electra por justificar un matricidio; Antígona, en donde una muchacha frágil desafía el orden establecido; o la salvajería escénica de muchas piezas de Shakespeare. A esta generación de inquisidores les impacienta el riesgo, el peligro, la escena desafiante, el coso en el que se arriesga la vida; niegan las raíces de la catarsis colectiva y nos quedamos con una sociedad enferma de sus convicciones, incapaz de la verdadera piedad y de una emoción auténtica. Y no por eso la violencia disminuye, la injusticia desaparece, el dolor mengua… Sin catarsis la sociedad queda enferma de sus peores instintos, que sabemos cada vez pueden ser más bajos.  

Enrique Atonal, París, agosto 2019