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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

Soy actriz y mantengo una relación con un palo. En inglés, lo llaman "stick". Se trata de una varita fina de un material parecido al bambú. Es flexible y consistente a la vez y, de momento, es la pareja de training perfecta para mí.

Nuestros encuentros parten siempre de un momento cero, detenido en el tiempo, él y yo, solos, en el espacio. Lo sujeto levemente con dos dedos, haciendo la fuerza justa, que es aquella que permite que el palo no se ahogue por la presión que ejerzo, pero que tampoco se caiga al suelo, por resbalar de mi mano. Una vez establecido este contacto sutil en el que, en realidad, no se sabe quien está sosteniendo a quien, el palo comienza a "hablar": genera un impulso leve y exquisito, un movimiento que es suyo y que yo no fuerzo, y que se produce, porque sujeto el palo verticalmente asiéndolo en un punto en el que puedo sentir su desequilibrio.

El momento en el que el "stick" se desequilibra es el impulso que yo recibo para accionar, para responder a su demanda con todo el cuerpo. Contesto escuchando, sin forzar ni esperar nada, manteniendo la sutileza precisa en mis dedos para que estos no aprisionen ni suelten el palo, quien, a su vez, responderá moviéndose de nuevo a favor de una de las tangentes que haya provocado el nuevo desequilibro y así, mi palo y yo, nos embarcamos en un baile sin fin, con la sonrisa interna del niño y el viento soplando en la cara.

Cuando la comunión entre objeto y ser humano funciona, el recorrido que traza el objeto en el aire no está separado de los movimientos que realiza el cuerpo. En este caso, el palo es una extensión de la energía que emana del ser de la persona. Es decir, que si pudiéramos hacer invisible a la persona que "danza" con el palo y nos pudiésemos quedar sólo con el objeto, éste estaría animado, habría cobrado vida y así, veríamos cómo dibuja saetas que se abren en el aire y surcos que desgajan la tierra, cómo realiza saltos de cabra montesa y cómo tiende a cerrarse sobre sí mismo en un circulo vicioso sin fin.

El ejercicio con el palo revela dónde están nuestras tendencias en cuanto a presencia actoral, nos muestra los parajes energéticos en los que solemos caer una y otra vez y nos obliga a encontrar nuevos recovecos por donde hacer desembocar energías atrapadas en espirales sin salida. Por otra parte, el tipo de escucha que requiere este ejercicio llave es una escucha de sintonización fina que libera a quien la práctica de muchas de las ataduras mentales, prejuicios, pretextos, excusas y creencias que socavan nuestras imaginaciones cerebrales y corporales. A partir de ahí, la experiencia es puro vuelo.

La relación con el palo se establece cuando dejamos de estar pendientes sólo de nosotros mismos y pasamos a crear un contacto real, es decir, entregado y atento, con el objeto que sostenemos. Es importante ser lo suficientemente sutiles como para no estrangular los leves impulsos que transmitimos a la madera y que ésta nos devuelve en un toma y daca sin fin. Conviene recordar que es a partir del desequilibrio que se genera el movimiento. Un movimiento que, como la vida, ya no se detendrá mientras dure la danza, el diálogo entre ser humano y objeto. Para evitar que esa danza muera y conseguir dotarla de la cualidad inherente a la vida real, de esa vida imparable con su torrente de minutos, horas y segundos, conviene recordar la importancia del "keep forward" cuando trabajemos, de ese "seguir siempre hacia delante", para mantener la vida viva en escena. Para que las relaciones no mueran. Sobre todo, cuando son con un palo.