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Mié, May

Y no es coña | Carlos Gil

Me siento aspirante a miss, porque parezco un fiel seguidor de Confucio y sufro un ataque de confusión. Siento que me faltan las palabras o que las palabras ya no significan lo mismo por la mañana que por la noche. Optimismo me parece un insulto al despertarme y una palabra mediocre a media tarde y en cambio antes de acostarme me reconforta. Procesos festivos, alteraciones químicas de un cuerpo herido de teatro, amor y verdejo.

Escribo después de imprimir mi tarjeta de embarque para recorrer media Europa y plantarme en un lugar mítico: Holstebro, allá donde desde hace muchas décadas se inventa una nueva relación planetaria de todos los satélites teatrales, parateatrales o antiteatrales. Allá donde confluyen todas las formas y el lugar donde cada año, en la semana Odin, unas pocas decenas de artistas de todo el globo se ungen del misticismo pragmático de sus miembros que exponen todo lo que saben para uso común.

Eugenio Barba, Julia Varley, Roberta Carreri , entre otros, dan sus lecciones magistrales, sus charlas; se presencian espectáculos, se convive, entrena y se forma parte de una corriente de pensamiento teatral ecuménico, global, pero muy bien trazado por decenas de obras representadas y de una serie de libros en donde se reflexiona sobre el propio hacer teatral, sobre su significado histórico, artístico, social o antropológico que son fundamentales para entender el siglo XX y que deben ser, para algunos, la guía que les conduzca por este siglo que empieza con tantas fragmentaciones.

Viajo hacia un lugar donde se utilizan idiomas transversales, coloquiales, que unifican conversaciones entre una coreana y un ecuatoriano, o entre un chino y una brasileña. Viajo desde el ruido de una fiesta bárbara en Bilbao, con un teatro de humor chocarrero, pasacalles y actuaciones para niños y niñas rodeados de altoparlantes que escupen música subida de decibelios. Voy hacia un lugar ideal, pensado y hecho para la investigación teatral, con una biblioteca impresionante, con salas de ensayo y exhibición, en un entrono silencioso y bucólico.

Soy el portador de la contradicción, el que no sabe decir correctamente el trabalenguas en el que se conjuga teatro, tradición, modernidad y futuro. Voy de escuchante y vidente. Es una peregrinación para recuperar mi humildad perdida en la vorágine de esta nada con mucho palmero manco en la que se vive a golpe de estadísticas y porcentajes de ocupación, para ver si soy capaz de centrar mi objetivo crítico en lo esencial y dejarme de tanta chorrada a la que damos una importancia inexistente. Volveré.