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Dom, Abr

Y no es coña | Carlos Gil

Las costumbres acostumbran a acostumbrar los gustos hacia el costumbrismo como epifenómeno de un realismo que no acaba de entregarse al naturalismo y que no encuentra otra escapatoria que el sainete.  Así pensaba yo en abstracto sobre muchas de las obras que veo en los últimos meses sobre los escenarios madrileños. La temática domina sobre las formas. Las formas se deforman de tanto formularlas como incidentes y no como sustantivos narrativos. La uniformidad en el buenismo, la denuncia ligera, el pensamiento líquido y la inscripción casi normativa a lo políticamente correcto nos está dejando un bonito desierto teatral, de colores en muchas ocasiones y hasta con oasis con muchos cocoteros.

 

Cuando nos acercamos al año del confinamiento, sabiendo que todavía no hemos podido ver todas las obras y propuestas surgidas dentro del confinamiento, en este pos streaming incipiente, lo que los mandarines en sus palacios, los programadores en sus posadas y las fuerzas de la producción no comercial nos van señalando es que no sabemos dónde estamos ni a dónde vamos. Asunto que no hace más que retratar una incertidumbre que se ha instalado de manera inconsciente y que ayuda, entre otras muchas cosas, a que la falta de políticas culturales, de proyectos socio culturales que amparen programaciones y decisiones de corto y mediano plazo, propicien lo casual, lo intrascendente, lo coyuntural, las modas sin modos, la aparición de proyectos presentados como emergentes que huelen a naftalina y toda una serie de defectos acumulados que se han solidificado y han dejado unas estructuras de producción y exhibición totalmente anodinas, a base de ocurrencias y espontaneidades forzadas que reflejan una inconsistencia del sistema que arrastramos desde décadas y que este parón pandémico no ha hecho otra cosa que ampliar y dejar intacto, por lo que no se encontrará una solución en muchos años.

No se estila hablar de programas, de objetivos sociopolítico-culturales en las gestiones de las unidades de producción estales, regionales, locales. Incluyo en esta necesidad de establecer unas líneas básicas de actuación hasta en las compañías privadas y los productores de mercado. Pero cuando se trata de instituciones de “bandera”, que representan al Estado, a la Comunidad, o incluso a un país, como por ejemplo el Teatre Nacional de Catalunya, no se trata de cuadrar números, de cumplir con el proyecto ganador presentado (que nunca sucede), sino que debería estar todo dentro de un contexto, de unos objetivos consensuados. No puede ser todo tan casual. Duele ver que, aunque sean éxitos, que esto es otra cuestión, se ven en las programaciones diversidades de toda índole y valor intrínseco, no hay una línea coherente, cada dirección de estas instituciones viene con su cuadrilla de amigos, de intérpretes, dramaturgas o directoras, con textos contemporáneos o de la historia universal que se van poniendo sin otra consecuencia que la cuadratura del Excel, no hay un discurso. O sí lo hay: un discurso difuso que grita: no sabemos qué hacer, pero estamos compitiendo en el mercado, no haciendo una labor cultural meditada, con proyección en la sociedad, para acompañar a públicos ya formados, llamar la atención de los nuevos a base de acciones complementarias incardinadas con los estudios reglados, sino ofrecer algo de consumo rápido que se aplauda porque no molesta.

Hay instituciones como el Centro Dramático Nacional, la Compañía Nacional de Teatro Clásico, el Teatre Nacional de Catalunya, las compañías nacionales de danza, en todas sus formulaciones, y otras muchas de parecido rango que deberían tener, además de sus reglamentos de funcionamiento interno que delimitaran las funciones de los equipos de dirección, unos objetivos trazados para cumplir en quinquenios, y que estuvieran por encima de la coyuntura de sus nombramientos rutinarios. Unas líneas consensuadas para establecer campos de actuación precisos para desarrollar unos objetivos generales. Después, cada nuevo nombramiento, tras ajustarse a esos objetivos, aporta sus singularidades y capacidades. Esto no es restar a nadie libertad de creación, es hacerles entender a políticos saludadores, inoperantes, cargos intermedios y sobre todo, a directores y directoras recién llegados, que ese edificio, que esa institución no es de su propiedad, ni siquiera está ahí para hablarnos de sus neurosis o gustos teatrales, sino que hay algo superior, la propia institución y el bien común, que es quien le ha proporcionado la oportunidad y los medios para desarrollar en las mejores condiciones posibles su labor. 

Pero acabo escribiendo desde la pura nostalgia. Esto lo formulábamos cuando no teníamos nada, cuando mirábamos a Europa con envidia. Ahora miramos a Europa con la misma ignorancia de siempre, sin haber aprendido nada, pero con una inmensa mayoría de saineteros creyendo que están haciendo el mejor teatro del mundo. Y lo siento, no estamos en un buen momento, aunque se llenan salas, se echan muchas risas y los medios de comunicación se dediquen a ser cadenas de transmisión acríticas de esta situación. Lo vuelvo a escribir, me temo que estamos a más años de distancia teatralmente hablando de Europa que en los años ochenta del siglo pasado. Y la solución no se vislumbra: a nadie le importa nada de esto, todos están a salvar el ejercicio con un lema general: el que venga atrás que arree.

Si me quieres insultar, ya sabes mi paradero.

Salud.