Sidebar

12
Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

Me dice una amiga periodista que el gerundio está obsoleto en castellano. Que ya no se lleva eso de ir por ahí "soñando, tocando, sintiendo o esperando...", al menos, sobre el papel. ¿Por qué será? Acaso en estos tiempos que corren, tan acelerados, tan "en pensando" en los recortes del próximo viernes, se nos está olvidando el presente continuo, ese en el que viven los animales; los animales, sí, esas criaturas sucias y con pelos y sin conciencia ni cerebro que cagan por todas partes y que no escriben poesía, entre otras cosas, porque son poesía en movimiento. ¿Han visto alguna vez danzar a las aves en el cielo o a un gato agazapado a punto de lanzarse sobre su presa?

¿Se imaginan cómo sería su vida si viviesen, como ellos, en un presente continuo? Un instante eterno donde no existiese la expectativa ni nos quedásemos colgados con algo que ya pasó, que sucedió en un instante que se fue y no volverá y que nos ocupa la cabeza impidiéndonos estar en el preciso presente, el que sea que estemos viviendo en ese momento: en el salón de casa con una taza de café humeante en la mano, en el parque paseando entre árboles frondosos, compartiendo minutos con un amigo... Demasiado preocupados estamos siempre como para poder calmar la cabeza, respirar y abrir el pecho y los ojos de verdad ante lo que nos rodea.

En teatro, esto se aprende, se muestra, se entrena. Porque el teatro es, ante todo relación: relación con el espectador, con el espacio, con nosotros mismos y con nuestros compañeros de actuación. Cuando nos relacionamos con alguien, se crea, entre dicha persona y nosotros, un espacio de acción compartido, en el que se interactúa con hilos que son invisibles a los ojos, pero que pueden sentirse a través de la piel, siempre que uno esté abierto a percibirlo. Esto es algo que notamos a veces, sin demasiado esfuerzo, cuando bailamos con alguien. Para poner a danzar los hilos invisibles hay que aprender a calmar la cabeza y a abrir el pecho, ser valiente y acallar el ego.

Entonces, aparece la autenticidad, tanto en la vida, como en eso que llamamos "el espejo de la vida", que es el teatro. Cuando somos capaces de estar aquí y ahora, presentes con todo nuestro ser, sin adelantar ni forzar nada, sin esperar tampoco, sino simplemente escuchando el momento concreto que nos envuelve, el aire que nos roza la cara, el pulso exacto del bombeo de la sangre en mi cuerpo, las gotas de sudor que caen por el rostro y la mirada de quien tenemos en frente, también llegamos a percibir a quien tenemos a la espalda. Somos capaces de relacionarnos con todo nuestro ser: corazón, espalda, ojos, riñones y pies.

Es desde esa forma, en la que estamos absolutamente presentes, desde donde podemos establecer una relación viva y palpitante con el otro. Conectar con alguien a ese nivel de intensidad es cansado, porque la entrega es total y, como tal, decae en el momento en el que rebajamos la atención que estamos brindando y dirigiendo hacia el compañero. Pero si se logra mantener la intensidad de forma viva y no mecánica, el mundo de acción compartido que se crea entre las dos personas que se están relacionando comienza a vivir por sí solo. Es ahí donde se entremezclan y tejen los hilos invisibles que emanan de las personas, creando un tapiz propio que variará de instante a instante en un gerundio continuo.